Cuando uno es niño se va enterando de todo mientras no se va enterando de nada”. Manuel Jabois ha sembrado Malaherba (Afaguara) de definiciones para explorar el despertar sexual de dos niños que se enamoran en la Galicia de finales de los ochenta. “Es una novela sobre el principio del amor y todas las consecuencias que esto conlleva. Y es una novela sobre la ficción con la que los niños se protegen cuando piensan sobre lo que está ocurriendo a su alrededor y ya sospechan que no está ocurriendo lo que ellos creen y cómo lo disfrazan todo”, explica Jabois a El Independiente.

Para acometer tan compleja travesía, y salir airoso, el periodista se ha apoyado en elementos del espacio y el tiempo reales. Una calle, una ciudad, algunos nombres de su infancia y, sobre todo, una época. “La principal consecuencia de ser niño en aquella época era una sensación de culpabilidad permanente. Siempre estabas sintiéndote culpable por todo, como no comer o por comer mucho… Te sentías culpable por cosas que se concebían entonces como antinaturales, como sentir placer por descubrirte a ti mismo o por sentir amor por una chica o por un chico”. explica el autor que reconoce estos síntomas en su educación católica.

Frente a un mundo como el actual en el que se publican encuestas sobre cómo se dan placer a sí mismos los españoles, el tratamiento de la masturbación estaba restringido a la fanfarronería infantil y los confesionarios. “Tocarse era un pecado muy gordo y los chicos lo confesaban a los curas en los confesionarios”.

Infancia con eufemismos

Otra de las características que define la infancia para Jabois son los eufemismos. Principales causantes que hacen que los niños se vayan enterando de todo sin enterarse de nada. “La infancia está llena de eufemismos, uno detrás de otro. Un padre jamás dice a su hijo la verdad, todo está acolchado. Te pone la verdad siempre con papel burbuja y terminas enterándote de las cosas por otros”. Esto es lo que le pasa al niño de de la novela del periodista gallego. Entre la información que le dan los adultos, el catecismo y las ficciones que él sólo se compone para no ver la realidad el niño vive en una feliz oscuridad.

“Por eso en el libro juegan a las tinieblas, el mundo de los niños es el mundo de la oscuridad. En la infancia vas a tientas, no estás viendo nada de lo que va a pasar, no tomas tus decisiones, todo el mundo decide por ti y tienes que ver todo a ciegas y, por supuesto, el amor lo descubres a tientas y cuando te das cuenta que estás haciendo algo que está mal tienes que disfrazarlo porque está mal y dices que estás jugando a las tinieblas o jugando a los náufragos, que estás jugando a cosas, pero lo que te estás haciendo es frotándote y tocando”.

“Nosotros no somos maricones, somos novios”, dice Tamburino, el protagonista.

Este es el armario en el que están escondidos los niños que protagonizan la novela de Jabois, no es el de la homosexualidad oculta, a ese no han llegado a meterse los protagonistas. “Nosotros no somos maricones, somos novios”, dice Tamburino, el protagonista.

“Cuando un niño se tiene que enterar por otros de lo que es el amor y la vida, cuando se va enterando de cosas que sus padres jamás le cuentan como las enfermedades, ocurre lo que al personaje de la novela,que huye de la realidad y de la verdad”. No quiere ver qué le pasa a su padre, porque cae como muerto, pero luego no lo está. Pero es un resistencia finita: “a la mirada de Tamburino se le irá subiendo el telón y empieza a cansarse de disimular o fingir que tiene una familia normal o una infancia convencional”, explica el autor. “Es inevitable que se pase y que se cruce al otro lado. Aunque tengas once años ya no hay marcha atrás. Hay niños que con once años parecen que tienen veinte porque su padre está en la cárcel o están divorciados porque ya ha vivido de todo.”

En este sentido la novela y el autor reclaman esa mirada ficticia de la vida de los pequeños. “El niño tiene derecho vivir sus años de niño en paz sin que venga nadie a tocarle los cojones con que los reyes son los padres, sin que le vengan a decir que la abuela no es que se haya ido de viaje sino que tiene un cáncer brutal, sin que nadie le diga que tu papá engaña tu mamá con otra mujer y lo sabe todo el mundo. El niño tiene derecho a no ser informado y tiene derecho aprender las cosas por sí mismo”, concluye. Derecho a las tinieblas, derecho a tocarse y a que no te toquen los cojones.