A 23.300 millones de kilómetros de nosotros, hay un disco LP. De los que lo pones en un tocadiscos, y suena. Lo transporta la sonda Voyager 1, que ya está fuera de nuestro sistema solar. Carl Sagan y la comunidad científica liderada por la NASA, a principios de los años 70, creyeron que la mejor forma de saludar a cualquier civilización extraterrestre era grabando “sonidos de la tierra” (que así se llama) en un “long play”.

Y no iban desencaminados. Un invento que tiene más de 100 años ha demostrado ser la manera más fiel de transportar uno de nuestros más preciados valores como especie: la música. El disco “microsurco” tuvo su primera edición en 1885, hace ya 137 años. Más tarde llegaron los gramófonos con sus discos de pizarra, y a partir de los años 40 del siglo pasado ya se popularizaron los de plástico. En concreto, el vinilo demostró ser ideal para dejarse prensar y no deformarse demasiado, sobre todo si tiene el peso adecuado. A partir de ciento ochenta gramos, está bien. El dato me lo da Luis Merino, el que ha sido el más grande directivo que ha habido en la radio musical española.

El viernes sale Revolver, el disco de Beatles, re editado. Y me compraré todo, la caja, la edición de luxe y el picture disc. Lo malo es que soy melómano y coleccionista”

“Este ha sido un año malo. Ha habido muchos lanzamientos. Malo para mi bolsillo, claro.” Luis se gasta el equivalente a unas vacaciones para dos personas en otro continente, cada año en discos elepés. Ya está pendiente del siguiente que va a comprar. “El viernes sale Revolver, el disco de Beatles, re editado. Y me compraré todo, la caja, la edición de luxe y el picture disc. Lo malo es que soy melómano y coleccionista”.

Luis no es en absoluto un caso aislado. La fiebre del disco de vinilo ha llegado para quedarse, justo en el momento en el que plataformas de audio como Spotify o de vídeo como Youtube siguen batiendo récords de escuchas y machacando a la radio musical. ¿Qué tiene ese formato de atractivo entonces? ¿Solamente la calidad de sonido?

“Es un ritual”, me dice Merino. “Te consume tiempo, pero es un proceso maravilloso sacar el disco de su funda, limpiarlo bien, ponerlo a girar en el plato, dejar caer con delicadeza la aguja sobre él y, cuando el diamante acaricia el vinilo, esperar a que llegue la vibración de los instrumentos y las voces. Es una forma total de vivir la música. Es un producto de lujo y un gran regalo, comparado con un CD. El sonido que dan las plataformas es como comer solomillo en una hamburguesa. Lo puedes hacer, pero no lo disfrutas igual”.

Luis saca de su estante, con el cuidado de quien atesora algo único, una pieza de coleccionista. Una caja grande, oscura, con el título de The Beatles, The Collection. Original Master series. “Es una de las más difíciles de conseguir. Es la colección prensada con plancha de oro por Mobile Fidelity Sound Lab (MFSL). Solo se hicieron 25.000 box sets para todo el mundo en 1982. Vale una pequeña fortuna.”

Habrá quien piense que “solo son discos de vinilo que puedo escuchar en internet”, pero lo cierto es que a día de hoy las ventas de discos en este formato se han disparado, aunque a los oídos profanos les suene igual que un CD o el vídeo oficial en Youtube. Y es que el buen oído se entrena, como todo. “Es conveniente dejarse acompañar por personas que destaquen instrumentos y matices que en un soporte digital no se notan. Uso las plataformas para conocer las novedades, como se hacía antes con la radio. Si me gusta algo, entonces lo compro. A veces me pongo un CD, o cuando voy en mi coche escucho audio digital, porque hay que adaptarse, pero en esas circunstancias se aplana todo, cuesta percibir los matices de cada canción”, asegura el ex responsable de radio.

