Fue grabado en las azoteas de Tel Aviv, al resguardo de la noche. Veinticuatro soldados y oficiales de inteligencia israelíes hablaron ante la cámara entre finales de 2023 y 2024 con las voces distorsionadas y los rostros ocultos. Con este formato, sus testimonios en el documental Naza exponen el choque moral de una tropa con la disciplina militar impuesta e interiorizada. El largometraje, galardonado con el Premio Especial del Jurado en el último Festival de Venecia, toma su nombre de las siglas en hebreo para Nezek Agavi (daño colateral), el término técnico con el que el IDF (Fuerzas de Defensa de Israel) denomina las vidas civiles que están en riesgo de ser eliminadas para destruir a un objetivo.
El programa Lavender
La selección de objetivos recae sobre Lavender, un sistema de inteligencia artificial desarrollado por la Unidad 8200 (encargados de la ciberinteligencia israelí) que analiza los teléfonos móviles de toda la población palestina para identificar a supuestos militantes de Hamás o la Yihad Islámica. De esta monitorización nace la cadena de rastreo bautizada como “papá está en casa”.
Según los testimonios de sus propios operarios, se trata de un espionaje directo a través de los micrófonos y las cámaras de los dispositivos móviles. Los servicios de inteligencia escuchan de forma continua la intimidad de los hogares palestinos, esperando el momento en que los familiares envíen notas de voz o mensajes clave del tipo “papá está en casa” para confirmar que el objetivo a batir ha cruzado la puerta de su hogar. Una vez dentro, se procede al ataque del edificio, sin importar quién esté dentro. De esta manera, el documental revela que muchos asesinatos civiles han tenido lugar porque era más fácil localizar a un terrorista cuando estaba en su entorno familiar que fuera de casa.
La despersonalización como norma
El documental muestra el extremo que alcanzó el protocolo Naza en el trato a la población palestina. Los propios combatientes admiten en el filme la escala irrefrenable del cálculo de bajas aceptables, hablando de acabar con decenas de vidas civiles por cada operación. También se mencionan las “llamadas de aviso” del ejército israelí antes de demoler edificios residenciales enteros. Tras los bombardeos, las unidades de infantería entraban en domicilios evacuados para asegurar su inhabitabilidad, “para que no tuvieran un lugar al que volver”.
Los testimonios detallan cómo los soldados, de forma sistemática, apilaban cojines en el centro de las habitaciones, los rociaban con aceite de oliva para avivar las llamas y prendían fuego a los edificios. Paralelamente, en las rutas de evacuación delimitadas por las FDI, los francotiradores apostados tenían instrucciones firmes sobre la población desplazada: “Cualquiera que se saliera de la fila delimitada por la IDF era abatido en el acto”.
La frialdad descrita en Naza resulta especialmente cruda cuando se trata de los muertos. Según los testimonios de los soldados, los cadáveres palestinos son abandonados al aire libre en las calles bombardeadas. La cinta revela que era habitual ver a los perros vagabundos desenterrar y devorar los restos humanos en medio de la vía pública, ante la mirada indiferente, y a veces curiosa, de los militares israelíes.
El recibimiento de 'Naza'
La proyección del documental desató una violenta reacción institucional en Israel, donde miembros del Gobierno y sectores ultranacionalistas tildaron la obra de propaganda enemiga y alta traición. Sus directores, Yuval Abraham y Rachel Szor –ganadores del Oscar al mejor documental en 2025 por No Other Land–, ambos israelíes, han sufrido campañas de difamación y amenazas de muerte que han obligado a reforzar su seguridad. Ninguna sala de cine ni cadena de televisión israelí han aceptado exhibir la película por temor a represalias.
En el plano internacional, la trascendencia del largometraje saltó de las pantallas a los tribunales de La Haya. Las minuciosas confesiones sobre la operativa de los algoritmos Lavender, el sistema Where's Daddy? y la aplicación de las cuotas de Naza llevaron a organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch a solicitar formalmente su inclusión como material probatorio ante la Corte Penal Internacional (CPI).
Naza pone un espejo ante una sociedad israelí altamente militarizada. Tal y como admitió uno de los entrevistados, "es normal que uno acate órdenes que pongan en riesgo la vida de civiles para después volver a casa, salir con los amigos o continuar con unos estudios universitarios".
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