Al día siguiente, imbuido yo mismo por la melancolía de no haber tocado el palacio de Byron y quizá también por algunos de los discursos de los premiados en la gala vista por televisión, bajé para desayunar en el confortable comedor del Gritti, a escasos metros del Canal Grande. Tras desayunar opíparamente algunos manjares del lugar me dirigí al salón marmóreo de mi hotel, donde se encuentran dos retratos del legendario miembro de la familia, el barbado Andrea Gritti, y donde abrí el libro de visitas.
Realmente, fue una experiencia muy Harold, Canto IV, abrir aquel volumen. Reconocí las firmas de Chaplin, Karajan, Stravinski, Joseph Losey, Peter Ustinov, Woody y Mia en los 80, la Garbo, y medité, à la Byron, sobre el paso del tiempo, o como él escribe, el Tiempo. Exactamente como él hace ante las ruinas de Italia, ante la maravilla sin niebla de San Marcos o ante la tumba de Tasso. Encontré un hueco en una página, entre firmas de clientes agradecidos y grandes celebridades. Como si este fuera el “libro de la vida” (en la tradición cristiana, allí donde se inscriben los nombres de los que se van a salvar), con un pilot verde, junto a las palabras de agradecimiento de Susan Sontag, puse un “muchas gracias” y grabé mi nombre. Y puse la fecha, febrero de 2026. ¡Compruébelo usted mismo, lector, si visita (tal y como debería) el Gritti de Venecia!

Tras despedirme con lágrimas en los ojos de aquel pequeño hotel de súper lujo y de su vida brillante, en medio de las foscas brumas, me dirigí a la parada de vaporetto Santa Maria del Giglio. Me esperaba allí mi primo Andrew con sus maletas. El barco nos recogería allí, recorrería la mayor parte del Canal Grande, pasaría por debajo del Puente de Rialto y saldría de la isla por el norte, dirección al aeropuerto. El comodoro de este navío era un veneciano taciturno que, no obstante, me permitió estar junto a él fuera, en cubierta. Mi primo entró al camarote común de la embarcación.
Admiré los palacios del Canal, ya sin ápice de niebla. Ahora bien, ahora mismo me falta la energía para sacar la paleta y el libro de arte para hablar con rigor de los ocres y salmones: Gritti, Barbaro, Ca’ Foscari, Franchetti, Rezzonico… ¡Y, de pronto, en el gran giro, a mano derecha, veo los varios palazzi Mocenigo! ¡Y entre ellos está Il Nero! ¡Lector, lector amigo, piense en la emoción trepidante que experimenté, junto al comodoro de línea, cuando vi la siguiente placa que al parecer la Byron Society había colocado dando al agua, sólo al agua!
“Qui abitò Lord Byron”
¡Oh, mamma mia! Todo se había solucionado. ¡Me trajo una densa niebla y ahora parto, rutilante, con el sol de invierno! Pasamos bajo el puente de Rialto y discurrimos ante otros palacios impresionantes de la zona norte (Vendramin, Ca’ d’Oro, etcétera) y abandoné al capitán silencioso y descendí por las escaleras del vaporetto y bajé donde mi primo.
––Estamos salvados ––le dije, sin explicar por qué.
Él tampoco me preguntó el porqué.
––Oye, primo ––dijo–– ¿quién ganó el Goya? No hay manera de que vea una de estas galas enteras… Bufff.

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