Hay días en los que la belleza es lo más importante. El pasado 15 de abril ardía la catedral de Notre-Dame, en el corazón de París, en una visión casi irreal, mientras sus cenizas se esparcían como un gesto fúnebre por el Sena. Tanta agua a sus pies y tanto fuego en su techo. Impotencia. Al día siguiente, las portadas de los grandes periódicos recreaban esa imagen, la histórica aguja cayendo, a pesar de tantas otras cuestiones urgentes.

Porque la imagen de Notre-Dame está en el corazón de todos. Como escribía Loreto Sánchez Seoane en este mismo periódico, «se nos ha borrado un poco la memoria». Porque sus torres y sus rosetones, aunque a la manera de Sant-Denis o Senlins, están cargados de significación. Están en la historia personal de tantos que allí acudieron. Y verla arder, después de diez siglos en pié, tenía algo de ciencia ficción. Como esa estatua de la libertad ante la que se postraba Charlton Heston en El Planeta de los Simios, medio hundida.

Para muchos franceses (y no solo para ellos), la vieja catedral es algo más que una construcción. Se venera. Aunque sean los más los que cada día la visitan como un ejército armado con planos, palos selfie, zapatillas deportivas y mochilas. Esa diferencia numérica, como veremos, importa.

Flores en el exterior de una Notre-Dame acordonada por la Policía francesa.

Flores en el exterior de una Notre-Dame acordonada por la Policía francesa. El Independiente

A día de hoy, tras los rezos de aquella noche, aún se pueden ver ramos de flores marchitas y mojadas en sus inmediaciones, cortadas al tráfico por la policía francesa. Un cordón que no impide que la aglomeración de turistas la rodee haciendo especialmente intransitable la ribera del Sena que separa la catedral del barrio latino.

O que tras recorrer la belleza que ordena y clasifica la aledaña librería Shakespeare & Co, muchos salgan al tráfico preparando su móvil para captar la instantánea de una Notre-Dame sin aguja, sin escondite para Quasimodo.

Sin embargo, una extraña normalidad se respira en los puestos, tan pequeños y verdes como siempre, que bordean el río a su paso por la catedral.

Esa extraña normalidad

La revuelta de los Camisas Amarillas aún se ve en los escaparates reventados de los Campos Elíseos. Emmanuel Macron subió el precio del gasoil y ellos incendiaron las calles. Después le tocó, parece que por negligencia, a Notre-Dame. En esa arteria, entre los escaparates aún cicatrizando, está el edificio de Louis Vuitton, con sus coches de lujo aparcados en la puerta, con el capitalismo que batalla la Francia ‘amarilla’ haciendo cola.

Pero los dueños de la marca han donado 200 millones para la recuperación de Notre-Dame. Francois-Henri Pinault, dueño del imperio del lujo Kering, que incluye marcas como Gucci o Balenciaga, también presentes en los Campos Elíseos, anunció que donaría 100 millones de euros para tal labor. Belleza y negocio; negocio y belleza.

Postales de París a la venta en las inmediaciones de Notre-Dame.

Postales de París a la venta en las inmediaciones de Notre-Dame. El Independiente

Así es que las flores en Notre-Dame no son para una difunta. La Catedral sigue respirando. Las fotografías, los grabados, las acuarelas de siempre se siguen vendiendo como si nada hubiera pasado…Notre-Dame sigue en pie, con su aguja, junto al Arco del Triunfo o la Torre Eiffel, en los puestos verdes del Sena. Con la misma imagen que parece que tarde o temprano resurgirá de sus cenizas gracias a los benefactores. Pero mientras ¿qué es? ¿una imagen pasada de moda? ¿material de saldo? Más bien producto con ‘stock’ suficiente como para que nadie se atreva a cambiarlo por otro hasta darle salida.

Las imágenes queman en los cajones

Danielle (nombre ficticio) es discreto. Su puesto es uno de los mejor situados al ser de los más cercanos a la catedral. Asegura que seguirá vendiendo las mismas estampas de Notre-Dame, su Notre-Dame. Se niega a hacer negocio vendiendo imágenes de una catedral en llamas, como cabría esperar. “No quiero hacerlo, no pienso hacerlo”, asegura.

Sin embargo, Danielle es uno más de los comerciantes que tiene en su teléfono móvil una buena carga de vídeos y fotos de aquella tarde. Él, como los demás, estaba trabajando. Los primeros en llegar fueron los que siempre están allí. Ellos, y los turistas ocasionales.

