Historia

Josephine Cochrane, la viuda que inventó el lavavajillas para salir de la pobreza

La inventora supo sobreponerse a las dificultades económicas que tuvo que afrontar tras la muerte de su marido y, sobre todo, a las reticencias que la sociedad tenía sobre las mujeres trabajaran en oficios considerados masculinos

El primer lavavajillas

Josephine Cochrane (1839) estaba harta de que a sus criados siempre se les rompiera accidentalmente alguna pieza de su valiosa vajilla china. Su casa era el centro de la vida social de la ciudad. Allí se celebraban fiestas y cenas en las que la anfitriona servía comidas en una valiosa vajilla de porcelana china que pertenecía a la familia desde el siglo XVII. Tras romper varios, decidió ser ella quien tomara las riendas. Empezó a lavar los platos a mano, pero harta de hacer el trabajo del servicio, Cochrane ideó uno de los electrodomésticos más utilizados a día de hoy en los hogares de todo el mundo, el lavavajillas.

Los genes de inventora e ingeniera los llevaba en la sangre. Su padre John Garis inventó una bomba desecadora de terrenos y su bisabuelo, John Fitch construyó el primer barco de vapor en Estados Unidos. De hecho, siendo niña le gustaba ir con su padre a reparar máquinas mientras aprendía cómo hacerlo.

Si nadie más va a inventar una máquina lavavajillas, lo haré yo misma"

Creció en la pequeña localidad de Valparaíso, en Indiana (Estados Unidos). Cuando apenas tenía 20 años se casó en Illinois con William Cochran, un comerciante textil y un influyente político local del Partido Demócrata. Precisamente por los contactos del marido, la casa del matrimonio se convirtió en el centro de la vida social de Shelbyville, lo que hacía que siempre estuviera llena de invitados. Los sirvientes no daban a basto con el lavado manual. La vajilla de porcelana era demasiado delicada, además de lo duro que era lavar cientos de platos a mano, por lo que a menudo se rompían.

Al parecer, Cochrane, desesperada, un día soltó que "si nadie más va a inventar una máquina lavavajillas, lo haré yo misma". En realidad ya se había inventado antes, pero no había tenido la relevancia comercial suficiente. En 1850 Joel Houghton ya había patentado una máquina que funcionaba haciendo girar una manivela mientras se echaba agua desde fuera, pero su complejo montaje no convenció a la población. También lo intentaron en la década de 1860, Gilbert Richards y Levi A. Alexander, pero su invento para lavar platos y tazas tampoco obtuvo la trascendencia comercial suficiente y su complejidad hizo que no salieran adelante. Además, los platos seguían sucios.

Viuda y con deudas

En 1883, el marido de Cochrane murió dejándole en la ruina con miles de deudas a las que hacer frente. Tras cambiarse el apellido de casada añadiendo una "e" al Cochran para escapar de acreedores, la dama de clase alta se fue al establo situado detrás de su casa, y con la ayuda de un amigo, se puso manos a la obra para cumplir su sueño: crear un lavavajillas que evitara que los platos se rompieran continuamente. Uno que por fin fuera útil.

Publicidad del lavaplatos Garis-Cochrane (1903).

Lo consiguió. Tras los trabajos anteriores de crear un lavavajillas parecido al que se conoce a día de hoy, la máquina de Cochrane iba mucho más allá. Dentro de una caldera de cobre, construyó una rueda con compartimentos donde se podía colocar la vajilla y que no se moviera. El agua caliente y el jabón salían a presión mientras se giraba la rueda para llegar a todos. Se podía lavar en dos minutos hasta 200 platos que después eran secados con un chorro de aire caliente.

En 1886, Josephine Cochrane patentó su invento y fundó la empresa Garis-Cochrane Dish Washing Machine Company. Iba de puerta a puerta para captar posibles clientes y publicaba anuncios en los periódicos, pero la máquina era tan grande que solo les interesaba a hospitales, hoteles o restaurantes que pudieran hacer hueco para semejante artefacto.

Después de mucho esfuerzo, un año más tarde, presentó su lavavajillas en la Feria Universal de Chicago de 1893 y obtuvo el primer premio. Eso le abrió las puertas para que le empezaran a llamar de hoteles y restaurantes e incluso de colegios. Pero la máquina aún no calaba entre la población y su uso doméstico. Y eso le fastidiaba a Cochrane. Los años siguientes registró cinco patentes más que introducían diversas mejoras y un lavavajillas de pequeño tamaño adaptado a los hogares.

Máquina lavavajillas de Cochrane presentada en la Exposición Universal de Chicago.

Hasta mediados del siglo XX, después de la Segunda Guerra Mundial, el lavavajillas no comenzó a instalarse de manera cotidiana en las cocinas de miles de amas de casa estadounidenses, quienes empezaron a prevalecer el ocio a sus labores del hogar.

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