Desde jóvenes investigadoras que cursan el doctorado en algunos de los centros más avanzados del mundo hasta catedráticas con cientos de publicaciones o docenas de patentes a sus espaldas. Ya lo decía Karen Spärk Jones, científica británica especializada en lingüística computacional del siglo XX: “la informática es demasiado importante para dejarla en manos de los hombres”. Su lema trasciende a todos los campos de la ciencia: la astrofísica, la ingeniería industrial, las ciencias del mar, o incluso la química inorgánica.

Según un informe de la Unesco, apenas el 29,3% de los investigadores científicos a nivel mundial son mujeres. En Europa, el índice se incrementa hasta el 39,3% y en España un poco más, llegando al 40,2%. A pesar de que, en ciertas áreas como las ingenierías, solo una cuarta parte son mujeres, en las ciencias de la salud, por ejemplo, tres cuartas partes lo son. Cada vez es más sencillo encontrar en nuestro país investigadoras de primer nivel consagradas en los campos de estudio más relevantes del momento.

Gloria Calderón participó en 1984 en el nacimiento de Vitoria, el primer bebé de España fecundado in vitro

Irene Valenzuela, Eva Villaver, Alba Bossoms, Alba Cervera, Elena García, Cristina Romera, Gloria Calderón, María Vallet y Ángela Nieto conforman las nueve voces femeninas que intervienen en el libro Sabias: científicas españolas frente a los grandes retos del siglo XXI, del periodista científico Antonio Villarreal (Córdoba, 1981), actualmente jefe de Reportajes de El Confidencial. Algunas son muy conocidas, premiadas y consagradas; otras, más jóvenes, pero aun así brillantes. 

Las protagonistas de estos capítulos figuran en la vanguardia de la investigación, de la lucha contra el envejecimiento celular, contra la degradación de los ecosistemas, en la búsqueda de una solución contra el cáncer o la infertilidad. Sin ir más lejos, la embrióloga clínica Gloria Calderón, participó en 1984 en el nacimiento de Vitoria, el primer bebé de España fecundado in vitro. Desde casi diez años codirige la empresa Embryotools, pionera en varias técnicas de medicina reproductiva que han permitido a miles de mujeres ser madres. En el 2019, por ejemplo, Gloria y su empresa participaron en el nacimiento de una niña en Grecia mediante la técnica conocida como “transferencia del huso materno”. La madre que padece de fallos en las mitocondrias , es decir, el órgano interno de la célula que suministra casi toda la energía necesaria para llevar a cabo su actividad, corre el riesgo de transmitir enfermedades metabólicas a sus descendientes. Consiste en la siguiente manera: se extirpa de sus ovocitos el núcleo mitocondrial y se sustituye por el de una donante sana. Y, a continuación, se fecunda con los espermatozoides del padre. 

Otra de las protagonistas de este libro es Irene Valenzuela, física teórica e investigadora en la Universidad Autónoma de Madrid y en el Centro Europeo para la Investigación Nuclear (CERN) de Ginebra. Forma parte de una nueva generación de científicas que han impulsado las conjeturas swampland (ciénaga en español) que es una manera de volver a conectar la gravedad cuántica y la teoría de cuerdas con el mundo real. Un paso imprescindible para entender el universo de manera unificada. Durante todas estas décadas, físicos de todo el mundo han tratado de reconciliar sin éxito las teorías de Einstein sobre la gravedad con la mecánica cuántica. Uno de los grandes retos de este siglo para Irene, según indica en el libro. 

En áreas como la ingeniería, solo una cuarta parte son mujeres

Cuando Antonio Villareal se propuso escribir Sabias, no quiso que fuera uno de esos libros “condescendientes con las mujeres en los que se trata como seres de luz”, ni que fuera un manual para animar a las niñas a que estudien carreras relacionadas con la ciencia, la tecnología, la ingeniería o las matemáticas. Tan solo quería hablar sobre sus investigaciones, sus logros como profesionales de la ciencia. Los campos que abarca llegan hasta el mar. Y lo hace de la mano de Cristina Romera, quien cree que las llaves de nuestro futuro en el planeta están en el fondo del mar. Cristina es licenciada en Química y doctora en Ciencias del Mar. Actualmente es investigadora en el Institut de Ciències del Mar (ICM) del CSIC en Barcelona. Su labor como oceanógrafa se ha centrado en el ciclo del carbono oceánico y en el impacto de los microplásticos en el clima y en los ecosistemas marinos. 

Como científica marina, el interés investigador de Cristina está centrado, entre otras cosas, en el plástico y en sus consecuencias para los ecosistemas oceánicos. Ahora está estudiando los compuestos químicos que el plástico libera en el agua de mar, potenciados sobre todo por la luz del sol. Y es que, como explica Cristina en el libro, “cuanta más luz solar recibe el plástico, mayor es la capacidad para liberar estos compuestos, que a su vez afectan a los microorganismos marinos que están en la base de la cadena alimentaria”.

«Algo que tiene el mar es que es muy difícil de limpiar: es como barrer el desierto. Ni siquiera sabemos la magnitud del plástico que hay; de toda la cantidad de plástico que llega al mar, solo se contabiliza un 1%. El 99% restante es demasiado pequeño para que las redes lo recojan y sea contabilizado», indica Cristina en la entrevista del libro. Tampoco se sabe si, de alguna manera, el plástico esté afectando al clima. «Solo sabemos que la fotodregadación del plástico a causa de la luz solar también hace que el plástico emita metano, que es un gas 25 veces más potente en cuanto a efecto invernadero que el CO2». 

Del mar a las sillas

Álvaro es uno de los muchos niños con Astrofia Muscular Espinal (AME), que ha conseguido caminar por primera vez en su vida gracias al exoesqueleto que ideó Elena García Armada. Ella es una de las nueve voces de este libro. Es ingeniera industrial y dirige un grupo dentro del Centro de Automática y Robótica (Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Este tipo de exoesqueletos se diferencia de una prótesis que no pretende sustituir un miembro, sino reforzarlo. Cada una de las partes que componen el robot ATLAS intenta emular a uno de los músculos que hay a la altura de la pierna, acompañarlos y aportarles la fuerza que les hace falta para moverse y lograr que el niño permanezca establemente en pie.