No es que Bruce Springsteen (Nueva Jersey, 1949) fuera un advenedizo allá por el primer lustro de los ochenta, ni mucho menos. No era un recién llegado ni un cualquiera, ¡qué disparate! Había entregado ya obras indiscutibles como Born to run (1975), Darkness on the edge of town (1978) y The River (1980); era amado por los suyos y respetado por una mayoría creciente, pero le faltaba algo: Aún no llenaba estadios.

Tampoco es que fuera esa una meta perseguida a toda costa pero, quisiera o no, iba a llegar a ella en primer lugar en la mitad de 1984 con Born in the USA bajo el brazo. Su séptimo disco, que ha vendido desde entonces más de 30 millones de copias en todo el mundo y que le trasladó a toda prisa desde los pabellones repletos hasta los estadios aún más repletos para tocar ante las más inabarcables multitudes.

Tuvimos un éxito tras otro y en 1985 me convertí en una genuina superestrella”

“El álbum más exitoso de mi carrera. Cambió mi vida, me aportó mi público más numeroso, me obligó a pensar muy en serio en el modo en que presentaba mi música y me situó fugazmente en el centro del universo pop”, rememora Springsteen en sus memorias de 2016, en las que añade: “Tuvimos un éxito tras otro y en 1985, junto a Madonna, Prince, Michael Jackson y las estrellas de la música disco, me convertí en una genuina superestrella de la radio comercial”.

Una culminación a todas luces inesperada, pues para encontrar el inicio real de Born in the USA hay que retroceder hasta 1981, cuando en medio de la gira de The River el rockero leyó el libro ‘Nacido el 4 de julio’ escrito por el veterano de la Guerra de Vietnam Ron Kovic, a quien fortuitamente conoció meses después. Semanas más tarde, el fundador de Vietnams Veterans of America, Bobby Muller, contactó a su vez con un Springsteen que terminó haciendo un concierto benéfico para la organización en Los Ángeles con veteranos invitados en las primeras filas.

No es un comienzo demasiado comercial ni demasiado pop, más aún si tenemos en cuenta que por aquel entonces Bruce estaba profundamente interesado en la historia de Estados Unidos y en los nexos de ésta con su familia de antepasados italianos, irlandeses y holandeses. En la tradición de cantautores como Woody Guthrie, se preguntó qué significaba ser estadounidense y quiso alzar su voz: “Pensé en trazar un mapa de la distancia entre el sueño americano y la realidad americana. Me interesaba ese punto en el que se unía lo político y lo personal, que ayudaría a mantener la vigencia de mi obra. Me fijé en historias personales de mi infancia y mi familia y las grabé en una grabadora de casetes japonesa de cuatro pistas Tascam 144”.

Parte de ese esfuerzo se materializó en Nebraska (1982), un disco acústico, tenebroso y, por encima de todo, anti-comercial. Pero fue así, en la soledad de su habitación y sin grandes artificios, como nacieron la versión primitiva de Born in the USA y otro puñado de canciones que aún tendrían que esperar su momento para pasar por la maquinaria de la E Street Band. Nebraska y la primera mitad de Born in the USA se grabaron al mismo tiempo, en definitiva, por lo que hay que incidir en una idea: Nada hacía presagiar un estallido comercial en la carrera de Bruce Springsteen, sino más bien todo lo contrario.

Según él mismo, Nebraska contenía algunas de sus “canciones más intensas” y por eso en su siguiente entrega quiso “tratar los mismos asuntos, pero electrificados”. “Esa idea puede vislumbrarse en Working on the Highway y Downbound train, dos canciones que iniciaron su vida de forma acústica para el primer disco en la grabadora de maquetas Tascam”, señala Springsteen, dejando claro que, a pesar del envoltorio comercial de la época -los sintetizadores ochenteros delatan la ambición de llegar al gran público-, quiso mantener la hondura en los textos sobre el sentido de la vida misma.

“Gran parte de Born in the USA se grabó en vivo con la banda al completo en tres semanas. Luego me tomé un descanso, grabé Nebraska y no volví a mi álbum rock hasta después”, resume Bruce en su autobiografía, donde revela que tomó el título I was born in the USA de un guión en ciernes de su amigo Paul Schrader, guionista de películas como Taxi Driver o Blue Collar.

Era una canción protesta y supe al grabarla que era de las mejores que jamás había hecho”

En esa afirmación orgullosa confluía su interés por los veteranos y sus dudas acerca del significado de ser estadounidense. Ahí había un himno: “Más de diez años después del final de la guerra de Vietnam, inspirado por Bobby Muller y Ron Kovic, compuse y grabé mi historia de un soldado. Era una canción protesta y supe al grabarla que era de las mejores que jamás había hecho. Era un blues del recluta; sus versos un relato, el estribillo una declaración de una de las cosas seguras que no pueden discutirse: el lugar donde has nacido”.

