La suya no fue una vida fácil. Ser hija de emigrantes japoneses en los Estados Unidos en plena Segunda Guerra Mundial marcó su adolescencia y su carrera artística. En aquel país que bombardeaba la tierra de sus padres, el estigma de sus orígenes le llevó a ella, a sus seis hermanos y a sus padres, agricultores, a ser recluidos en un campo de internamiento durante 18 meses. Fue allí, en aquella prisión, donde otros internos le enseñaron a pintar, a descubrir y amar el arte.

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Ruth Aiko Asawa nació en California en 1926. Cuando los EEUU bombardearon Nagasaki e Hiroshima apenas tenía 19 años. Su desarrollo artístico estuvo cubierto de un manto de silencio y cierto arrinconamiento hasta la última etapa de su vida. Ahora, al cumplirse el centenario de su nacimiento y trece años después de su muerte, su obra llega por primera vez a España, al Museo Guggenheim Bilbao.

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Se la considera una de las artistas más prolíficas de la posguerra en EEUU. Su mayor éxito no lo pudo disfrutar en plenitud; su gran reconocimiento es reciente, de hace apenas una década. Sus esculturas colgantes de alambre en bucle, sus obras que imitan las formas de la naturaleza y una larga serie de hasta 250 piezas se muestran en la pinacoteca bilbaína hasta el 13 de septiembre. Esta exposición ha sido ya exhibida en el MoMA de Nueva York y en el Museo de Arte Moderno de San Francisco.

Una vida entre prejuicio antijaponeses

Convertirse en artista supuso en su caso tener que sortear vetos. En 1946 se le negó, por prejuicios antijaponeses, un título universitario que la acreditaba para enseñar Arte. Optó por matricularse en el Black Mountain College, una institución progresista de Carolina del Norte que le desbrozaría el camino para encontrar su senda creativa, en la que siempre exploró la convivencia del espacio, la transparencia y la continuidad. Su formación abarcó desde las matemáticas hasta la filosofía, la música y la danza.

Para ilustrar esta interrelación, el Guggenheim Bilbao ha seleccionado fotografías y documentos que abarcan desde sus conocidas esculturas colgantes hasta piezas de alambre atado, moldes de arcilla y bronce, piezas de papiroflexia, pinturas y grabados realizados entre 1947 y 2006.

El alambre esculpido a mano fue su herramienta de trabajo más habitual. Buscó inspiración en las formas naturales y en la artesanía de otras culturas. En 1947 quedó maravillada por las cestas de alambre de México, cuyas técnicas asimiló hasta convertirlas en un punto de inflexión. En su larga obra se encuentran desde técnicas como la papiroflexia hasta tejidos con formas de espirales logarítmicas.

El alambre, el 'vocabulario' de su escultura

En 1949 California derogó la ley que prohibía los matrimonios interraciales. Fue la oportunidad para casarse con su compañero, Albert Lanier, con quien formaría una familia numerosa de seis hijos. Su casa en Noe Valley se convertiría en hogar y taller a la vez; allí convivían las obras de la artista con el día a día familiar.

Asawa siempre amó el alambre industrial. Lo definía como “el vocabulario de mi escultura”. Con él pudo entrelazar formas y ondulaciones para crear, según sus palabras, “una escultura que tuviera forma y volumen en sí misma, cuya silueta también tuviera volumen y cuyas sombras poseyeran igualmente volumen”. Asawa consideraba a la naturaleza como su maestra. En sus esculturas de "alambre atado", buscaba reproducir los patrones de crecimiento del mundo natural, logrando una transición donde un material duro como el alambre se transformaba en algo "blando y de aspecto natural".

"Utilizando una técnica engañosamente sencilla adaptada de la cestería mexicana, Asawa creó formas a partir de una sola línea continua de alambre en lazo", asegura Cara Manes, curadora asociada del MoMA.

"Habitar el espacio sin robar el aire"

Su motivo escultórico más emblemático es la "forma continua dentro de otra forma". La artista describía este concepto como una estructura que está "dentro y fuera al mismo tiempo", donde las superficies son ininterrumpidas y los volúmenes se envuelven de manera transparente, permitiendo que todo esté conectado. En sus esculturas de alambre, la artista dejaba que "la obra dicte una manera de crecer". Al trabajar con alambre industrial a mano, creaba configuraciones que, aunque simétricas y equilibradas, cambian según el punto de observación y su proximidad con otras piezas, delimitando el volumen sin dejar de ser permeables al espacio.

La directora del Museo Guggenheim, Miren Arzalluz, recuerda cómo uno de los hijos de la artista, Paul Lanier, le aseguró que las esculturas de Ruth Asawa “habitan el espacio sin robar el aire”: “Quizá era su propia forma de existir y, en todo caso, me pareció un lema inspirador y necesario en tiempos inciertos".