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El Vaticano y un bastardo que sólo busca a su madre

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El Vaticano y un bastardo que sólo busca a su madre

En una noche de mayo de 1988, la vida de Enrique J. Vila Torres, de apenas 23 años, cambiaría para siempre. Su padre estaba muriéndose en el hospital, por lo que decidió organizar los documentos familiares «ante el inminente final que los médicos me habían asegurado», tal y como explica él mismo en su libro Cartas de un bastardo al Papa (Algaida). Fue en ese preciso momento, cuando, entre tantos papeles, encontró una copia de la demanda de adopción de Enrique J. Vila Torres.

«Fui a ver a mi madre, que se puso a llorar», cuenta Enrique en una entrevista concedida a El Independiente. Acababa de descubrir que las personas que le habían tratado con tanto amor y cariño desde hacía veintitrés años no eran sus padres biológicos. El peso de esta revelación se sumó a la pérdida, tres días después, de la persona a la que más había querido en este mundo, a su padre, ahora adoptivo. Cabe destacar que este hombre abandonaba el mundo de los vivos desconociendo que su hijo adoptivo sabía la verdad.

Dos monjas paseando con el hábito.

Dos monjas paseando con el hábito.

Esa noche comenzaría una búsqueda que aún no ha concluido. El documento que el joven encontró indicaba que él, Enrique J. Vila Torres, nació el 18 de mayo de 1965 en Valencia, más en concreto, dentro del paritorio de la Casa Cuna Santa Isabel, donde fue apartado de los brazos de su madre biológica y entregado en adopción el día después de ver la luz del mundo. Las monjas Religiosas Siervas de la Pasión fueron las intermediarias en el proceso de adopción de un recién nacido que sería criado por unos padres de una sangre distinta a la suya. La demanda indicaba que su madre biológica decidió abandonarle.

¿Qué son las monjas Siervas de la Pasión? El propio Enrique nos habló de los orígenes de esta institución: «Fue creada a principios del siglo XX por una monja de Barcelona que decidió ayudar a mujeres embarazadas sin recursos». Sin embargo, durante la Guerra Civil, tres de ellas se trasladarían a Valencia donde fundarían una delegación cuyo «funcionamiento fue evolucionando hasta fomentar la adopción. Las mujeres que quedaban embarazadas eran aisladas y coaccionadas para que entregasen a sus hijos», señala Enrique. La moral religiosa imperante durante el franquismo fomentó que las mujeres solteras y menores que quedaban embarazadas fueran tachadas de pecadoras, por lo que hubo instituciones religiosas como esta que «lavaban el cerebro» a estas mujeres para que entregasen ese «fruto del sexo impuro» si querían volver a llevar una vida digna, indica Enrique.

Las mujeres que acudían a instituciones de este tipo habían quedado embarazadas fuera del matrimonio y la mayoría eran menores. Valencia se convirtió en un auténtico centro de acogida al que llegaban jóvenes que se desplazaban de otros lugares «porque no querían que en sus pueblos se supiese la verdad», puntualiza Enrique. Una vez dentro, vivían en un régimen carcelario en el que apenas salían, se les prohibía interactuar entre ellas y se les obligaba a limpiar o coser. En la fase final, cuando llegaba el momento de dar a luz, «iba normalmente un médico que dejaba por escrito que la madre era desconocida».

Mujer embarazada

Mujer embarazada

A pesar de que en los documentos no se indicaba el nombre de la madre biológica, las mujeres que ingresaban en la institución debían registrarse. Por lo que, en los archivos de las monjas de Valencia, tendría que haber algún tipo de registro con las madres que dieron a luz a estos niños que serían dados en adopción. Sin embargo, Enrique se topó con un muro cuando fue a hablar con las monjas: le negaban la consulta de estos documentos. Querían mantener la privacidad de esas jóvenes alegando que preferían mantener identidad en el anonimato, para que así no se descubriera la verdad.

Enrique era ya un hombre convertido en abogado -algo que sucedió antes de descubrir que era adoptado-, cuando en septiembre de 1999 el Tribunal Supremo Español reconoció por primera vez el derecho de todo hijo a conocer sus orígenes biológicos, en base al derecho a la familia y a la identidad recogido en el artículo 39 de la Constitución española. Esto permitiría que más tarde se modificara el Registro Civil y el propio Código Civil, eliminando el derecho de la madre a ocultar su identidad.

Sin embargo, a pesar de que la ley estuviera del lado de esos niños adoptados que no tenían acceso a la identidad de, al menos, su madre biológica, Enrique cuenta que «una cosa es el derecho, pero luego aplicarlo es muy difícil». Las mismas monjas de Valencia que negaron la consulta de estos archivos, ahora decían que no los tenían.

Otros tuvieron más suerte que Enrique. La madre superiora de la Casa Cuna Santa Isabel de Barcelona cumplió la orden judicial que presentó el propio Enrique y reveló la documentación de las madres biológicas de veintiún barceloneses. Enrique celebraba y sigue celebrando que otras personas logren reunirse con su familia de sangre, pero no deja de preguntarse por qué no tenía él la misma suerte. ¿Por qué las monjas de Valencia no le permitían el deseo de reunirse con su madre? ¿Por qué las practicantes de una religión fundamentada en el amor le negaban a un hombre mostrar el cariño a la persona que le dio la vida?

Fue en ese momento cuando Enrique pensó en el jefe del Estado Vaticano, la persona con el «poder sobre todos los miembros del clero del mundo, y sobre todo una persona que en lejanía me parecía afable, humana, piadosa… podría ayudarme», cuenta Enrique en su libro. En 2015, el abogado comenzó a escribir las que serían 16 cartas a Su Santidad.

Papa Francisco

Papa Francisco EFE

Ninguna de las 16 cartas que envió Enrique ha recibido respuesta. A día de hoy, no sabe si quiera si las ha leído, por lo que decidió hacerlas públicas en el libro Cartas de un bastardo al Papa, con el objetivo de que llegue a su conocimiento. Enrique insiste en que esta búsqueda no solo le pertenece a él, y que hay otros tantos niños y madres en España que no consiguen reencontrarse por ese muro que se ha construido entorno a algunos archivos de la Iglesia, que se mantienen ocultos, inalcanzables y, en definitiva, que no les permiten saber la verdad.

A pesar de ello, la curiosidad que invadió a Enrique esa noche cuando tenía 23 años no ha cesado. Él quiere a sus padres adoptivos, aunque murieran hace treinta y veinte años. Además de esos, él insiste en que tiene «otra madre y otro padre biológicos a los que estoy interesado en conocer para descubrir mis orígenes y mi historia. No sé si los voy a querer como quise a mis padres adoptivos, pero creo que es compatible querer a tu madre biológica. De hecho, tengo dos madres. Mi madre adoptiva y biológica. Sigo buscando porque es compatible».