El mejor consejo que le puedo dar a la gente es que no compre “tocadiscos – araña”. Es decir, estos que venden por ahí y que arañan los discos

Lo cierto es que, técnicamente, lo digital convierte en una cadena de unos y ceros la onda de un sonido, que es tal y como se dibuja en un disco. Por lo que, como ocurre en el caso de las imágenes, al final, se “pixela”. No es ninguna tontería querer recuperar el valor de la fidelidad perfecta. “No estoy hablando de equipos Hi end, que eso es otra liga”. Esta expresión, que a muchos no les sonará de nada, se refiere a artesanía en la creación de sistemas que reproducen el sonido que proviene de un vinilo y transmiten su vibración de forma pura al aire. Según Luis, no hay japoneses que fabriquen esos equipos. Suelen ser alemanes, o ingleses. Cada amplificador puede costar 20 mil euros, y en los equipos 5.1 ha de haber 6. El plato giradiscos, una pieza clave que puede costar hasta cien mil, ha de estar aislado de su entorno cinético. Tienes que poder saltar a su lado y que la aguja no se mueva lo más mínimo. El de mi ex jefe está sustentado por tres puntos de anclaje, amortiguados con un sistema más sofisticado que el de un automóvil. “El mejor consejo que le puedo dar a la gente es que no compre “tocadiscos – araña”. Es decir, estos que venden por ahí y que arañan los discos. A las pocas veces que pongas uno, te lo habrá destrozado. La aguja de diamante, si pesa demasiado o no es elíptica y muy fina, acaba produciendo pequeñas virutas que borran la marca de la onda que representa el surco.” Que sea, además, un producto delicado, aumenta su valor. Un valor que también lo tiene para las discográficas.”Paul Mc Cartney saca un disco y se hace número uno en Europa porque se publica el disco de vinilo, por ejemplo, en ocho colores diferentes, un pack con un libro, etc. Y todo contra la misma referencia. Ahí tienes a los coleccionistas, que no son pocos, comprando todas las versiones. Una sola persona te compra 8 o 9 discos.”

Desde el punto de vista de las compañías nos habla Domingo García, alguien que hasta hace bien poco dirigía el llamado “márketing estratégico” de Universal Music. O sea, buscar en el fondo del catálogo cosas que, aunque no sean nuevas, pueden tener interés para el público al relanzarlas o hacer ediciones especiales. Sin duda es alguien ideal para hablar de este tema. Además, es también coleccionista. En su casa almacena los discos metidos en fundas especiales, porque acompaña cada uno con un buen número de objetos que pueden ir desde entradas de conciertos a pases VIP o incluso billetes de avión pasando por autógrafos. Ha acompañado a cientos de ellos en giras promocionales por el mundo.

“En ese momento no lo pensé, pero si llego a pedir a todos los artistas que apoyé que me firmaran su disco, ahora todo esto tendría todavía mucho más valor”, me dice con tono melancólico. De su colección destacan dos cajas. Una de ellas, la de Stevie Wonder. “En 1985, cuando hicimos el spot de “si bebes no conduzcas”, guardé casi todo. El poster que se hizo, el disco especial, todo. Me gusta sacar el álbum y escuchar su música disfrutando de los objetos.” Reconoce gastarse unos 8.000 euros al año en discos de vinilo. “Es toda una experiencia. A veces ni los abro. Me gusta saber que lo tengo.” Quizá es un poco como los cromos de cuando éramos niños. Aquello no tenía utilidad, pero buscar cada ejemplar hasta tener toda la colección era una experiencia sensacional para nosotros. En este caso, tiene además un uso fantástico para el buen amante de la música. “Tener una gran colección es como tener a Google en casa. Buscas la referencia y te viene toda la información y las emociones”.

