Tenía nombre de mariposa, como si la hubiesen destinado a provocar un huracán con el movimiento de sus alas. Fue la rica heredera del imperio Rothschild, la mujer del embajador de París por medio mundo. Y lo abandonó todo por una melodía.

Las últimas décadas de su vida las pasó rescatando a músicos de los suburbios de Nueva York. Una judía blanca y millonaria, alejada de la comodidad propia de su clase por una pasión desbordada: el jazz. Su nombre acabó como título de decenas de canciones, en un cuento de Julio Cortázar y convertido también en grito de medianoche en las orillas del río Hudson, mientras desde un barco una abigarrada y colorida tribu de seres dañados esparcían sus cenizas ante la atenta mirada de cientos de jazzistas negros.


Kathleen Annie Pannonica Rothschild de Koenigswarter (1913-1988) nació en Londres, cuando Europa intuía que el mundo empezaba a resquebrajarse. Pasó su infancia ajena a todo dolor, a cualquier preocupación. De la casa de invierno a la de verano, estudió rodeada de obras de arte, con su padre poniendo jazz a todo volumen en el gramófono y con la única agonía de no tener ninguna.

Su carácter se expresó con un ansia precoz por la velocidad. Siendo aún una adolescente se fascinó por los coches de carreras, que la llevaron a conocer a un apasionado de la caída libre. Por suerte para su entorno, se trataba de un rico heredero: Jules de Koenigswater. Quedaron enganchados el uno en la excentricidad del otro y en 1935, cuando Pannonica tenía 22 años, se casaron. La boda fue profusamente narrada en las páginas de sociedad del New York Times.

Eligieron París como cobijo y los clubes nocturnos como hogar. De Charlie Parker a Dizzy Gillespie o Coleman Hawkings. Pasaron la luna de miel de concierto en concierto, adictos en busca de su dosis diaria de deslumbramiento.

Galopaban sobre el tiempo. Vivían al límite, en nómina de todas las fiestas, hasta que en 1939 los nazis rompieron la burbuja y les arrebataron su mundo. Jules y Nica eran judíos y eran ricos. Alejándose de las normas de su clase, decidieron alistarse en el ejército de la Francia Libre. Querían luchar por sus derechos y por los de los dos hijos que habían tenido, que en ese momento ya surcaban el Atlántico para alejarse del fuego.

No fue bien recibida; sus ánimos de combate parecían ser el capricho excéntrico de una niña rica, pero Nica demostró ser capaz de romper con cualquier prejuicio

A Jules lo destinaron al frente africano. A ella —sofisticada, madre, mujer, de apellido sonoro—, le denegaron el permiso. Era mejor que se refugiase, que huyese, le dijeron. Pero Pannonica, tan libre como impetuosa, desoyó cualquier consejo y a los pocos meses ya estaba en primera línea junto a su marido. No fue bien recibida; sus ánimos de combate parecían ser el capricho excéntrico de una niña rica, pero Nica demostró ser capaz de romper con cualquier prejuicio y su presencia resultó ser más útil de lo esperado.

Trabajó como descodificadora y su afición a los coches le convirtió en una de las mejores conductoras. Ejerció como enfermera y hasta de locutora de radio. Arriesgó su vida en un conflicto que sus amigos leían desde un sofá. Al terminar, Charles de Gaulle los recompensó, a ella y a su marido, convirtiéndolos en héroes de Francia.

Nica fue condecorada y a Jules lo premiaron con embajadas. De París a África; luego a Noruega, Oslo y México.

Durante aquellos años la relación de Nica con su hermano se estrechó. Su familia había perdido parte de la fortuna. Casi 4.000 obras de arte expoliadas y las cuentas bancarias dañadas. Fue él, Víctor, que había actuado como enlace entre Churchill y Roosevelt, el que le haría recuperar, años después, la pasión por una música vibrante y libre. Llenó sus estanterías de vinilos de jazz, la devolvió a su infancia y a París. Y de esta forma la liberó.

Aquella vida excéntrica, incómoda, sonora y feroz que había enamorado a la heredera Rothschild se diluía en sobremesas largas y superficiales

Instalada más tarde en México, sus discos le daban oxígeno. Pasaron los meses y llegó la claustrofobia. El fervor de Jules desaparecía día a día. Su marido aspiraba a una vida tranquila y tradicional, de acuerdo a su clase. Nica iba de embarazo en embarazo, hasta que con el quinto hijo llegó el hartazgo. Aquella vida excéntrica, incómoda, sonora y feroz que había enamorado a la heredera Rothschild se diluía en sobremesas largas y superficiales. Ahogada, decidió huir en busca de la adrenalina que le hacía sentirse viva, en la ciudad de la energía inagotable: Nueva York. Allí las noches se alargaban hasta el amanecer en garitos donde podía escucharse el mejor jazz en directo.

Sus escapadas cada vez se alargaban más y ensanchaban la distancia con Jules y con la rutina doméstica que detestaba. Sus gritos cada noche que ella desaparecía aumentaban de volumen. La convivencia estaba ya rota.

En uno de sus viajes, mientras hacía tiempo para coger el vuelo de vuelta a casa, su amigo, el pianista Teddy Wilson, le hizo escuchar un tema de un tal Thelonious Monk, un jazzista que Nica había oído en París y que ahora empezaba a ocupar un sitio en la música. Escuchó aquella melodía 20 veces seguidas y decidió no tomar aquel avión ni ningún otro con destino a México. La canción: Round midnight.

