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Piranesi, el hombre que soñó la cárcel más bella

El arco gótico de Giovanni Battista.

El arco gótico de Giovanni Battista. W.G. Russell Allen, Ailsa Mellon Bruce, Lessing J. Rosenwald, and Pepita Milmore Funds.

Cuando la Luna se alzó en la Tercera Sala al Norte, fui al Noveno Vestíbulo para contemplar la unión de las tres Mareas. Esto tiene lugar tan sólo una vez cada ocho años.

El Noveno Vestíbulo resulta notable puesto que en él coinciden tres grandes Escaleras. Las Paredes están revestidas de centenares de Estatuas de mármol que ascienden, Hilera tras Hilera, hasta una altura vertiginosa.

Así comienza la novela Piranesi, de la británica Susanna Clarke.

Cuando la escritora británica Susanna Clarke tenía veinte años acudió a una clase nocturna sobre la literatura de Borges. Clarke era la hija de un pastor metodista que se había pasado toda su infancia dando tumbos por distintas ciudades y no se había asentado de verdad en un sitio fijo hasta que llegó a Oxford a estudiar la ultraprestigiosa carrera de Politics, Philosophy and Economics. Pero no estaba destacando precisamente en las clases, por lo que buscó algo que la motivara y dio con un curso que aunaba sus dos verdaderas pasiones: la literatura y lo fantástico.

Entre muchos otros libros, Clarke leyó El Aleph, y quedó rápidamente ensimismada con las descripciones de aquellos mundos oníricos formados muchas veces de laberintos imposibles. Sobre todo le gustó la arquitectura que narraba en el cuento El inmortal, donde explicaba “la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento de una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle (…) Fui divisando capiteles y astrágalos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad”.

El profesor de la asignatura les comentó que Borges era un apasionado de esos laberintos y que uno de sus grandes referentes para crearlos había sido la obra de un arquitecto veneciano del siglo XVIII. Su nombre era Giovanni Battista Piranesi.

Susanna Clarke buscó enseguida un libro del tal Piranesi y, como le había sucedido a Borges, quedó embelesada con sus aguafuertes. Algún día, pensó, ella escribiría una historia sobre dos hombres que vivirían en una de esas construcciones imposibles. Así nació la novela que ha visto la luz ahora, décadas después de aquel primer sueño. Pero llegar hasta este punto no ha sido en absoluto sencillo.

Parte 1. Piranesi

Decían que Giovanni Battista Piranesi dibujaba lo que no podía construir o ya no se podía rescatar del olvido: edificios imaginarios, ruinas decadentes, paisajes boscosos, erráticos y bellos, tan magistrales como ilusorios. Su obra fue muy famosa en la Europa del siglo XVIII, sobre todo sus Vedute di Roma, literalmente Vistas de Roma, grabados de la ciudad eterna donde no sólo recreó las ruinas arqueológicas y las estampas más icónicas, sino que las embelleció a través de composiciones dramáticas, con superposiciones, contrastes de luces, ángulos desconcertantes y perspectivas insólitas que creaban imágenes mucho más hermosas e impactantes, pero ficticias de todos modos. Tan conocidas llegaron a ser sus Vedute que cuando los viajeros llegaban a Roma se quedaban algo decepcionados al comprobar cómo eran en realidad los lugares que él retrataba. Al menos, eso fue lo que le pasó al mismísimo Goethe.

Hay que recordar que Roma era por entonces una ciudad tan fascinante como caótica, tortuosa y mísera, repleta de ruinas de antaño que pocos sabían valorar. Columnas corintias emergían del suelo en medio de matorrales, piezas rotas de esculturas —brazos, piernas— se amontonaban en cuevas y en el Foro Romano pastaban vacas. Piranesi, sin embargo, no vio una fea decrepitud en aquellos restos arqueológicos, sino vestigios de un pasado glorioso. Y él se propuso preservar esa grandeza clásica para la posteridad. Por ello, no retrató las ruinas como eran, sino como podrían haber sido en realidad. Más que retratar Roma, lo que hizo fue imaginársela.