Es una moda y es bueno para la música. Un Alejandro Sanz te saca 10 versiones diferentes del elepé, y eso se traduce en más ventas siempre. Y luego están los fondos de catálogo

Volviendo al ámbito discográfico, me confirma que la industria está usando esta fiebre del vinilo con inteligencia. “Hoy en día todo se publica también en vinilo. Se hacen cosas exclusivas y se vende exclusividad. Todo el catálogo se está reeditando. Aparecen «boxes» de El canto del loco, The Rolling Stones… Es una moda y es bueno para la música. Un Alejandro Sanz te saca 10 versiones diferentes del elepé, y eso se traduce en más ventas siempre. Y luego están los fondos de catálogo. De Camarón se han podido sacar 20 discos de vinilo, y todos buenos. Lo mismo con Paco de Lucía. El buen flamenco, por ejemplo, suele tener muchos compradores de este formato. Ocurre lo mismo con artistas como Raphael, que saca disco nuevo en todos los formatos el 18 de noviembre. Yo ya estoy haciendo sitio en mis estantes. Tengo copias firmadas de muchos de los anteriores. Es muy de agradecer que salga en vinilo a la vez que en CD o en digital, porque para publicar un disco elepé tienes que encargarlo con unos seis meses de adelanto a la fábrica, y eso a veces condiciona los lanzamientos”.

A pesar de que lleva “toda la vida”, el disco de vinilo tuvo un renacer hace solamente algunos años. Durante la fiebre digital, se cerraron fábricas y se desmanteló casi toda la industria, hasta que alguna iniciativa “loca” decidió apostar por el camino contrario. Domingo lo vivió en primera persona: “Recuerdo que el ahora fallecido Michael Robinson junto a unos socios montó una empresa llamada “Mad vinyl” (“Vinilo loco”) y tenían una pequeña prensa de discos en las afueras de Madrid. Fuimos Narcís Rebollo, mi jefe, y yo a verla, porque me encanta el tema. Al final Universal Music certificó esa fábrica para que toda Europa pudiera prensar sus copias ahí. Fueron inteligentes.” Un buen ejemplo de reconversión industrial, sin duda.

Me fijo en el plato giradiscos que usa para escuchar esos miles de plásticos. Es un Technics SL-1200. Lo reconozco. «Te suena, ¿verdad?». Domingo sabe que el mundo de la radio y las discotecas de los años 90 y 2000 giró a 45 revoluciones por minuto en bichos como ese. Sin embargo, tanto en la caja como en la descripción de producto siempre me llamó la atención que dice claramente ser un dispositivo «semi professional». Si aquello no era profesional… ¿qué lo sería?. García me enseña su colección de 15 (quince) tocadiscos, pero reconoce que hay personas mucho más enfermas de esto.

Efectivamente, consigo hablar con una de ellas. No puedo publicar su nombre. «En el contrato con mi compañía de seguros se indica que perdería toda la cobertura si se publica algo de lo que tengo aquí», me dice alguien a quien llamaremos «Juan». Por supuesto, sin fotografías. Comenzó comprando discos de importación en los 80 y ahora su vida gira como un LP en torno a un espacio que me asegura que es único en España. En total se ha gastado más de un millón de euros en torno a los discos de vinilo, entre producto y equipamiento.

Al final, entre unas cosas y otras, se te va el millón. Ahora me están fabricando un nuevo sistema y tendré que vender algunas piezas de este. Siempre hay compradores dispuestos

«Primero fue darme cuenta de que mi equipo de sonido podría mejorar. Ahí ya entras en una espiral sin fin, porque siempre puedes encontrar algo mejor. Bueno, ya no», afirma Juan, no sin orgullo. «Después de ampliar mi cadena de alta fidelidad hasta comenzar en el mundo del hi end, la sala tenía que tener una buena acústica que absorba las ondas de sonido y no las rebote. Así que acondicioné el espacio con los mismos profesionales que realizan obras para cines, estudios de grabación o incluso el ejército. Y como soy trasnochador y me gusta poder poner mi música sin despertar a la familia, pedí insonorizar también este sótano.» En el subsuelo de su chalé en una exclusiva zona cercana a Madrid, se acumulan en estantes miles de álbumes rodeando un espacio presidido por un enorme bloque semitransparente coronado por unos complicados engranajes que sostienen un pesado giradiscos, de plato ancho y absolutamente irreconocible para mí. Los altavoces son columnas anchas de madera de gran calidad con salientes de fibra que apenas dejan ver con picardía y orgullo membranas que vibran libremente con los tonos más bajos. «Al final, entre unas cosas y otras, se te va el millón. Ahora me están fabricando un nuevo sistema y tendré que vender algunas piezas de este. Siempre hay compradores dispuestos. Somos muchísimas personas las que disfrutamos del sonido en su estado más puro, aunque me enfada bastante que no siempre se graba bien. Que sean Beatles en los 60, vale, porque, aunque fuera en Abbey Road, la tecnología estaba muy poco avanzada y se grababa en cuatro pistas, pero ahora hay gente usando equipos domésticos para sacar sus discos. En algunos casos es imperdonable», se queja el melómano. Juan no acude a conciertos en España.

«Si quiero ver a un artista que me gusta, no voy a una sala española. No soporto su dejadez en la acústica. Me voy a Inglaterra o Alemania a verle. Aquí se ha cuidado muy poco el sonido en los conciertos. Lo de Rolling Stones en Madrid era para denunciar a la organización. Por eso no fui, aunque tampoco es mi estilo favorito y tampoco es que se hayan esmerado nunca demasiado por dar un sonido muy puro. Alan Parsons, por ejemplo, ya es otra cosa.»

Dejo a Juan escuchando una edición especial del disco de 1976 Tales of Mystery and Imagination de la banda de Parsons, quien precisamente declaró hace poco en algún foro estar harto de que usen sus discos de vinilo como demostración de buen sonido, en vez de centrarse en su arte.

¿Dónde conseguirán estas joyas los coleccionistas? ¿Habrá «camellos» para esta adicción? Mi periplo por el lado comercial comienza a lo grande y acaba en lo modesto. Empiezo por FNAC. Me atiende José Martín, responsable de comunicación y marca de la franquicia francesa en España. Me asegura que «el éxito del disco de vinilo ha redecorado nuestro espacio de música. Ahora son rincones cada vez más grandes con enormes portadas y con imágenes de Bowie o grandes artistas».

Lo dice con orgullo, porque él mismo es un profundo amante de la música en este formato. O sea, coleccionista. “Me compré, por ejemplo, dos copias de Nebraska, de Springsteen. Una para escuchar, y otra para tener. Estoy muy contento de que se reedite todo en vinilo.” Sobre la industria, tiene claro que es quien tira del sector. “Pongo siempre el ejemplo de C Tangana. Nada más salir, el vinilo se agotó. En ese momento pasa a ser una pieza de coleccionista. Ahí se demuestra que el público no es siempre el de los nostálgicos. Yo diría que entre 25 y 45 años, todos compran ya música así. Es cierto que empezaron los mayores este movimiento, pero las nuevas generaciones han cogido el testigo, y la cosa va en serio. En las pasadas navidades, las ventas del disco de Adele en LP demostraron que es algo que ha llegado para quedarse.”

En cuanto al papel de las plataformas y redes como Youtube para la música, lo ve como una ventaja. “Cumplen su misión de dar a conocer las canciones o ayudar a recordar los grandes temas del pasado. Me recuerda a lo que ocurrió con el libro digital. Muchos predijeron el final del libro de papel, y sin embargo los seguimos vendiendo muy bien. Se complementan”. José me recuerda una ventaja muy importante de los álbumes de toda la vida: “Nos habíamos olvidado del concepto cara A y cara B. Con lo digital, saltas de una canción a otra con demasiada facilidad. Es más cómodo, pero la escucha de un trabajo en vinilo ayuda a descubrir y redescubrir canciones que de otro modo no escucharíamos tanto. Se respeta y descubre mejor las intenciones de un artista, el concepto del álbum en sí mismo, sin fraccionar”.

¿Quién iba a decir a alguien en una imprenta de los años 60 que sus pequeños matices iban a significar un cambio de decenas de euros en cada copia que se imprimiera de ese mismo disco?

