Que los niños, a veces, pierden el control y se violentan y no atienden a razones es algo que aceptamos como algo natural, como que debemos irles corrigiendo poco a poco hasta que lleguen a una edad suficientemente madura como para comprender que las cosas se resuelven con el diálogo, las buenas maneras y la correcta educación social. ¡Ja, ja! Resulta que llegamos a la edad adulta y, a la mínima, nos exaltamos, perdemos el control y las buenas maneras y estamos dispuestos a que nos pidan perdón, los otros, porque no hemos tenido la culpa, siempre han sido los demás.  

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Además, unos padres preocupados y concienciados deben intentar resolver los conflictos generados por sus hijos de una forma racional, mediante acuerdos pactados y buscando soluciones creativas y positivas. ¡Ja, ja! ¡Mira, no me toques las narices!, parece que vamos inculcando

Así sería, o debiera ser, si no fuéramos terriblemente humanos. Pero lo que nos plantea Yasmina Reza en Un dios salvaje toma otros derroteros menos delicados. La buena educación se va al traste, ¡ja, ja! Los buenos deseos sucumben ante la cruda realidad, ¡ja, ja! Las formas sociales  pierden su forma regular para dibujar garabatos de inquinas, reproches, pataletas, sorpresas varias, enfrentamientos directos, ¡ja, ja!

Es como si las dos parejas, en principio bien avenidas y cultas, instruidas y cultivadas, hubieran esgrimido el sable de la sinceridad y entablasen una batalla, no dos contra dos, sino todos contra todos, haciendo alianzas en momentos oportunos, pero atacando cuando el rival se descuida e hiriendo de necesidad al enemigo, aunque sea tu propia pareja. ¡Ja, ja! Es decir, se comportan como niños. 

Batalla actoral

Yasmina Reza dota a los personajes de esa infantilidad que hace que pierdan el control y se violenten, aparentemente, por una nimiedad y entonces sale el dios salvaje que todos llevamos dentro, el instinto de defensa y ataque protegiendo nuestro territorio y nuestra forma de ser, aunque no le guste al vecino. ¡Ja, ja!, como hacen los niños. Y las risas que se producen no son, ni más ni menos, porque la autora lo hace con un sentido del humor muy fino, como quitándole hierro ¡ja, ja! pero siendo efectivamente irónica, divertida y ocurrente con las situaciones que se plantean en escena. ¡Ja, ja!

No es de extrañar, por tanto, que desde 2008 que se estrenó en París, se siga representando con éxito por diferentes compañías y teatros en todo el mundo. 

En esta ocasión nos llega al Teatro Alcázar en versión de Jordi Galcerán y de la mano de Tamzin Townsend como directora. Limpia, ordenada, sin inmiscuirse en las refriegas de los personajes para poder sacarles mejor partido. Los actores están perfectamente fingidos cuando deben aparentar buena urbanidad y estupendamente groseros y vandálicos cuando las cosas se salen de quicio. Luis Merlo, Natalia Millán, Clara Sanchis y Juanan Lumbreras cumplen a la perfección su objetivo, y ya intuimos, desde el principio, con sus gestos, su buen hacer y la asunción de su personaje, que nos harán pasar un rato agradable sin quitarle la acidez de las relaciones personales y de pareja. 

Una gran comedia urbana, una salvaje interioridad agazapada para saltar sobre el prójimo, una enseñanza de nosotros mismos… ¿una metáfora sobre los acuerdos que han de alcanzar nuestros políticos? ¡Ja, ja!


Un dios salvaje, de Yasmina Reza, en versión de Jordi Galcerán dirigida por Tamzin Townsend, toda la temporada en el Teatro Alcazar

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