En 1950, en mitad de la Guerra de Corea, un sargento turco se encontró a una niña coreana casi congelada, sola, totalmente desnutrida. La sacó del campo de batalla por temor a que muriese en el fuego cruzado. La cuidó durante todos los meses que duró el conflicto. Quiso llevársela a su país, no dejarla sola, pero fue imposible. Ayla, como la había llamado en referencia a la luna ya que fue incapaz de entender su nombre, acabó en un orfanato. Siempre se acordó del sargento Süleyman.

Él volvió a su Alejandreta natal. Se casó, tuvo hijos y fue incapaz de olvidarse de aquella niña a la que había cuidado como a una hija durante tanto tiempo. Ahora, su historia, la de aquellos años que pasaron juntos en Corea llega a los cines españoles bajo el título Ayla, la hija de la guerra.

Dirigida por Can Ulkay, ha sido una de las películas más taquilleras en Turquía, además de se candidata a los Oscar como Mejor película de habla no inglesa. Según Ulkay y los productores, lo importante de este filme no es la contienda, a la que utilizan tan sólo como decorado. «La cara aterradora de la guerra es solo nuestro diseño de producción, nuestro color, nuestro sonido y nuestro entorno. Pensamos que nuestra película ofrece consuelo al mundo de hoy, a través de imágenes llenas de amabilidad, de compasión y amor humanos, sin ninguna intención manipuladora», aseguran.

También, porque ambos personajes continuaban vivos cuando se rodó. «Decidí hacer esta película por dos motivos: el primero, porque se trata de una historia real; el segundo, porque ambos protagonistas están vivos. Antes y durante el rodaje de la película, tuvimos el privilegio de trabajar con ellos, de hablarles, de escuchar sus historias de primera mano». No fue entonces la primera vez que se volvían a ver, años atrás, cuando se cumplió el 60º aniversario de la contienda, los veteranos turcos que habían luchado en ella fueron invitados a Seúl. Fue Süleyman, que nunca más había vuelto a saber nada de Ayla. Y allí estaba ella, seis décadas más tarde esperando al general.