Cultura

Raquel Haro: "El cáncer de mama no es rosa, es un puto marrón"

Ilustración de la portada de el libro de Raquel Haro Me fata una teta

C.V. / Planeta

Cuando el médico le cogió las manos para anunciarle que tenía un cáncer de mama temió por su pelazo, «justo ahora que acababa de hacerme el alisado de queratina», pensó. Entonces recordó a Luz Casal, a Olivia Newton John, a Terelu Campos, y aquella «maldita película» de Netflix que dejó ver a su hijo de cuatro años, donde todas las brujas eran calvas. Porque puede parecer superficial, pero no lo es: «Estar calva es recordar todo el rato que estás enferma. Estar calva es perder parte de tu feminidad, de tu capacidad de seducción y de tu autoestima». A lo de perder una teta no le dió importancia, no en ese momento, porque al fin y al cabo, «a nadie le importa si tengo una, dos o tres».

A Raquel Haro (Madrid, 1981), guionista de televisión, le diagnosticaron cáncer de mama el 11 de agosto de 2020, y lejos de lo esperado, lo hizo antes un ligue de una noche que un médico: «Oye, que tienes un bulto, me dijo. No tenía 40 años, no me había hecho revisiones y la idea de tener cáncer no se me pasaba ni remotamente por la cabeza». Haro encontró en escribir su experiencia al son de Natalia Lafourcade, Moderat o La Bien Querida, su mejor terapia, y resultado de ello es Me falta una teta, su primer libro y casi diario: «Me falta una teta es una historia basada cien por cien en sentimientos reales, aunque hay algunas situaciones que no lo son tanto. El 2020 fue un año duro para todos. Pero yo, además de la pandemia, el confinamiento, la separación, la injustísima papitis de mi hijo y la batalla judicial por su custodia, me he encontrado con un tumor en el pecho, bueno tres», cuenta en palabras para El Independiente.

«Hablo del cáncer de la forma en que no se suele hablar, desde el humor, pero eso no quiere decir que no haya llorado. El día tiene 24h y me ha dado tiempo a reír, a llorar, escribir, tener miedo, hacerme Tinder y hasta a saltar en un concierto de Rigoberta Bandini y perder una prótesis. El humor es mi mecanismo de defensa, he sido guionista de El Intermedio durante diez años, y algo se queda, supongo. Al final este libro ha sido mi diario, y cuento en él desde qué hacer cuando tu hijo te quita la peluca en medio del parque, hasta que tu nuevo ligue prefiera no verte sin sujetador», añade.

EL cáncer de mama no es ponerse un pañuelo el 19 de octubre ni anunciar Ausonia»

raquel haro

Pero la guionista reconoce que además de escribir, también la ha ayudado en su proceso la música, compararse con sus «referentes desgraciaditos», y su hijo: «Escribir me ha ayudado mucho, me mantenía entretenida e ilusionada. Pensaba que escribir sobre la mierda de mi vida la haría menos mierda. También he utilizado mucho el visualizarme sana y compararme con gente que está peor que yo, algo a lo que llamo buscar tu referente desgraciadito. Y la música, bailar. Porque aunque parezca increíble, en el cáncer de mama hormonal hay dos ciclos de quimio, el primero, la quimio roja, que te deja aplatanada y te consume; el segundo, la blanca, que lleva corticoides que te ponen como una moto. Yo después de esta me ponía a bailar para quemarlas y gastar energía. Pero sí, si algo me ha ayudado por encima de todo, ese ha sido mi hijo. Ha sido mi mayor apoyo».

Pregunta.- ¿Cuándo se lo cuentas?

Respuesta.- Tardé tres meses en contárselo. Me daba mucho miedo, por él y por mí, porque pudiera perjudicarme en el juicio de la custodia de mi hijo, porque sí, para añadir más dramatismo a la historia, tenía a la vista el juicio por su custodia. La psico oncóloga me dijo que era muy importante contárselo porque al final los niños lo perciben todo. Entonces se lo dije, lo senté y le dije, «mamá tiene una teta malita, se la van a quitar y a poner otra, y habrá que decirle al médico que tenga cuidado para que no se confunda y me ponga un pie, una mano o un culo ¿no?». Se tronchó de la risa y al día siguiente ya se lo había contado a todos sus amigos del colegio. Si lo pienso creo que también quise escribir mi historia por él. No me hablo con su padre y pensaba, «Si me muero, quién va a recodarle quién era su madre». Sentía que tenia que dejarle mi testimonio».

Sobre el momento más complicado le cuesta decidirse, «es todo un proceso de muchos momentos complicados», dice. A la vez que confiesa guardar en su retina un día concreto: «El día que vi mi cuerpo mutilado frente al espejo. El cáncer de mama no es rosa, es un puto marrón, y no es ponerse un pañuelo el 19 de octubre ni anunciar Ausonia. Hay momentos muy duros y para mí uno de ellos fue cuando volví a mirarme al espejo y tuve que aceptar mi cuerpo. Tenía mucho miedo a hacerlo, no me atrevía a mirarme. Las vendas tras la cirugía me las tuvo que quitar mi mejor amiga, yo no podía abrir los ojos, no quería enfrentarme a esa realidad, y lo hice cuando mi hijo me dijo «mamá, pareces una pirata»».

Ahora Raquel es esa pirata con marcas de una guerra «en la que me vi obligada a participar y de la que salí con vida»: «Este es mi cuerpo ahora, el que tengo y con el que me voy a quedar: tengo una teta menos, pero mucha fuerza más. No me doy asco, ni yuyu, ni siquiera un poco de repelús. Me falta una teta invita a conocerme, a sufrir cuando los niños juegan con mi peluca en el parque, a cabrearte al ver que la abogada de mi ex usa mi cáncer para llamarme mala madre y a sonrojarte cada vez que haga sexting durante la quimio con mis ligues de Tinder».

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