Pero no toda su obra se redujo a grabados que hacían las delicias de los jóvenes aristócratas de viaje por el Grand Tour. Sus aguafuertes —auténticos prodigios técnicos con un uso soberbio del claroscuro, de las sombras prolongadas y los espacios sombríos y tenebrosos— son de una modernidad apabullante, genialidades que se adelantan varios siglos a conceptos hoy comunes, como el contrapicado o la perspectiva oblicua. No es de extrañar que sus grabados inspirasen a tantos cineastas siglos más tarde, de Fritz Lang a Serguéi Eisenstein.

Parte 2. Borges

También a literatos, de Samuel Taylor Coleridge a Baudelaire y, sobre todo, Jorge Luis Borges. Cuando, en julio de 1966, el periodista Ronald Christ, de la Paris Review, entrevistó al genio argentino en el despacho de éste en la Biblioteca Nacional, se percató de que Borges tenía réplicas de los grabados de Piranesi en las paredes. No era una casualidad.

Sin embargo, a Borges, más que las Vedute, lo que le encantaban eran las Carceri, la otra gran colección de Piranesi. A partir de 1747, Piranesi comenzó a dar forma a unos aguafuertes inquietantes, sombríos y magistrales: las Carceri d’invenzione, las cárceles inventadas, fantásticas. Eran laberintos imposibles, opresivos, sin entradas ni salidas, con galerías, pasadizos y escaleras que no llevan a ninguna parte. Había cavidades gigantescas con pilastras y arcos y puertas inciertas que desorientaban y parecían multiplicarse, y en medio se apilaban ruinas macabras —bustos, extremidades, efigies, relieves, cascos, poleas, cuerdas, instrumentos de tortura y guerra—que no habían visto la luz del sol en siglos. Eran imágenes tan terroríficas y claustrofóbicas como sublimes.

Parte 3. Susanna Clarke

Cuando décadas más tarde, Susanna Clarke descubrió aquellas Carceri de la mano de Borges, no sólo le interesó su arquitectura opresiva, sino los efectos que estar encerrado en ella podría producir en una persona. En realidad, más que explorar los límites de la perspectiva —que es lo que buscaba Piranesi—, ella quería profundizar hasta dónde podían llegar los recovecos de la mente cuando te enfrentas a la soledad absoluta, en medio de un mundo tan inhóspito como desconocido y desconcertante.

Ella quería profundizar hasta dónde podían llegar los recovecos de la mente cuando te enfrentas a la soledad absoluta»

De ahí que crease un personaje que parece haber perdido el raciocinio y no recuerda ni siquiera su propio nombre. Habita en La Casa, una sucesión de estancias y pasillos, con vestíbulos que sirven supuestamente de nexos y escaleras que no se sabe exactamente dónde terminan. Hay estatuas por doquier y artefactos diversos. El protagonista sabe que en los primeros pisos hay un océano enclaustrado que crea mareas que a veces lo inundan todo y que, en la parte superior, se acumulan nubes que llueven. También hay pájaros peligrosos en los pisos intermedios y habitaciones con secretos. El protagonista no sabe nada del mundo exterior, si es que éste existe, y sólo sabe, o cree saber, que quince personas han vivido en La Casa en algún momento, aunque la mayoría están muertas.

El hombre sólo conocerá a otra persona, un señor al que llama El Otro y que se dedica a estudiar La Casa porque está convencido de que esconde, en algún lugar remoto, una sabiduría secreta. (¿De dónde ha salido El Otro? ¿De dónde ha sacado sus bonitas ropas y sus modernos artilugios? Éste es uno de los grandes misterios del libro). Ambos emprenden un viaje repleto de misterios, en donde El Otro le advierte de la existencia de un demonio (como bien explicó Borges en La casa de Asterión, en el centro de todo laberinto siempre hay un monstruo, aunque a veces éstos no sean lo que parezcan a simple vista).

En un momento de la narración, El Otro decide llamar a su extraño compañero Piranesi, aunque éste no entiende muy bien el por qué: nunca ha oído hablar del genio veneciano del siglo XVIII. En realidad, nunca ha oído hablar de casi nada y su vida consiste en conseguir comida —crustáceos y peces que le ofrece el océano— y documentar meticulosamente todo lo que ve en una especie de diario. Pero tan plácida rutina se verá alterada por una búsqueda para conocer los límites de su mundo.

