Hace 150 años se publicó el primer ejemplar de Mujercitas. Fue en 1868, el 30 de septiembre, y el éxito fue demoledor. La novela era exactamente lo que se esperaba que escribiera una mujer para que leyeran otras mujeres, pero seguramente no como la editorial que se lo encargó pensó en un primer momento.

Porque la idea no fue de Louise May Alcott, su autora, si no de su editor. Le pidió un libro de chicas y aunque ella se negó con fuerza al principio, todo cambió cuando le prometió publicar el volumen de relatos que Alcott quería con ansia sacar a la luz y le ofreció una suma de dinero que ella se vio incapaz de rechazar.

Accedió y presentó en tan sólo 10 semanas la historia de cuatro hermanas, de sus experiencias personales con la Guerra Civil estadounidense de fondo. Transcurría de 1861 a 1865 y la escritora utilizó su propia infancia como inspiración. Cuentan que cuando la leyó, al editor le pareció una novela “tonta” pero que al pasársela a su sobrina esta se enamoró. Había conseguido lo que quería.

La historia era la de cuatro chicas dóciles, fáciles y respetables. Mujercitas encantó a la sociedad de entonces y sigue encantando a la actual, se ha llevado al cine en 11 ocasiones y cuenta con decenas de ediciones distintas, pero esconde un trasfondo, un toque feminista que se intuye de lejos y que el editor de Alcott no supo ver.

Dentro de esa casa en la que todo siempre estaba perfecto, dentro de esa familia que sigue las normas establecidas, Louise May Alcott propone un cambio de modelo. Con toda la intención, pero aparentando desconocimiento, realiza una crítica social y aparta a los hombres de escena dando así importancia a los personajes femeninos.

Las mujeres cogen fuerza y se convierten en sujetos de la acción”

El padre de las chicas, el marido de su madre, está en el frente y ellas se hacen cargo de la casa. Y algo similar ocurre con el resto de hombres de la zona. La familia de Mujercitas comienza a pasar apuros económicos y son ellas las que tienen que sacar la familia adelante. Las mujeres cogen fuerza y se convierten en sujetos de la acción.

Además, inserta a un personaje, que muchos dicen que es el vivo reflejo de la autora, Josephine, más conocida como Jo. En ella tira por tierra ciertos convencionalismos. No quiere casarse ni tener hijos. Se corta el pelo, lo que acaba con parte de su feminidad y lee desaforadamente sabiendo que para avanzar necesita conocimientos. Además, es escritora.

Louise May Alcott.

Louise May Alcott.

Lo mismo que Louise. Pero ella en la vida real lo llevó un paso más allá. Era Jo, pero la de verdad y sin que su historia tuviese que ser edulcorada.

Educada en una familia de ideas progresistas, sus padres se arruinaron y Alcott tuvo que empezar a dar clases para poder sacar a la familia a flote. Además, trabajó como costurera y asistenta. En su cabeza la idea de tener menos derechos que los hombres le parecía una aberración y por eso fue la primera mujer en entrar en el censo de Concord, Massachusetts, en 1878 y se convirtió en la secretaria del comité de sufragistas.

En aquella época la lucha era distinta, era una revolución silenciosa. Las mujeres pedían para ellas pero fingiendo que lo hacían por los hombres.

Querían una reforma educativa, que las niñas estudiasen lo mismo que los niños. ¿Cómo podría sino una mujer educar correctamente a los hombres del mañana? Por eso Louise invirtió mucho tiempo y esfuerzo en su propia educación y en intentar convencer a la sociedad de la importancia de enseñar a las mujeres lo mismo que a los hombres.

También fue una abolicionista feroz y apoyó con intensidad el sufragio femenino. Le venía de cuna. Su padre había sido un pedagogo muy vinculado con ambas causas y ella llevó su lucha hasta el final. Como ella quiso para Jo, aunque después tuvo que desposarla por orden de su editor, jamás contrajo matrimonio y nunca se vio como madre, pensando quizá que eso la dejaría a merced de un hombre y teniendo que cuidar de su casa.

Ella ya sabía lo que era tener que quedarse en un segundo plano. Antes y después de Mujercitas tuvo que escribir muchas veces bajo seudónimo. Fue Flora Fairfield a la hora de escribir poemas y A. M. Barnard cuando se ponía gótica en cuentos y novelas. Sería su novela menos querida la que le dio capacidad de continuar con su trayectoria literaria y la que menos la definiría.