Y no todos creen que el decoro, el patriotismo o el amor por la catedral (su belleza, al fin y al cabo) impedirán que la tragedia del fuego se convierta en un negocio. En otro de los puestos, Rayza, una mujer argelina, también tiene vídeos y fotografías de las llamas de Notre-Dame. Sin embargo, explica que esas imágenes no son ahora rentables. “Todavía no. Las tiene mucha gente y ahora nadie las va a vender. Nos conocemos todos y nadie lo está haciendo. Pero cuando pase un tiempo, las imprimirán y se venderán”.

Los turistas se agolpan en el exterior de Notre-Dame para ver el efecto del incendio.

Los turistas se agolpan en el exterior de Notre-Dame para ver el efecto del incendio. El Independiente

Cuando pase un tiempo. Cuando el incendio se convierta en una leyenda. Como los libros de Balzac, Camus o Maupassant. ¿Entonces se comprarán como el Hindenburg ardiendo en pleno vuelo junto a las láminas de ánades y peces o el cartel de algún concierto de Pink Floyd?

Por lo pronto, José Luis Corral, uno de los mayores expertos internacionales sobre Notre-Dame, explicaba recientemente a El Independiente que Notre-Dame incrementará su leyenda. «Notre-Dame es uno de los monumentos más visitados de Francia con más 13 millones de visitantes. Creo que en su estado lamentable, quemada, va a incrementar más todavía las visitas porque los humanos tenemos ese morbo».

Una tragedia por 25 euros

Lo cierto es que esas imágenes del incendio ya se venden, aunque hay que saber encontrarlas. Unos puestos más allá cuelga una de esas fotografías, firmada por el autor y bajo un cartel en el que se pide que no se hagan fotografías. Se la ve solitaria, como en periodo de prueba.

Fotografía del incendio de Notre-Dame a la venta en los puestos que bordean la catedral.

Fotografía del incendio de Notre-Dame a la venta en los puestos que bordean la catedral. El Independiente

En otro de los puestos se pueden conseguir más fotografías, profesionales también, del incendio de Notre-Dame. Para verlas, la vendedora, tras un breve intercambio de comentarios sobre la noche fatídica, rebusca entre una serie de cajones, no porque tenga las imágenes escondidas, sino porque lo más probable es que las tenga ahí dormidas, esperando su momento.

-¿Cuánto cuesta cada lámina?
-25 euros.
-¡25 euros! ¿Quién hizo las fotografías?
-Un profesional.
-¿Y por qué no las tiene expuestas?
– (Silencio o duda)…lo siento no hablo mucho inglés, no entiendo lo que dice.

Y tras algún intento más, termina la conversación, que tiene mucho de estrategia. Nadie quiere decir qué hará con las imágenes y los vídeos. También esta vendedora nos los muestra en su smartphone. ¿El catálogo de una temporada por venir?

Antoine, en cambio, deja a un lado la tecnología. No tiene página web, ni Faceboook y dibuja con sus pinceles sobre láminas ocres. Y copia de un recorte de periódico una imagen de la aguja en llamas de Notre-Dame precipitándose.

-¿Se venden bien?
– Sí, las estoy dando salida. A la gente le interesan.

Los del palo selfie se arremolinan. El telescopio al pie del puente que lleva a Notre-Dame hace horas extras para ver los detalles, no del rosetón, sino de los restos del fuego en la cara este de la catedral. La ceniza atrae como si brillara.

Antoine es un adelantado. Fotografías han circulado muchas, pero pinturas, de momento pocas. La pregunta es ¿qué pasará cuando las imágenes se pierdan por los recovecos de Google o en las hemerotecas? Cuando el tiempo dé un tono añejo y de barniz a la memoria del incendio. Cuando no interese tanto cómo ha quedado, de momento, Notre-Dame, sino cómo fue aquel momento. Aquel día de 2019 en que Notre-Dame ardió.

Los trabajos para restaurar el techo y la aguja de la gran dama parisina ya están en marcha. Notre-Dame resurgirá de sus cenizas. Las mismas que han abonado un terreno para un nuevo negocio a sus pies. Uno que duerme en teléfonos móviles y cajones de madera, a la espera de que lo que hoy es fuego, sea otra vez historia o incluso belleza.