Detrás de la enigmática mirada de la Mona Lisa que custodia el Museo del Prado –aquella salida del taller de Leonardo da Vinci con idéntica pericia pero mejor cutis que la parisina–, el ojo común suele perderse en las brumas azuladas del sfumato toscano. Sin embargo, si se baja la vista hacia el costado derecho del paisaje, un diminuto viaducto de arcos de piedra resiste el paso de las aguas y de los siglos. Está ahí, exacto y calculable, tal y como aún hoy se alza en la campiña italiana. se trata del Ponte Buriano, un paso de piedra del siglo XIII sobre el río Arno cuyas bóvedas rebajadas llamaron la atención de Da Vinci por su eficaz respuesta a las crecidas fluviales.

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Ese puente no es un capricho decorativo o. escénico: es ingeniería civil. Y es precisamente esa mirada –la del compás, la cimbra y el trazado topográfico– la que ahora propone el Prado con su nuevo recorrido temático: La ingeniería en el Prado: un puente entre el arte y la técnica.

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La iniciativa, organizada en colaboración con la Fundación Fhecor –dedicada al estudio y la difusión de la historia de la ingeniería– y visitable hasta el 21 de febrero de 2027, invita a recorrer las tres plantas del edificio Villanueva siguiendo el rastro del cálculo y la construcción a través de 29 cuadros fechados entre el siglo XV y finales del XIX. Los ingenieros Francisco Javier León y Francisco Javier Fernández Pozuelo, comisarios de la propuesta, se han dedicado a peinar sala a sala las paredes del museo para demostrar que el arte y la técnica jamás fueron disciplinas estancas.

"La ingeniería está en todas partes, y eso que el Prado no recoge la explosión de las obras de ingeniería del siglo XIX", ha advertido este lunes Fernández Pozuelo durante la presentación de la exposición con el entusiasmo del perito que descubre un plano oculto bajo capas de barniz. "¿Qué quiso el artista? ¿Por qué lo puso ahí?".

Del protagonismo absoluto al detalle en lontananza

El itinerario no fuerza lecturas anacrónicas sino que desgrana la relación entre el creador y la transformación del territorio a través de tres niveles de protagonismo. En el primero, la obra civil se adueña del cuadro: es el caso de la teatral Perspectiva de un anfiteatro romano, firmada al alimón por Viviano Codazzi y Domenico Gargiulo, o las minuciosas vistas de Mariano Ramón Sánchez, como El puente de Molins de Rey y el Puente de Martorell, donde la sillería y el arco son el centro de gravedad visual y conceptual.

En un segundo escalón, las infraestructuras operan como el escenario reconocible que fija el pulso de la vida urbana o devocional. Andrea Mantegna recurre a la arquitectura civil para enmarcar El Tránsito de la Virgen, del mismo modo que Francisco de Goya y José del Castillo levantan la fisonomía de la capital en sus respectivas versiones de La pradera de San Isidro, donde los puentes sobre el Manzanares ordenan la perspectiva y dan escala a la multitud festiva.

El tercer grupo exige la paciencia del observador. En retratos de aparato como el majestuoso Luis XIV de Hyacinthe Rigaud, en La Huida a Egipto de El Greco o en la Sagrada Familia, llamada la Perla de Rafael, las construcciones se repliegan hacia la lejanía. Pero no son manchas al azar: dotan de profundidad geométrica a la escena, canalizan la fuga de la mirada y actúan como símbolos silenciosos de orden, frontera o civilización.

Lienzos como actas notariales

Más allá de su innegable valor plástico, las pinturas del Prado funcionan como actas notariales de infraestructuras transformadas por el paso del tiempo o borradas de la faz de la tierra. La precisión de los maestros antiguos ha permitido a los ingenieros de Fhecor recomponer la memoria material de un país que a menudo olvida lo que levanta.

Los ingenieros Francisco Javier León y Francisco Javier Fernández Pozuelo, comisarios de la propuesta, han peinado el Prado sala a sala en busca de buenos ejemplos de obra civil

En la imponente Vista de Zaragoza (1647), Juan Bautista Martínez del Mazo no solo capturó el perfil urbano de la capital aragonesa: documentó al detalle las cicatrices, reparaciones y reformas del histórico puente de piedra sobre el Ebro tras las embestidas de las riadas. Otro tanto ocurre con Antonio Joli, de quien se exponen dos lienzos de 1759 que muestran la Partida de Carlos de Borbón a España: uno desde la dársena y otro mar adentro. El cotejo de ambas perspectivas permite reconstruir la morfología histórica de las defensas y muelles del puerto de Nápoles en el instante exacto en que el futuro Carlos III zarpaba para ceñirse la corona española.

El recorrido rinde también tributo a los fantasmas de la técnica. En el Díptico con 42 vistas monumentales de ciudades españolas, de Genaro Pérez Villaamil, asoma la silueta del mítico artificio de Juanelo Turriano, el colosal ingenio hidráulico de ruedas y cucharas que subía el agua del Tajo hasta el Alcázar de Toledo y del que apenas sobreviven legajos y bosquejos mecánicos. En otros casos, la pintura actúa como elegía involuntaria: el citado Puente de Molins de Rey de Mariano Ramón Sánchez es el mejor registro visual de una estructura dieciochesca que sucumbió definitivamente a la devastadora riada del Llobregat en 1973.

De la tierra al aire

No todo es piedra y mortero. Entre los 29 hitos seleccionados late también la fascinación por las nuevas fronteras de la física. Es inevitable detenerse ante la Ascensión de un globo Montgolfier en Aranjuez (1784), de Antonio Carnicero, la única pieza de ingeniería aeroespacial que custodia la pinacoteca. El lienzo inmortaliza el primer vuelo aerostático tripulado en suelo español ante la atenta mirada de la corte de Carlos III, una proeza técnica que culminó con un aparatoso aterrizaje y que Carnicero congeló con la exactitud de un cronista moderno.

"Acercar al ciudadano la construcción de las cosas es uno de los objetivos que recoge la muestra", subraya el comisario Javier León. Las infraestructuras no solo hablan de hormigón, madera o hierro; narran el funcionamiento de las sociedades, sus prioridades productivas y la perpetua ambición humana por desafiar los límites orográficos.

El Prado y Fhecor redondearán este diálogo el próximo 16 de diciembre con dos conferencias monográficas dedicadas a la historia de los puentes y su imbricación con la pintura. Hasta entonces, quien cruce las puertas de Villanueva no necesitará casco de obra, pero sí afinar la mirada: descubrirá que, mucho antes de que existieran las facultades de caminos, los grandes genios del óleo ya sabían calcular el peso del mundo.