Arte

Dubuffet, realidad sin forma ni convención

El Museo Guggenheim Bilbao inaugura una muestra del artista francés que puso a prueba las convenciones sociales y artísticas.

Estaban ahí, condicionando arte y vida. Jamás las aceptó. Las convenciones se habían arraigado como un lastre, en un modo de limitar al autor y al espectador. Jean Dubuffet hizo de su vida una demostración de que la libertad no podía incluirlas. Renunciar a ellas suponía mirar hacia otros lugares, otros tiempos. Concibió su trabajo como una «recuperación de valores desdeñados» para recuperarlos y ensalzarlos en obras «de ferviente celebración», aseguraba.

Su trayectoria se basó siempre en buscar nuevas perspectivas, en explorar siempre caminos alternativos. Lo hizo desde muy joven. Este autor francés nacido en Le Havre, en 1901, se inscribió en la Academie Julian de París. Aquel plan de estudios pronto le decepcionó. El mundo estaba muy alejado de lo que allí se enseñaba y decidió abandonar la escuela. Acababa de comenzar a recorrer su propio camino.

La travesía vital completa se muestra en la exposición que desde este viernes y hasta el 21 de agosto exhibe el Museo Guggenheim de Bilbao. Bajo el título Jean Dubuffet: ferviente celebración, la pinacoteca presenta un recorrido por las décadas decisivas en la carrera del artista, desde sus inicios en los años 40 del siglo pasado hasta sus últimos trabajos a mediados de los 80. Se trata de obras que forman parte del fondo del Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York y obras procedentes de Peggy Guggenheim Collection de Venecia.

En su juventud, Dubuffet compaginaba sus primeros pasos en el arte con el trabajo en el negocio familiar de distribución de vinos. En su tiempo libre entabló relación con el rico ambiente artístico del París de los años 20 y 30. El trabajo de la artista «espiritista», Clémentine Ripoche y el libro de Hanz Prinzhorn, ‘El arte de los enfermos mentales III’ le cambiarían para siempre. Ambos autores le llevaron a hacerse preguntas sobre la realidad, la percepción, la mente. No fue hasta los 41 años cuando decidió que se dedicaría profesionalmente a pintar, a explorar formas nuevas de expresión.

Contra la cultura convencional

Comenzó desafiando los ideales establecidos, los cánones de belleza, de pericia técnica y de arte que nadie cuestionaba. Dubuffet planteaba en sus exposiciones y conferencias su convencimiento de que los mecanismos de la cultura convencional habían muerto o estaban cerca de hacerlo, «son asfixiantes y deben ser abandonados», defendía. Avanzar por caminos alternativos se convirtió en una obsesión por encontrar nuevas formas de expresión, más genuinas y fructíferas que las convencionales.

En los años 40 y 50 su obra es una invitación al público para repensar conceptos como la belleza. Una propuesta para encontrar el valor de las cosas ordinarias. También por aplicar nuevas técnicas. Para subrayar la naturaleza física de su pintura recurrió al uso de aditivos como la cal, el cemento o la arena. Con ellos el óleo se espesaba hasta convertirse en una densa pasta, el ‘haute pâte’, lo llamó. Aquella técnica le permitía lograr una gran textura y complejidad en su pintura. En ocasiones, llegó a engordar aquella pasta con elementos como piedras, cuerdas o papel de aluminio. La belleza también se propuso encontrarla en cánones alejados de la convención: muros desconchados, puertas ajadas, en una piedra, en la tierra…

Entre los años 60 y los 70, Dubuffet se adentra en el ciclo Hourloupe, en el que las tramas de celdas entrelazadas, las rayas paralelas, el rojo, azul y blanco lo definen. Un tiempo en el que además establece un vocabulario con el que crea y se adentra en un nuevo universo fantástico. Años en los que aborda temas epistemológicos y fenomenológicos. Su obra se llena de ambigüedad visual y de un tono enigmático. Busca provocar en el espectador una reflexión interna sobre la relación entre percepción y la realidad.

En el último tramo de su vida los mecanismos de la mente humana centraron su trabajo. La mente y el mundo exterior llegó a inquietarle. No ocultaba que era la mente la responsable de integrar la percepción de la realidad, de combinarla con los recuerdos y las ideas y dar así un sentido a lo que nos rodea y acontece. La pregunta que le golpeaba constantemente era cómo sería la experiencia artística si la mente no realizara esa labor de organizarnos el mundo exterior en categorías preconcebidas y en convenciones sociales. Para Dubuffet, si viviéramos libres de estas limitaciones físicas y sociales experimentaríamos ilimitadas posibilidades de creatividad.

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