Sin Chuck Berry, no hay Rock. Al menos, no como lo hemos conocido durante los últimos 80 años. Se le debe todo, porque la música, amigos, no nace sola. Un artista no lo es si no escucha a sus predecesores. Todos, incluso los más grandes, siempre reconocerán que “bebieron de unas fuentes” que normalmente estaban en viejas gramolas domésticas. Pero cualquier evolución cultural se basa en lo preexistente, incluso para revolucionarlo o destruirlo. Toda esta introducción tiene un sentido: que sepamos que si todos los caminos conducen a Roma, en el rock, en cualquier recorrido hacia atrás, nos toparemos con una figura estilizada y llena de energía que hoy hubiera cumplido 96 años. Por poco, ya que nos dejó hace escasamente cinco.

Nuestro relato comienza en la Norteamérica racista y segregada de 1950. En viejos aparatos de radio a válvulas sonaban con distorsión pero a un volumen cada vez mayor dos obras del “Antiguo Testamento” del género: «Johnny B. Goode» y «Roll Over Beethoven». Ahí se desata todo lo acontecido hasta hoy. ¿Quién era ese loco que parecía estar poseído por el demonio (hubo serios problemas con eso) y profería semejantes ruidos?. ¡Y parecía que todo aquel joven que lo escuchara, se veía envuelto en convulsiones que habrían escandalizado al Padre Karras, el Exorcista!

No hace falta recordar que en los 50 lo que se entendía por “bailar” era un dignísimo arte lleno de coreografía y swing, con pases medidos y academias por doquier. Eso de andar pegando saltos moviéndose sin ton ni son era totalmente revolucionario. De hecho, actuando en la televisión holandesa, el público, seguramente dirigido por el realizador, tuvo en este momento televisivo la actitud de un grupo de seminaristas asistiendo a un concierto de música barroca. Como mucho, unas palmas mal disimuladas. Quita la respiración ver al bueno de Chuck moverse poseído por el escenario en medio de tanto observador aparentemente impávido:

Pero para que el gran público sepa quién es este personaje de enorme trascendencia musical, utilizaré el viejo truco de decir aquello de “sí, el que compuso la canción de Pulp Fiction en la que bailan para la Historia del cine Uma Thurman y Travolta”:

Ah, ahora sí, claro. Tarantino no sabía el enorme favor en lo económico por los derechos, y en lo reputacional para su figura, que suponía poner a esos dos monstruos del cine a bailar un tema tan particular como ese, en la versión curiosamente de un aguerrido cantante de country llamado Aaron Neville. Se trata de «You Never Can Tell», algo así como “nunca se sabe”. Habla de dos adolescentes que se casan y se van a vivir juntos. El paralelismo con la inmadurez de la escena es lógico en la mente de Quentin. Para rematar, nuestro ídolo del rock la compuso al salir de 20 meses en la cárcel por, textualmente, “transportar a una mujer menor de edad con propósitos inmorales”. La niña tenía 14. Un cromo. Bueno, hubo otras dos encarcelaciones más y créanme si les digo que no es mi propósito hacer ningún juicio moral a la persona, más allá de lo legado para la música.

Si alguien quiere curiosear más en la famosa escena de Pulp Fiction, aquí les dejo una grabación de cómo fue el momento tras las cámaras. Añadiré alguna curiosidad: Uma Thurman bailó como si no la viera nadie porque había ingerido ansiolíticos. Le habían propuesto nada menos que ¡bailar con Travolta, el de “Fiebre del Sábado Noche”!, y se puso muy nerviosa. Tarantino la convenció, asegurando que le daba igual cómo lo hiciera, que se relajara y bailara como le diera la gana. Y lo hizo. Vaya si se relajó. Travolta, viendo el panorama, decidió ponérselo fácil moviéndose con el toque patán del personaje, pero deliberadamente más torpe. Y eso, amigos, provocó la química exacta que convirtió esa escena en la favorita del director y en una de las más importantes del cine:

Estamos viendo a dos caucásicos bailando el tema de un negro que no vio hombres blancos hasta los tres años de edad. Vinieron los bomberos a su barrio y pensó que se habían quedado blancos del susto. Dato real. El padre del Rock, antes de triunfar en la escena musical, trabajó en la empresa constructora de su padre, en una planta automotriz y como fotógrafo independiente. También siguió los pasos de su hermana y se graduó como peluquero y cosmetólogo. De ahí su pelo siempre esculpido a la perfección, y su tez absolutamente juvenil, aunque peinaba canas. Menos de las que tendría si no se hubiera teñido constantemente. Claro, si se junta con Clapton y Keith Richards, parece el más joven de los tres.

Pero volvamos al origen. Según los expertos, esta se considera la primera canción Rock de la Historia. Maybellene. El primer éxito de Chuck, presentado por la televisión de la época. Era 1958.

Por algo en 1977, la NASA lanzó la Voyager 1 y la Voyager 2 al espacio, cada una con un disco chapado en oro de 12 pulgadas que contenía (entre otros ruidos e imágenes de la Tierra) música de una variedad de culturas y géneros. Pues en el disco se incluye «Johnny B. Goode» de Berry. La NASA, como explicación, dijo que el disco de oro «tiene la intención de comunicar la historia de nuestro mundo a los extraterrestres, y qué mejor manera de presentar el rock ‘n roll a nuestros vecinos alienígenas que a través de los sonidos eléctricos de su creador?” Si la NASA lo dice, nada que añadir. Bueno, que también lo pensó Lennon:

Hoy hubiera cumplido 96 años uno de los poquísimos artistas musicales que nunca necesitó un escritor de apoyo a la hora de publicar sus memorias. Sí, además de músico y estilista, también se le daban muy bien las letras. Publicó sin ayuda “Chuck Berry: The Autobiography”, en el que este pilar sobre el que se sostiene el fenómeno musical de todo un siglo, escribió:

“Para aferrarme a la justicia, fui arrastrado por la espuma de un entorno pecaminoso.”

Cada uno se justifica como puede, pero Berry lo hace con arte, eso es innegable.