Pro-alemanas, amorales y enfermizas. A lo largo del siglo XX y más en concreto, durante la Guerra Mundial, se ha demonizado el alcohol hasta su final prohibición el 16 de enero de 1820. Para conocer la Ley seca, tenemos que remontarnos al siglo XIX, momento marcado por la industrialización, el crecimiento demográfico de las ciudades y la sociedad de masas que perjudicaron a un sector religioso que atacó directamente a los fabricantes de licor y consumidores.

En este contexto nacieron movimientos evangelistas que «trataron de luchar contra el materialismo de la época y la degeneración moral, impulsando una serie de cruzadas cívicas y movimientos reformistas para alcanzar la perfección mediante la persuasión moral» escribe Aurora Bosch, docente de la Universidad de Valencia, en su artículo Los violentos años Veinte: Gángsters, prohibición y cambios socio-políticos del primer tercio del siglo XX en Estados Unidos. ¿Cuál fue una de sus reivindicaciones? La moderación y abstención alcohólica.

Esta cruzada antialcohólica fue fruto del crecimiento del consumo de este producto además del cambio en los hábitos de ingestión. Además, supuso una diferenciación entre la clase obrera y la mediana-alta. Los trabajadores se separaban de sus patronos cuando iban a la taberna, de este modo, se asoció al alcohol como un bálsamo reparador y revitalizante tras las duras jornadas de trabajo. Por otro lado, estaban las mujeres que, como unas de las más afectadas por el comportamiento de sus maridos alcoholizados, se unieron a los prohibicionistas.

Frente a la cultura de la clase obrera, empezaron a coger fuerza las personas adineradas que se acercaron al «evangelismo, que enfatizaba la moderación y el autocontrol frente a los excesos y la vida desordenada de la clase obrera», cuenta Aurora Bosch en su escrito. Esta clase yankee quería distanciarse de la obrera, que estaba formada mayoritariamente por inmigrantes de Alemania e Irlanda, países en los que el alcohol es un elemento cultural. Los acomodados los describían como «católicos que abusaban del alcohol y llevaban una vida tumultuosa y desordenada que había provocado el aumento de la delincuencia y la violencia en las ciudades».

Las autoridades vierten licor en una alcantarilla.

Con el crecimiento de Estados Unidos en la última década del siglo XIX, llegaron al país de las oportunidades 23 millones y medio de inmigrantes, mayoritariamente judíos, ortodoxos y católicos que desarrollaron su actividad económica ejerciendo cierta influencia en la política estatal y nacional de forma corrupta. Estos «ofrecían favores, servicios y empleos a los pobres y sobre todo a los nuevos inmigrantes a cambio de votos fieles y actuaban en convivencia con el mundo del crimen en negocios como la prostitución o el juego».

Con la llegada de estos nuevos «creadores de empleo y propietarios», la clase acomodada protestante comenzó a perder estatus económico y político y se sentía subyugada a la nueva inmigración. Ese sector, conformado mayoritariamente por prohibicionistas, echó de nuevo la culpa al fruto de todos los males: el consumo excesivo de alcohol. No estaban del todo desencaminados: en 1900 el consumo volvió a ascender otra vez, debido «a cambios muy rápidos por la industrialización, la urbanización y la inmigración en masa». Además, el alcohol fomentaba el malestar físico y económico de los bebedores y familiar y fomentaba de la falta de seguridad y la ineficiencia en el lugar de trabajo.

Los obreros crearon una cultura en torno a la cerveza y los taberna. De este modo, el whisky había quedado relegado como la bebida más consumida. La influencia de este sector fue tal, que para 1916, las cerveceras controlaban todos las tabernas de Los Ángeles, el 70% de los de Chicago y el 80% de los de Nueva York. Este poder que fueron obteniendo les permitía «concesiones» que rozaban la ilegalidad: alargaban los horarios, abrían los domingos, que era el día libre y permitían la prostitución. Tal y como explica Aurora Bosch «estas prácticas desafiaban las leyes y la moral americana y contribuyeron a que la cerveza, por su asociación con el tabernas, pasara de considerarse una bebida saludable, a representar el primer objetivo de la prohibición, especialmente cuando se había extendido la idea de que había un liquor trust, que podía corromper la democracia».

Las tabernas se convirtieron en el objetivo principal de la lucha por la prohibición, y así fue como nació la Anti-Saloon League of America (ASLA). En 1907 ya estaba presente en 43 estados y su periódico contaba con una tirada de 300.000 ejemplares mensuales. Su labor comenzó con la aprobación de leyes conocidas como local option, para así consultar a los ciudadanos mediante una votación si estaban a favor o en contra de las tabernas. Posteriormente comenzaron las leyes prohibicionistas y en 1913 estimaron que la única forma de «secar el país» era combatir por una enmienda de la Constitución que prohibiera la «manufactura, distribución y venta de bebidas alcohólicas». En un principio, esperaban conseguir esto en veinte años, pero el la Primera Guerra Mundial aceleró el proceso.

Autoridades policiales confiscan barriles

En 1916 los prohibicionistas se habían constituido como uno de los grupos de presión más importantes de Estados Unidos y la enemistad con Alemania en la Gran Guerra provocó que este sector lanzara mensajes propagandísticos atacando y tildando de pro-alemanas a las cerveceras que financiaron unos años antes a la German American Alliance en su lucha contra la prohibición. También se lanzaron mensajes en el frente, puesto que la idea de abstinencia alcohólica fomentaría el rendimiento del ejército.

De este modo la primera ley prohibicionista de «urgencia» llegó en este ambiente de reforma moral y patriotismo anti-alemán que afectó al racionamiento bélico: la Lever Act de 1917 disponía de una sección que no permitía el uso de «comestibles para destilar alcohol hasta el final de la guerra». Además, daba el poder al Presidente de rebajar el contenido de alcohol en la cerveza. Una vez concluida la guerra, el 21 de noviembre de 1918, el Congreso aprobó The Wartime Prohibition Act, que a partir de mayo de 1919 prohibía la «manufacturación de vino y cerveza, así como la venta de todas las bebidas alcohólicas desde el mes de junio de 1919 hasta el final de la desmovilización». Esta era una forma de ampliar la vigencia de la ley hasta que la prohibición fuera efectiva.

Durante la guerra tuvo lugar un Congreso con mayoría prohibicionista, logró su gran objetivo al aprobar el 22 de diciembre de 1917 la enmienda número 18 a la Constitución que «prohibía la manufactura y comercio de alcohol, enmienda que fue ratificada el 16 de enero de 1920». Así daba comienzo la era de una Ley Seca que trajo criminalidad, enfermedad y, sobre todo, muerte.