Se fueron de España pensando en un Chile brillante. Tenían tierras, dinero, acababan de casarse, iban a formar una familia. Pero al llegar al país latinoamericano su sueño se rompió. La gente que tenían administrando su hacienda habían saqueado su fortuna. No tenían nada. Apenas se conocían. Resultaron no ser lo que esperaban.

Concha Espina se casó con Ramón de la Serna pensando en una vida feliz. A los pocos años tenía dos hijos, un apartamento en Valparaíso, y se ponía a buscar trabajo porque el dinero empezaba a escasear. En España ya había publicado sus poemas en algunos diarios por lo que acudió a El Porteño, un pequeño periódico local donde le ofrecieron publicar sus poemas pero a cambio de nada. La prosa se pagaba, los versos no. Así que Concha Espina tuvo que improvisar, escribir como nunca lo había hecho.

Tenía talento para todo lo relacionado con las letras y al poco tiempo su firma ya aparecía en El Correo Español de Buenos Aires, diario para el que se convirtió en corresponsal. Cuando volvieron a España, en 1918, su pluma se había afilado, su mente era más consciente de qué escribir y también de que su matrimonio no era lo que ella había pensado que sería.

Concha Espina nació hace 150 años, el 14 de abril de 1869, en Santander, dentro de una familia que pronto vio que su séptima hija tenía un don para la poesía. Fue su madre la que le ayudó a ejercitarlo. “Yo era una niña seria, algo melancólica, muy llena de curiosidades, influida ya por la intuición y el presentimiento”, afirmará ella misma años más tarde.

En una época en la que el hombre creía que el respeto se compraba, Concha Espina hizo que su marido se sintiese pequeño

Con trece años se fue a vivir a Mazcuerros, a casa de su abuela paterna, donde la escritura tomó algo de forma y donde Santander y su bahía se convirtieron en un lugar que mirar, una temática para su obra. A los 18 años, y bajo el anagrama de Ana Ceo Snichp, publicó en El Atlántico de Santander unos versos. Fue la primera vez que se atrevía a leerse en un periódico.

Al poco tiempo llegó Ramón de la Serna, su boda, su viaje a Chile, las pequeñas colaboraciones y su vuelta. Sería en Santander donde nacerían sus tres últimos hijos, uno de ellos murió al poco tiempo, y donde publicaría Mujeres del Quijote, 1903 y su poemario, Mis flores, tan sólo un año más tarde. Además, escribía para periódicos. Estaba ganando dinero. En una época en la que el hombre necesitaba tener todo el reconocimiento profesional, Concha Espina hizo que su marido se sintiese pequeño. Ella, que iba siendo conocida en pequeños círculos, no permitió que un ego más llevado la alejase de la escritura.

En 1909 la vida le dio dos alegrías. Ramón consiguió un trabajo en México y se fue. Ella publicaba su obra más conocida La niña de Luzmela y se trasladaba con sus cuatro hijos a Madrid. Era capaz de vivir como escritora, quizá fue la primera en conseguirlo en España. Pronto su nombre sonaba junto al de Unamuno, al de Valle-Inclán, al de Ruben Darío. Fue miembro de esa generación del 98 que también asumía a los hermanos Machado o a Benavente.

En 1928 fue candidata a la RAE, pero no la eligieron. Tampoco le dan el Nobel, ni ese año, ni el siguiente, aunque sonó con fuerza en ambas ocasiones”

Su fama engordó tan rápido como el número de colaboraciones que le pedían. Sus libros, sus obras de teatro, sus ensayos, eran apreciados por todos. Como dijo Gregorio Marañón, “leer a Concha Espina es un bien casi físico”. En 1924 se le juntan todos los reconocimientos. Tierra del Aquilón, que se publicó ese año, gana el Premio de la Real Academia Española. Además, la nombran hija predilecta de Santander y le otorgan la Orden de las Damas Nobles de María Luisa. Para Espina, el hecho de ser mujer, no le estaba afectando tanto como se podría pensar en un mundo como el literario, donde los hombres eran mayoría e imponían sus letras. O eso parecía.

En 1928 fue candidata a la RAE, pero no la eligieron. Tampoco le dan el Nobel, ni ese año, ni el siguiente, aunque sonó con fuerza en ambas ocasiones. Parecía que le faltaba testosterona para cruzar el techo de cristal que suponía el reconocimiento absoluto. Ella, que estaba sola con cuatro hijos, cabeza de familia, la persona que mantenía a todos, aún luchaba para que no la viesen como una ciudadana de segunda.

En 1934 consiguió separarse de su marido. Ramón murió sólo tres años más tarde, sin poder ver que a su mujer la nombraban miembro de honor de la Academia de Artes y Letras de Nueva York y sin saber que la ceguera se empezaba a apoderar de ella. Aguantó dos años viendo tinieblas y en 1940 ya todo era negro. Estuvo 15 años completamente ciega. No dejó de escribir nunca. Murió en 1955, con 83. “No creo haber visto jamás ni siquiera levemente irritada a Concha Espina. No recuerdo haberla oído nunca alzar su voz por encima de su timbre normal y suavísimo. Pero recuerdo muy bien –¡y cómo!– hasta qué punto aquella criatura casi irreal a fuerza de ser elegante y mesurada, podía imponer su autoridad y su firmeza no solo a nosotros, sus nietos –que al fin y al cabo éramos unos chiquilicuatros revoltosos y muchas veces indómitos–, sino a adultos importantísimos y respetables a los que, cuando llegaba la ocasión, podía dominar con el imperio de unas maneras perfectas, pero con una dialéctica implacable y materialmente sin posible réplica”.