Parte 4. La escritura

Según Clarke, escribir es como mudarse a una casa imaginaria: solitaria, misteriosa, llena de secretos y recovecos y pasillos y salas por descubrir. A ratos es fascinante, muchas otras claustrofóbica. Ella lo sabe bien, aunque hay que decir que nunca ha recibido el reconocimiento que merece y pocos fuera de ciertos círculos la conocen. Es cierto que su primera novela, Jonathan Strange & Mr. Norrell, fue un éxito en cuanto se publicó, allá por el 2014: no sólo estuvo once semanas seguidas en la lista de más vendidos del New York Times, sino que la BBC llegó a adaptarla a la televisión un año más tarde. Pero a partir de ahí cayó en el olvido.

Seguramente, la razón principal por la que no es famosa es porque Susanna Clarke es tan misteriosa como sus personajes y durante más de una década, justo después del éxito de Jonathan Strange, desapareció completamente del mundo literario. No fue por voluntad propia: Clarke padece una rara enfermedad que nadie ha sabido diagnosticar del todo (se han barajado desde la enfermedad de Lyme al síndrome de fatiga crónico). En los peores momentos, sufre agudas migrañas, náuseas y es incapaz de tolerar la luz del sol. Muchas veces está tan débil que no puede salir de la cama, lo que le ha provocado episodios depresivos profundos e incluso agorafobia.

Los primeros síntomas de su enfermedad comenzaron cuando era muy joven. Clarke, después de sacarse sin relumbrón alguno su licenciatura por Oxford, decidió poner tierra de por medio y se refugió en Italia y luego en Bilbao, donde dio clases de inglés y comenzó a dar forma a una novela de detectives muy mal planteada desde el principio y con una trama que nunca funcionó. La experiencia fue tan mala que nunca creyó que escribiría nada decente, pero entonces comenzaron sus misteriosos cansancios y tuvo que guardar reposo. Aprovechó para leer El señor de los anillos y, tanto le gustó, que le dio otra oportunidad a lo de ser escritora, aunque entendió que lo suyo no era el realismo, sino la fantasía.

Enseguida ideó una trama: dos magos que compiten entre sí y acaban siendo rivales en la Inglaterra de la Regencia. Jonathan Strange & Mr. Norrell salió publicado una década más tarde: Clarke fue rápidamente comparada con Ursula Le Guin e incluso con Jane Austen. La crítica dejó por las nubes esta novela de ochocientas páginas exquisitamente detalladas con referencias históricas de la época —aunque con toques fantasiosos, por supuesto— y una prosa tan suntuosa como rocambolesca.

Pero, tras pocos meses de la publicación, Clarke se sintió muy enferma. Una noche, mientras cenaba con unos amigos, se mareó, le levantó de la mesa, se tambaleó, perdió el equilibrio y luego se desmayó. Tuvo que pasar semanas enteras en cama para recuperarse mínimamente.

La convalecencia fue muy lenta y, aún hoy hay períodos en que Clarke sigue tan débil que apenas puede trabajar. De ahí que sus esfuerzos durante años fueran mínimos, aunque no por ello menos productivos. Mientras descansaba pensaba en los libros que más le gustaban de pequeña y, sobre todo, en The Magician’s Nephew, de C.S. Lewis, sobre un brujo maligno que deja a dos chiquillos en un bosque mágico desde donde pueden viajar a otros mundos. Uno de los lugares que visitan es la ciudad de Charn, donde hay grandes palacios pero estaban vacíos.

Clarke recordó entonces aquellas láminas de Piranesi que tanto le habían impactado de joven y decidió retomar la idea de escribir sobre un hombre solo en medio de una casa misteriosa. Y así comenzó de nuevo a escribir, aunque la idea de volver a crear ochocientas páginas fue rápidamente descartada y optó por algo más ligero, incluso con una prosa mucho más depurada, agradablemente austera, desprovista de artificios innecesarios.

Pero la falta de floritura no le resta un ápice de belleza. Piranesi es una pequeña obra maestra, de una inteligencia portentosa y una belleza sublime, conmovedora. Una exploración de la razón, la locura, la depresión, la claustrofobia, la esperanza y la desazón. La obra donde están condensadas los aguafuertes del maestro veneciano, los laberintos magistrales de Borges y la propia experiencia personal de la escritora con su enfermedad. Como las famosas Carceri, es una obra con capas, niveles y múltiples lecturas. Un laberinto fantástico que nos descubre que la realidad siempre, en el fondo, no deja de ser ficción.

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