A Fernando Savater la vida se le descompensó hace varios años. Se fue Sara, se fue él. La pérdida de su mujer supuso para el filósofo un profundo desencanto. Tanto, con todo, que ya no quería escribir más, que ya no quería ni pensar. Ahora publica La peor parte (Ed. Ariel), como si lo hiciera a título póstumo. Como si el Savater que conocimos hubiese muerto con ella. No es él, es lo que queda de él cuando siente que no le queda nada.

Al mismo tiempo que este libro, José Sacristán llega al teatro interpretando una situación similar. Es Delibes, cuando Delibes pasaba su duelo. Los viudos, como escenario, como literatura. La viudedad como sentimiento absoluto que se transforma en obras y que tantas veces ha dado novelas, películas u obras de teatro.

Ellos no han sido los únicos. Fue John Baylery el que intentó combatir la pena de la muerte de Iris Murdoch en Elegía a Iris o Ted Hughes, el que lleno de culpa,publicó Cartas de cumpleaños para una Sylvia Plath que había decidido desaparecer porque su marido ya no estaba a su lado.

Mi anhelo sería que el lector empezara a echarla de menos, como yo»

Siempre fue la tristeza el mejor sentimiento del arte. La angustia, la pérdida, el deseo constante, el motor de escritores, escultores, pintores. «¿Para qué sirve un libro como este?», se pregunta Savater. «No estoy seguro. Quizá solamente para demostrar de nuevo que el amor es lo que mueve ‘el sol y todas las demás estrellas’ de la vida humana. O en voz más baja, mi anhelo más secreto sería que el lector se enamorase también un poco de ella y empezara a echarla de menos, como yo», se contesta.

Puede que también por esa necesidad de demostrar que el amor todo lo mueve o por cómo la echaba de menos, Miguel Delibes noveló su duelo. Señora de rojo sobre un fondo gris es un monólogo, que ahora se ha llevado al teatro de la mano de Sacristán, en el que un hombre le cuenta a su hija cómo murió su mujer. No menciona nunca a Ángeles de Castro, habla de Ana, aunque está claro que fue la muerte de su esposa la que llevó a escribir este libro.

Los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales»

«Cuando alguien imprescindible se va de tu lado, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales», asegura Delibes y quizás era el sentimiento que acompañó durante muchos años al poeta Ted Hughes.

Sylvia Plath metió la cabeza en el horno para ahogarse cuando se enteró de que el poeta se quedaba con Assia Weill. «Y apenas había comenzado a escribir cuando el teléfono/Se despertó como alarmado,/Como recordando todo. Tomó vida de nuevo en mi mano./Y después, como un arma elegida cuidadosamente/O como una inyección,/Depositó con frialdad sus cuatro palabras/En lo más profundo de mi oído: ‘Su esposa ha muerto'», escribió entonces. Sin saber que años más tarde sería Assia la que dejaría viudo por segunda vez con la misma técnica que Sylvia. Está vez también se llevó a su hija.

El legado de Sylvia Plath, la historia de la gran poeta maldita

Él se había obsesionado con el recuerdo de su primera mujer y ésta no soportó al fantasma. Pese a que también se le fue Assia, fue Sylvia la que más daño le hizo. Pasó el resto de su vida escribiendo una serie de poemas que solo se vio capaz de publicar muchas décadas más tarde, cuando supo que él se iría en meses.

Salió el mismo año, 1999, que John Bayley publicaba su Elegía a Iris. Fue Iris Murdoch su mujer durante casi cinco décadas. «Me enamoré de ella cuando un día la vi pasar en bicicleta, ella tenía 34 años y yo 27. Nos casamos cuatro años después, me costó bastante persuadirla, pero decidimos que podía tener alguna ventaja. Y ella, una vez casada, se lo tomó en serio. Dejó de frecuentar a todos los amigos con los que mantenía algún tipo de relación, incluso cortó una aventura que mantenía con una mujer. Nuestro secreto era vivir cada uno su propia vida, dando por sentado el matrimonio», confesaba entonces en la presentación de un libro que mostraba cómo el Alzheimer se había ido apoderando de ella y cómo Iris se había ido con 80 años después de una larga enfermedad.

Barnes: «Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había»

Puede que el que mejor exprese lo que supuso para él la muerte de su mujer sea Julian Barnes. El escritor británico dedica el último de los tres capítulos de su biografía Niveles de vida a hablar de cómo fue perder a su esposa. «Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas. A veces es como aquel primer intento de acoplar un globo de hidrógeno a otro de aire caliente: ¿prefieres estrellarte y arder o arder y estrellarte? Pero a veces funciona y se crea algo nuevo y el mundo cambia. Después, tarde o temprano, en algún momento, por alguna razón u otra, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible», escribió.

Sabiendo que no hay cuerpo capaz de soportar aquella pérdida. Como escribió Neruda en su Tango de un Viudo: «Daría este viento de mar gigante por tu brusca respiración/oída en largas noches sin mezcla de olvido,/uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo».