Los Tercios españoles constituyeron la primera gran fuerza de infantería profesional, permanente y voluntaria de la Edad Moderna. Esta formidable máquina militar no solo aseguró la hegemonía de la Monarquía Hispánica, sino que revolucionó para siempre la ciencia de la guerra. Durante 150 años mantuvo el pulso contra sus enemigos y fue puesta a prueba en los cinco continentes del planeta. En todos ellos cosechó victorias.

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"Acometimos la plaza con la nieve a la rodilla y el estómago vacío de tres días, pero a nadie se le oyó murmurar, que en el Tercio el pasar necesidad con decoro es la primera de las virtudes". — Alonso de Contreras, (Discurso de mi vida).

Fueron los mercenarios suizos aquellos que resucitaron a la infantería como fuerza de choque, reinventando el muro de picas macedonio de Alejandro Magno. Sin embargo, los Tercios españoles perfeccionaron esta doctrina al fusionar la pared inexpugnable de lanzas con el fuego devastador de las primeras armas de fuego portátiles.

Mercenarios suizos, dibujo de 1578

La revolución del uso combinado de armas

El ideólogo detrás de este sistema fue el militar Gonzalo Fernández de Córdoba, apodado "el Gran Capitán", durante las Guerras italianas de principios del siglo XVI. Su táctica consistió en integrar en una misma unidad autónoma, a piqueros, arcabuceros y mosqueteros, todos en disposición formando un gran cuadro móvil de soldados.

El Gran Capitán observa el cadáver del Duque de Nemours tras la batalla de Ceriñola. 1503

Esta estructura modular de "picas y pólvora" permitía responder a cualquier amenaza mediante una sincronización perfecta. El escuadrón central de picas, formado por soldados armados con picas de 5 metros, actuaba como una fortaleza móvil. Contra este erizo defensivo se estrellaba la caballería pesada enemiga. Los arcabuceros, armados con el arcabuz, el precursor del mosquete, estaban ubicados en las esquinas y flancos del cuadro principal. Se encargaban de hostigar al enemigo al enemigo desde la distancia con ráfagas de plomo.

Reconstrucción de un mosquetero con arcabuz.

Si la caballería enemiga cargaba, los arcabuceros se replegaban instantáneamente bajo las picas del escuadrón central, donde quedaban completamente protegidos mientras recargaban sus armas.

Desembarco de tropas españolas (tercios) en la isla Terceira, Azores. 1582

El Camino Español

Más allá de sus armas, la verdadera ventaja de los Tercios españoles radicaba en su profesionalidad, la experiencia de sus veteranos y una red logística sin precedentes en la historia militar. Para trasladar tropas desde la península ibérica e Italia hasta los rebeldes Países Bajos sin depender de las peligrosas rutas marítimas del mar del Norte, la Monarquía diseñó el Camino Español. Una ruta terrestre de más de 1.000 kilómetros que cruzaba los Alpes, el Franco Condado y el Ducado de Saboya mediante una red de pasos seguros, puntos de suminstro y pontones.

En el campo de batalla, los veteranos de los Tercios españoles destacaron por su astucia psicológica, siendo famosos por las temibles encamisadas. Estos eran unos ataques nocturnos por sorpresa, compuestos por pequeños grupos de soldados vestidos con camisa blanca sobre la armadura para reconocerse en la oscuridad. Se colaban en los campamentos enemigos en mitad de la noche, inutilizaban su artillería, degollaban a quien se pudiera, sembrando el pánico antes de retirarse.

Cornelis de Wael, Soldados del Tercio español en su campamento. Siglo XVII

El aura ganadora

Durante más de un siglo y medio, ganaron una reputación de invencibilidad en victorias históricas que trasformaron el mapa de Europa por completo. En la Batalla de Pavía (1525), los arcabuceros españoles hicieron pedazos a la flor y nata de la caballería francesa, capturando al propio rey galo Francisco I. Décadas más tarde, en la Batalla de Mühlberg (1547) o en el milagro militar de Empel (1585), demostraron una resistencia que rozaba lo inédito.

Esto convirtió a los Tercios españoles en una fuerza militar dotada de una mística de combate basada en la compostura, el honor individual y la disciplina férrea. El veterano de los Tercios consideraba que perder los nervios durante el estrés del combate era una infamia. Por ello, mientras que en otros ejércitos de la época la falta de munición desataba la histeria, los arcabuceros españoles tenían prohibido pedir pólvora a gritos en mitad del combate. Perder los nervios se veía como una falta de profesionalidad, por lo que mantenían las filas en un silencio amenazante, racionando el plomo con la sangre fría del profesional que sabe que la desesperación no conduce a nada.

Esta mentalidad quedaba reflejada en episodios como la Batalla de las Dunas (1658), cerca de Dunkerque, cuando la batalla estaba perdida ante la aplastante superioridad de las tropas francesas e inglesas, los infantes españoles mantuvieron su gallardía hasta el final. En lugar de romper filas y huir en desbandada, los últimos veteranos de los tercios cerraron sus cuadros y comenzaron una retirada ordenada a paso cadenciado. El propio mariscal francés Turenne observó la escena con admiración, reconociendo que ni en el momento de la derrota aquellos hombres perdieron la soberbia ni el porte imperial con el que habían dominado el continente.

El ocaso imperial

Hacia mediados del siglo XVII, la fórmula de los tercios comenzó a mostrar signos de agotamiento. La célebre Batalla de Rocroi (1643) suele señalarse de forma simbólica como el final de su hegemonía. Rodeados por el ejército francés y tras la pérdida de toda su caballería, los últimos veteranos del Tercio de Alburquerque rechazaron varias ofertas de rendición, manteniendo su cuadrado impertérrito hasta que la artillería destruyó sus filas. Cuando finalmente aceptaron la rendición, se dice que el comandante francés Luis II de Borbón-Condé preguntó a los españoles: "¿Cuántos hombres estaban en el Tercio antes de la batalla?", a lo que contestó uno de los supervivientes: "Señor, contad los muertos".

Rocroi, el último tercio. Cuadro de Augusto Ferrer Dalmau.