“La vida es un sumidero de mierda o un acto ridículo”. Esta idea, en distintas formulaciones, es el pilar sobre el que se levanta el ensayo El mundo feliz, una apología de la vida falsa, de Luisgé Martín. Un breve texto, publicado por Anagrama, repleto de ideas estimulantes y provocadoras. Pese a la contundencia de la frase que se repite por las páginas del libro, este ensayo no es pesimista, es optimista.

El futuro que describe es mejor, pero a diferencia de otros textos no se apoya en una utopía para hablar del humano que va a componer la sociedad perfecta. Sino todo lo contrario, un humano carente de todas aquellas virtudes que desde la ilustración nos hemos marcado como humanas en la búsqueda del hombre nuevo: la libertad, la igualdad y la fraternidad. Una deshumanización radical, por abandono y cambio de significado de lo humano.

En el punto en el que su lectura ya provoca varias vueltas a la cabeza Martín nos lanza a su mundo feliz, al mismo de Aldoux Huxley, para decirnos que bendita sea la distopía, que maldito sea el sufrimiento humano, que nos hace humanos, que lo racional es elegir una vida placentera, si tenemos oportunidad. Y esto, según Marín, ocurrirá en un futuro, no muy lejano, en el que la robótica y la biotecnología nos liberarán de todos los actos ridículos que componen nuestra vida y la conducen por el sumidero.

“Hay muchas cosas de Un mundo feliz de Huxley que a mí no me parece que tengan que hacerlo distópico, sino todo lo contrario, son cosas que pueden acabar con algunos de los males endémicos de los seres humanos que tiene que ver con el temperamento, el desamor, la vejez y la muerte”, explica el autor a El Independiente.

“No estoy seguro de cómo va ocurrir, la intuición generalizada es que todo esto está pasando, de momento, en las sombras y se nos va a ir revelando poco a poco”, mantiene el autor, que pone como ejemplo el chino que ha hecho modificaciones genéticas a dos bebés. “Ese tipo de procesos científicos, de usos genéticos, farmacología y el uso de la tecnología que viene, todo esto, nos va a ir haciendo reconocer que somos lo que somos: una cosa con mucho menos capacidad divina de lo que llevamos toda la Historia de la humanidad creyendo. En ese momento la deshumanización radical se habrá producido, no tendremos problema en insertarnos una memoria artificial que nos convierta en otras personas o borrar un año de nuestra vida y ponernos otro feliz que nunca existió”, explica.

Cerdos satisfechos

«Prefiero ser un Sócrates insatisfecho antes que un cerdo satisfecho», dijo en una ocasión Stuart Mill. Es este tipo de visión de lo humano, sustanciado en la complejidad y el tormento que Martín considera positivo abandonar: “El futuro no va a ser un sumidero de mierda porque lo que sí se conseguiría, con todo ese proceso que es tan largo y revolucionario, es erradicar el sufrimiento. En el momento en que se erradica el sufrimiento se consigue la felicidad. Nos convertiremos, salvando las distancias, en el cerdo satisfecho de Stuart. ¿Prefiero ser un cerdo sufriente o un cerdo feliz? Seremos cerdos felices, la vida será insustancial sin valor, pero sin sufrimiento».

Podríamos considerar que ese mundo insustancial ya está entre nosotros con el hiperconsumismo y la posmodernidad, pero no. “No somos cerdos felices, cada vez hay más estrés laboral, cada vez vivimos en sociedades más complejas, se nos vende como virtud unas cosas que no lo son, hay más consumo de tranquilizantes y antidepresivos. Hay indicios que nos hacen pensar que a pesar de que en las redes sociales aparecemos felices, realmente no es verdad que lo seamos”.

Para Martín esta falsa recreación de la vida que hacemos en las redes sociales es un síntoma de la evolución hacia esa sociedad deshumanizada y, finalmente, feliz. “En el estadio en el que estamos lo representamos pero no nos los creemos. Ponemos en Facebook la foto de que estamos guapos, pero nos miramos en el espejo y nos encontramos horribles y nos encontramos menos guapos que el vecino que ha puesto otra foto y nos hace daño. Lo que yo creo que va pasar es que estamos en el camino de que eso nos lo creeremos.  Un mundo de Matrix en el que uno vivirá no representando, sino viviendo la vida falsa como real. Entonces desaparecerá esa disociación de la realidad y la apariencia que vivimos ahora en el mundo del fingimiento, el mundo de la exhibición”.

La realidad artificial, la manipulación genética, implantes en el cerebro y la farmacología harán posible, según Martín, que la apariencia y la realidad sean una misma cosa. “A diferencia de quienes consideran ese mundo feliz como apocalíptico porque deshumaniza, a mí me parece que va a acabar con muchos de los males de la condición humana. Ese mundo, al que podemos ir, busca erradicar el sufrimiento pero a muchos les parece mal porque consideran que eso es acabar con lo humano”.

Dinero y trabajo

El dinero y lo material como medida de bienestar y felicidad es un error, según el escritor. “Es una de las paradojas en las que vivimos constantemente. Conozco un montón de gente que llega a conseguir un determinado estatus por su trabajo para poder dedicar luego más tiempo a su familia, a sus amigos y viajar, pero cuando pueden hacerlo no se desencabalgan y siguen trabajando: hipotecan su vida sin saber por qué. Cualquiera de los movimientos políticos desde la extrema izquierda a la extrema derecha siguen poniendo el centro del debate en el dinero, los salarios y condiciones materiales que una vez superado el nivel de vida digna, no es lo importante”. En este sentido se considera partidario de la renta básica universal, especialmente porque se acercan tiempos duros en los que mucha gente se va a quedar fuera por la introducción masiva de la robótica en el sistema de trabajo.  La vida de momento, tenga razón o no Luisge Martín, seguirá yéndose por el sumidero.