Paloma Menéndez, de la tienda Discos Metralleta, comparte el entusiasmo de José por el auge del vinilo. “Aquí no se ha dejado de comprar y vender, pero el interés se nota que ha crecido muchísimo en los últimos años. Los que más compran y gastan son los heavies y los amantes del rock de los 80. No se suele preguntar por discos de Manolo Escobar. Vendemos mucho Pink Floyd, Deep Purple, cosas así. Precisamente de Deep Purple un álbum original puede costar 20 euros y la copia exactamente igual que se publicó en quioscos, dos. Depende mucho de las ediciones. Los coleccionistas saben el valor que tienen las cosas.” Ella misma conoce algunos detalles: “En las primeras ediciones de Beatles la galleta es más oscura y el torreón más grande”, asegura. ¿Quién iba a decir a alguien en una imprenta de los años 60 que sus pequeños matices iban a significar un cambio de decenas de euros en cada copia que se imprimiera de ese mismo disco? “También se aprecia en los números de serie, los errores pueden hacer que una tirada tenga varias veces más valor.”

Su negocio es un superviviente de la crisis de la música en los 90 y 2000. En buena medida gracias a que no solamente se dedicaba a comprar a las discográficas, sino también a particulares. “Hace unos años cualquiera casi tiraba sus colecciones de discos para que no estorbaran en la librería, pero ahora se han dado cuenta de que el disco antiguo tiene un valor, y la gente no vende tanto, o espera que le demos mucho más. Hay personas que equivocadamente creen que por tener un disco antiguo, va a ser valioso. Y puede que no tenga nada que ver. Hay que tasarlos. Por ejemplo, un disco de promoción de un artista poco conocido que a ti te dieron gratis en los 90 puede ser mucho más valioso que el de un artista muy conocido pero que vendió muchas copias. También influye el estado en el que lo traen. Si son colecciones grandes, vamos a verlas a domicilio para poder valorar uno a uno cada disco.”

En una calle emblemática del centro de Madrid, a pocos metros de la Gran Vía, también ha sobrevivido todos estos años un espacio diminuto, encantador por lo saturado que está de portadas de singles y elepés. Se trata del establecimiento Bangladesh, un viejo conocido de todos los coleccionistas. Me atiende su encargado, Jorge Bravo.

“Sí, se están vendiendo más discos en vinilo que nunca, incluso más que cuando estaban de moda. Más que en CD”, me asegura. La tienda no está vacía. El ritual de pasar las portadas una a una mirándolas detenidamente, en este local tiene una nueva dimensión cuando el interesado da la vuelta al disco para ver su reverso y ponerse a leer detenidamente los datos concretos de esa tirada. “Nos hemos especializado en primeras ediciones, y hay quien paga bien por ellas. Por ejemplo, un disco de punk de los 70 como uno de Misfits puede llegar a costar 250 euros. Pero no todo es así, también un disco de una banda de Barcelona que no llegó muy lejos llamada Mecánica Popular puede estar en torno a los 150. Y un álbum de los Cadena Perpetua, de Sevilla, en 80. El punk es lo que tiene más valor. Aquí hay gente que ha pagado 3.000 euros por una copia de un disco de Beatles con Tony Sheridan cantando. Y dice que si encuentra otra copia, se gasta otros 3.000 más.

Me sorprende ver un disco que siempre corrió por mi casa y nunca di demasiado valor, un single de promoción de Depeche Mode, etiquetado a 150 euros. Habrían hecho muy pocos. La música y el coleccionismo, se unen en este espacio que está permitiendo sobrevivir el consumo agresivo de bienes audiovisuales. Las plataformas han de vender, como todos, pero en audio recortan fidelidad y en vídeo recortan los créditos finales sin piedad para que no tengas tiempo de pensar en hacer otra cosa y vayas a lo que te están recomendando y, si no haces nada, comenzará en 10, 9, 8…

Va más allá de la esperanza comprobar que se vuelve a valorar el ritual de ponerse un disco. Es riqueza personal tomarnos nuestro tiempo para descubrir lo que un artista tenga que contarnos, con su discurso musical y sonoro, dejando que sean ondas sonoras, curvas perfectas sin digitalizar, las que nos impacten con sus matices. No todo el mundo puede apreciar el valor de todo esto, pero quien lo hace, descubre más sentido a su vida y sus sentidos.