La demanda de una voz patriótica crítica junto al orgullo del lugar de origen propició cierta malinterpretación, que llevó al enfado del autor (demócrata convencido) cuando el presidente republicano Ronald Reagan agradeció el “mensaje de esperanza en las canciones del ciudadano de New Jersey Bruce Springsteen”. “Aprendí una dura lección acerca de cómo se perciben el pop y la imagen pop, pero aún así no hubiera hecho ni este disco ni Nebraska de manera distinta”, zanja el músico.

Esa manera a la que hace referencia destaca por su paciencia, pues para dar con el álbum Born in the USA tal y como lo conocemos hubo que esperar prácticamente tres años. El himno titular, Working on the Highway, Downbound train, Darlington County, Glory days, I’m on fire y Cover me fueron todas básicamente completadas en la primera etapa del disco. Pero como Springsteen no se sentía cómodo con el aspecto pop del material acabado, quiso algo más profundo, denso y serio.

“Así que esperé, escribí, grabé y luego esperé más”, resume, subrayando que esa espera “valió la pena” porque a las primeras canciones se unieron con el tiempo otras aún más importantes para la imagen final: “Bobby Jean y No surrender eran grandes tributos al poder aglutinador del rock y a mi amistad con Steve Van Zandt -quien dejaría la banda en pleno proceso-. Y My hometown era un final trascendente que captaba las tensiones raciales de las pequeñas poblaciones de Nueva Jersey a finales de los setenta y el declive industrial de la siguiente década”.

Pensaba Springsteen que el disco estaba ya acabado al fin, pero su mánager Jon Landau le replicó que no, que faltaba un single aún más arrebatador. Enrabietado y hastiado a partes iguales, así escribió Dancing in the Dark para redondear: “Ya no podía más. Por eso habla sobre mi propia alienación, fatiga y deseo de escapar del estudio, de mi cabeza, de mi disco. Estos eran el tema y el disco que más lejos iban a llevarme en el pop mainstream”.

Born in the USA estalló como una bomba atómica

La larga espera llegó a su fin el 4 de junio de 1984 con el lanzamiento de una docena de canciones grabadas en vivo en el estudio por Bruce con la E Street Band y convenientemente amplificadas por las mezclas de Bob Clearmountain. Las icónicas fotografías de Annie Leibovitz hicieron el resto y catapultaron a Bruce Springsteen a la categoría de celebridad global de la cultura popular.

Así lo explica él mismo: “Born in the USA estalló como una bomba atómica. Sabía que la canción titular era caballo ganador, pero no esperaba la grandiosa acogida que recibimos. ¿Sincronía? ¿Fue la música? ¿El músculo? No lo sé. Cuando algo triunfa de ese modo siempre hay cierto misterio al respecto. A los 34 años opté por subirme al carro del éxito y disfrutarlo. Me había fortalecido y sabía resistir ante los focos, pero en los años siguientes se me iba a poner rigurosamente a prueba”.

De manera que, con el éxito, llegaron nuevas preguntas sin respuesta, que bien podrían resumirse en ¿merecía la pena? ¿Acaso es algo mejor por ser más grande? Sin tenerlo claro, Springsteen sencillamente saltó porque había llegado el momento de hacerlo. “Las canciones de Born in the USA eran directas y divertidas, recorridas soterradamente por las corrientes subyacentes en Nebraska. Estaba listo para acceder al primer plano”, apunta en sus memorias.

El disco debutó en el número 9 en Estados Unidos y terminó siendo número 1 durante siete semanas en la segunda mitad de 1984. También fue número 1 en Reino Unido durante otras cinco semanas, pero ya en 1985, con la locura desatada y apuntalada por una gira de grandes estadios por el viejo continente que incluyó 85.000 personas en el Slane Castle de Dublín o tres noches repletas en Wembley (Londres). Al mismo tiempo, el single Dancing in the Dark -con vídeo dirigido por Brian de Palma y protagonizado por una jovencísima Courtney Cox- se convertía en su tema más exitoso en listas, quedándose en el 2 en Estados Unidos -en 1980 Hungry Heart llegó al 5- solo por detrás de When doves cry de Prince.

Convertido en una celebridad, se casó inesperadamente en plena gira con la modelo Julianne Philips, una decisión errática -se divorciaron en 1989- que no hizo otra cosa que acrecentar el interés de la prensa rosa por la nueva estrella mediática. Un escenario inédito para el rockero, que capeó como pudo las circunstancias extramusicales mientras, de vuelta a Estados Unidos, llenaba seis veces el Giants Stadium de Nueva Jersey y otras cuatro el Memorial Coliseum de Los Ángeles, sede de las olimpiadas de 1984, para finiquitar esta frenética etapa de su carrera y de su vida.

“Éramos ya una de las más grandes, si no la más grande, de las atracciones de rock del mundo y para llegar a ese nivel no habíamos perdido de vista lo realmente importante”, sentencia orgulloso Springsteen, quien lanza una última reflexión sobre aquellos años locos: “La repercusión de Born in the USA marcó una época extraña. Fue la cima de algo. Nunca más volvería a estar allí, a tanta altura, en el firmamento del pop mainstream”.