Se quedó en Nueva York y en 1948 se instaló en el hotel Stan Hope. La suite que ocupó desbancaría poco a poco a los mejores clubs de jazz. Cada noche decenas de músicos asistían a su habitación. También artistas como Jackson Pollock o Willem de Kooning, junto a Monk, eran algunos de los más asiduos y siempre llevaban a gente nueva. Cada vez que un músico desconocido para Nica entraba por la puerta, ella le sacaba una fotografía con su Polaroid y le obligaba a escribir en el reverso tres deseos. Tenía la absoluta intención de cumplirlos.

En esas veladas infinitas Nica se encontró con hombres rotos, oprimidos, que pedían más derechos, con una raza que buscaba igualdad, con familias sin cena y con talentos que necesitaban algo de autoestima y un ligero empujón.

Nica se convirtió así en la «puta de los negros» y se alejó aún más de aquellos que un día la habían considerado una de los suyos

Su provocadora actitud no pasó desapercibida. Al poco tiempo la sociedad americana comenzó a hablar. La segregación racial era un derecho de los blancos del centro de Nueva York y ver a una de ellas pasear con negros de la mano o en su Bentley les provocó urticaria. Nica se convirtió así en la «puta de los negros» y se alejó aún más de aquellos que un día la habían considerado una de los suyos.

Ese aislamiento no llegó a la prensa hasta que la fiesta se desmadró. Una noche, Charlie Parker, totalmente drogado, se desplomó en la cama de la heredera. Intervino la policía y el médico forense aseguró que aquel hombre tenía cerca de 60 años. Parker no llegaba a los 35. Fue en 1955 y la «puta de los negros» lo fue ya a nivel nacional.

Los periódicos se agarraron fuerte a aquella historia. Un negro muerto en la cama de una de las mujeres blancas más ilustres de la ciudad era un material inflamable para cualquier periodista ávido de notoriedad.

Su marido pidió el divorcio, su familia le dio la espalda. Si les preguntaban por ella, decían: «Es la Peggy Guggenheim del jazz». Pero el exilio social la hizo aún más fuerte. No pensaba dar ni un paso atrás y, una vez liberada de sus ataduras conyugales, se enganchó a Thelonious Monk.

Comenzaron una relación intensa y tortuosa. Él, casado con una mujer llamada Nellie, mantuvo la relación con ambas a la vez, en un trío inexplicable a los ojos del mundo. Ellas se querían, tal vez por supervivencia, y tomaron a Monk como un faro común. Mientras, Nica daba casa, comida y protección a todos aquellos músicos que parecían destacar. Se convirtió en la baronesa del jazz.

Su nombre comenzó a dar título a canciones. Nica’s tempo, Nica’s dream, Blues for Nica, Inca o Pannonica, del propio Monk.

Él era el genio. El creador del bebop, el músico que sobresalía entre todos los de su generación. Y era también un yonqui bipolar. Uno de los días en los que paseaban en el brillante Bentley de Nica los paró la policía. Monk llevaba marihuana en una época en la que ser negro y tener drogas se traducía en cadena perpetua. Nica asumió la posesión. Pensaba que su raza, su dinero y su apellido eran un salvoconducto, pero no contaba con que tal vez sus excentricidades hacía tiempo que habían agotado sus privilegios. Un fiscal inflexible exigió su salida inmediata del país, lo que añadió un estigma más a su ya larga carrera de escándalos. Pannonica usó su dinero y la poca influencia que le quedaba para salvarse. Se salvó ella, salvó a Monk y salvó al jazz.

Pero esto solo fue el principio: la crisis de Monk solo acababa de empezar. Su cabeza vibraba entre la racionalidad y los sueños. Entre Nellie y Nica se turnaban para cuidarlo y en 1973 le obligaron a retirarse.

Nica alquiló tres años más tarde un apartamento; tenía que alejarse de la prensa y un hotel no era un lugar para preservar intimidades. Desde su nueva casa se veía el río Hudson. También lo veía Monk desde la habitación que a veces compartían.

Cuentan que se despertaba cada mañana, se ajustaba el traje, la corbata y los zapatos a juego, como si fuese a una reunión importante, y se volvía a meter en la cama

El genio del piano pasó sus últimos nueve años sin hablar. Cuentan que se despertaba cada mañana, se ajustaba el traje, la corbata y los zapatos a juego, como si fuese a una reunión importante, y se volvía a meter en la cama. Pannonica siempre le estaba sujetando la mano. Murió en 1982, dejándole su piano al compositor Barry Harris, que siguió tocándolo.

Desde ese momento Nica empezó a caer. Su cuerpo se resentía por dentro y se notaba cada vez más por fuera. El 30 de noviembre de 1988, cuando la estaban interviniendo en una operación rutinaria, se fue. Dicen que fue la mezcla de una hepatitis, los múltiples accidentes de coche y la mala suerte. Cuentan que llevaba demasiado tiempo con el corazón roto.

Dos días más tarde, el Hudson se llenaría de músicos portando velas mientras sus cenizas se esparcían por el río que tantas veces había visto desde su ventana. Pannonica se despidió de todos con Monk, justo antes de las doce. Round Midnight.


***Este texto se publicó en el libro ‘Te quiero viva, burra’, de la editorial ‘Círculo de Tiza’