Cultura

Virxilio Viéitez, el fotógrafo de los funerales por encargo que cautivó a Cartier-Bresson

El tiempo detenido podía ser el de la vida o la muerte. De los que se quedaron en Galicia y de los que se vieron obligados a tomar los caminos del mar. Podía ser el de los campesinos o niños con trajes de fiesta, y el de los cortejos fúnebres con viudas enfundadas en negro. A Virxilio Viéitez (Soutelo de Montes, Pontevedra, 1930-2008) le daba igual. Porque el tiempo era lo único eterno y siempre en plano que, en su faceta de «escultor» con materia viva, hacía de su cámara una vía para su creatividad. Como ocurre en el arte.

Durante más de veinte años y sin la más mínima pretenciosidad, «sólo con la fuerza de su instinto, la delicadeza de su mirada y un profundo dominio de su oficio», el fotógrafo construyó una obra «honesta y coherente» recogida ahora en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid hasta el próximo 11 de diciembre.

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Comisariada por Publio López Mondéjar y bajo el título, El tiempo detenido, la muestra recorre la Galicia más rural de un fotógrafo que llegó a cautivar al célebre de las «imágenes a hurtadillas», Henri Cartier-Bresson, considerado por muchos el padre de fotorreportaje. «Como miles de sus paisanos, Viéitez sufrió los ultrajes de la menesterosidad y el desarraigo. Siendo todavía un rapaz abandonó Soutelo para trabajar primero en Vigo, y después en Cataluña, donde por espacio de siete años se desempeñó como fotógrafo de calle. Con el oficio bien aprendido volvió a su tierra, instalándose definitivamente como retratista. Pero no era en el estudio donde le gustaba trabajar, sino en las calles, en los regatos, en los prados y cementerios, en los huertos, en la carretera que cruza su pueblo y por la que se filtraban tímidamente los ecos del mundo», explica López Mondéjar.

La muestra incluye un total de trece fotografías reveladas por su hija Keta Vieiteiz, la mayoría realizadas en su pueblo natal y en blanco y negro, en las que el gallego fotografió escenas cotidianas de su pueblo y alrededores como bodas, verbenas, hitos curiosos, bares o entierros, y hasta lo que hoy se conoce como una fotografía para el carné de identidad, que en los años sesenta fue obligatoria para el libro de familia. «Ante su propio asombro le convirtieron en una celebridad internacional, desde que nos las descubrió su hija Keta en 1997. Son imágenes sencillas y despojadas, de una pureza inmaculada».

Y es que Virxilio Viéitez, no apareció en la historia de la fotografía hasta hace relativamente poco y gracias a su hija y a otros aficionados que desempolvaron sus negativos y dieron a conocer «una obra emotiva como pocas». Como Bresson. «Tuvo la oportunidad de conocer estas obras y quedó maravillado, reconociendo en Viéitez un gran artista y comentando que sus imágenes le producían una gran emoción».

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Viéitez no conoció a su padre y creció en una aldea rodeado de mujeres, aperos y útiles del campo. Él quería ser mecánico y a los 18 años emigró de Galicia para irse a trabajar en las obras de construcción de los teleféricos próximos a Panticosa, en Cataluña. Trasladaron la empresa en la que trabajaba a la Costa Brava, y fue allí donde empezó su «rollo con la fotografía», como el propio autor solía decir. «Ahí es donde empiezo con el rollo de la fotografía. Empecé a ver cómo revelaban las fotos, veía cómo funcionaba, salía como motorista, hacía las fotos y al otro día se las volvía a llevar. Me acuerdo que los clientes te daban dólares o libras, no te cogían las vueltas. En fin, hacíamos todo el dinero que queríamos», explica Viéitez en un vídeo que ofrece la Real Academia como parte de la exposición.

Sus fotografías han pasado por la galería de la agencia Vu de París, en el Instituto Cervantes parisiense, en la VIII Fotobienal 98, en el Museo de Arte Contemporánea MARCO y en la Sala de Exposiciones Caixanova de Vigo; en la selección 150 años de fotografía en España;en Ourense; en la muestra Al gust de Cartier-Bresson en Barcelona; en Amsterdam y hasta por Nueva York.

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