Se cumplen doscientos años de la muerte del zar Alejandro I de Rusia, figura clave en la derrota de Napoleón y responsable de situar al Imperio ruso en el corazón de la política europea. Su fallecimiento el 1 de diciembre de 1825, durante un viaje al sur de su reino, estuvo rodeado desde el inicio de dudas y contradicciones que cuestionaron el relato oficial. Dos siglos después, sigue siendo un episodio lleno de incógnitas.
Un reinado marcado por la culpa
Alejandro Pávlovich Romanov nació en San Petersburgo en 1777. Nieto de Catalina la Grande, llegó al trono en 1801 tras el asesinato de su padre, Pablo I, estrangulado en su dormitorio del castillo Mijáilovski. Los conspiradores –miembros de la alta nobleza y oficiales– lo habían tanteado previamente y le aseguraron que buscaban la abdicación del zar, no su muerte. El magnicidio, consumado de forma caótica, dejó a Alejandro ante un dilema moral que lo acompañó el resto de su vida.
Esa contradicción marcó su carácter. Educado por el liberal suizo La Harpe, fue un monarca sensible a las ideas de la Ilustración y comenzó su reinado con propuestas moderadas: reformas administrativas, suavización de la censura e incluso tímidas discusiones sobre la emancipación de los siervos. Ninguna prosperó del todo. El peso del crimen de 1801 y las tensiones dentro de la nobleza limitaron su margen de maniobra. Su reinado avanzó entre impulsos reformistas y bruscos repliegues conservadores.
El zar que venció a Napoleón
La biografía de Alejandro I quedó definitivamente ligada a las guerras napoleónicas. Tras el fracaso de la coalición en Austerlitz (1805) y un breve entendimiento con Francia sellado en Tilsit (1807), el conflicto reapareció con una escala inédita. La invasión napoleónica de 1812 –más de 400.000 hombres cruzando el Niemen– convirtió al zar en símbolo de la resistencia continental.
La estrategia rusa de tierra quemada, la evacuación y posterior incendio de Moscú y el desgaste brutal del ejército francés dieron un giro a la guerra. La campaña de 1813–1814 llevó a los rusos hasta París, donde la entrada de Alejandro I consolidó su imagen de monarca victorioso.
En el Congreso de Viena, se situó entre los artífices del nuevo orden europeo: respaldó la restauración de las monarquías, defendió la ampliación territorial rusa –especialmente en Polonia– y promovió la Santa Alianza con Austria y Prusia, un pacto de inspiración religiosa cuyo objetivo declarado era mantener la paz, aunque en la práctica reforzaba el absolutismo frente a los movimientos constitucionales.
Tras la derrota de Napoleón, Alejandro adoptó posiciones cada vez más místicas y conservadoras. La servidumbre seguía intacta, la nobleza recelaba de cualquier reforma y una nueva generación de oficiales –los futuros decembristas– empezó a cuestionar abiertamente la autocracia. El zar, cada vez más volcado en la espiritualidad y más distante de la gestión diaria, parecía incapaz de encarar aquellas tensiones.
Una muerte envuelta en misterio
En 1825 emprendió un viaje al sur del imperio para “descansar” y, según algunas fuentes, para alejarse temporalmente de la corte. Durante su estancia en Taganrog, en el mar de Azov, enfermó de forma abrupta. Algunas versiones hablan de un cuadro febril y de una neumonía fulminante. Murió el 1 de diciembre, con 47 años.
La explicación oficial –fiebre tifoidea– nunca logró disipar las dudas que corrieron como la pólvora por el imperio. Murió lejos de San Petersburgo, los partes médicos fueron poco precisos y el féretro llegó sellado, sin un informe anatomopatológico convincente. A la confusión se sumó el caos sucesorio: su hermano Constantino había renunciado en secreto a la corona años antes, pero esa renuncia no se había hecho pública. Durante semanas, Rusia no sabía con certeza quién debía gobernar, hasta que finalmente accedió al trono el siguiente hermano, Nicolás. Ese vacío temporal de autoridad y la gestión opaca de la muerte del zar ofrecieron el terreno perfecto para que comenzara a crecer el mito.
La leyenda de Fiódor Kuzmich
A mediados del siglo XIX apareció en Siberia un misterioso stárets –un stárets era un anciano y guía espiritual de la tradición ortodoxa, respetado por su vida ascética y buscado como consejero religioso– llamado Fiódor Kuzmich. Hombre culto, reservado y de origen incierto, vivió entre Tomsk y Krasnoyarsk dedicado a la oración y a la enseñanza religiosa. Murió en 1864. Sus discípulos y varios miembros de la nobleza recogieron testimonios sobre su sorprendente educación, su dominio del francés y su manera aristocrática de comportarse. La coincidencia aproximada de su año de nacimiento y el parecido físico alimentaron la sospecha de que era, en realidad, Alejandro I viviendo en penitencia.
A finales de la década de 1920 circularon relatos contradictorios sobre la supuesta apertura de la tumba de Alejandro I en 1926. Algunos testigos afirmaron que las autoridades soviéticas habían inspeccionado el sepulcro y que el cuerpo no podía identificarse con claridad; otros aseguraron que el ataúd estaba vacío, mientras que ciertas versiones negaban incluso que la apertura llegara a producirse. La falta de documentación oficial y la coexistencia de testimonios orales divergentes dejaron el episodio en una zona incierta entre la comprobación histórica y el rumor.
La canonización de Fiódor Kuzmich en 1984 por la Iglesia Ortodoxa Rusa tampoco resolvió esa duda persistente: fue reconocido como santo por su vida ascética y su papel como stárets, sin que la Iglesia se pronunciara sobre su presunta identidad imperial. Esa reserva contribuyó a mantener vivo el mito en la memoria popular.
Doscientos años después, la muerte de Alejandro I sigue siendo uno de los enigmas más persistentes de la Rusia imperial: un zar consumido por la culpa, vencedor de Napoleón y protagonista de una de las leyendas dinásticas más duraderas del siglo XIX.
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