Hablaba con un acento raro y cuando se ponía nerviosa tartamudeaba. Su cuerpo cogía peso de una semana para otra y su cara se llenó de marcas durante la adolescencia. Alejandra Pizarnik estaba tan llena de ideas como de complejos. Su físico, su habla, la coartaron durante muchos años y las pastillas la dejaron haciendo malabarismos entre la locura y el sueño.

El 25 de septiembre de 1972 decidió que ya. Que no podía más. Que todo era demasiado complicado. Salió del hospital psiquiátrico donde estaba recluida y se tragó 50 pastillas. En el espejo de su cuarto escribió: “No quiero ir, nada más, que hasta el fondo”. Tenía 36 años y una carrera literaria que impresionó al propio Julio Cortázar y que su suicidio hizo mito. Se convirtió en “la poeta maldita de América”. La envolvió de mitos y leyenda.

Pizarnik fue hija de joyeros y nunca se encontró en casa. Nació en Argentina pero su forma de hablar, llena de posos europeos, la convirtieron en una extranjera. Eso y su aspecto andrógino, pelo corto, siempre con vestimenta oscura, a veces tapada, a días sensual, a días áspera, la dejaban fuera de la norma del momento y demasiado dentro de ella misma. Era un caos perfecto y ella solo veía el desastre.

Cortázar y los originales de ‘Rayuela’

Lo intentó todo. Desde el periodismo, la filosofía, la pintura y sólo acabó los libros, y sus poemas. La muerte, la búsqueda de uno mismo, el miedo… forman parte indivisible de sus versos. Pasó una temporada, quizá su tiempo más feliz, en París. Allí entabló amistad con Octavio Paz, con Simone de Beauvoir, con Cortázar… Incluso se habló de que ella era la Maga, aunque se descartó porque Rayuela ya estaba escrito cuando ellos se conocieron.

Pero su relación con la gran novela del argentino tiene otro chisme. Dicen que le dejó los originales de Rayuela para que los pasase a máquina y que los perdió durante meses en el desorden de su apartamento. Julio Cortázar la llamaba a diario y ella, muerta de miedo, se negó a cogerle el teléfono hasta que por fin los encontró. Fue su amistad más fuerte, la que duró para siempre.

Ella escribía entonces desde la misma amargura. Desde el miedo, el pavor, hacía todo. Tuvo dos intentos de suicidio, salió y al contárselo a Cortázar él le escribió: “No te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra”. De poco sirvió. Pizarnik llevaba dentro todos los infiernos y cuando escribir dejó de vaciarla, optó por irse hasta el fondo de la nada.

A día de hoy, su legado es esencial para entender el ambiente cultural de la época. Su obra, una de las más importantes de la poesía argentina. Ella, mucho más que una poeta maldita.