La ventana permanecía abierta, esperando un regreso que duró 12 años. La mirada se perdía a través de ella, aguardando una mañana que empezara de nuevo. El desconocido es una novela escrita por Carmen Kurtz que ganó el Premio Planeta en 1956. Fue la segunda mujer ganadora del premio, la primera había sido Ana María Matute con Pequeño teatro en 1954.

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Trata sobre los soldados de la División Azul que regresaron con aires de héroes tras pasar años en los campos de concentración soviéticos. Sin embargo, Carmen Kurtz nos habla de las dificultades de algunos de esos hombres que volvieron a una sociedad que ya no era la suya. Pero, sobre todo, escrito desde el punto de vista de las mujeres que esperaban tras esa ventana la vuelta del hombre al que, en más de una ocasión, habían dado por muerto. Así, junto a la alegría del regreso, se percatan de que están ante un desconocido, a las suspicacias de qué han hecho ellas mientras ellos estaban ausentes, a la incomunicación, a una aventura que ya no desean vivir, o mejor, compartir, a los silencios, a las mentiras, a la desconfianza.

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Todo esto lo ponen en escena Yolanda Pallín, con una adaptación sobria y sin sombras, luz de aquellos días que, ya de por sí, eran grises, arroyo seco que, de repente, vuelve a tener agua.

Laura Garmo, la directora, con solventada garantía de sensibilidad sacude las ramas de la inquietud, y sin acritud, sin críticas, nos presenta a unos personajes que son seres humanos con sus dudas, con un destino que, quizá, no desean, con la serenidad apropiada para entender a unos y a otras.

Aparte de los intérpretes Ángela Boix y Toni Agustí, que señalan sin estridencias y con convencimiento, esa dualidad de querer quererse y ya no sentir nada, el elenco cumple su cometido con la dificultad que supone entrar y salir de sus roles, pero en una presencia de claridad social, donde es mejor no hacer preguntas para que las respuestas no les dañen. Elena González, Mariano Llorente, Víctor Antona y Paco Flores también esperan, con la ventana abierta, que el amanecer sea el de hoy, y no el de ayer, y que venga después lo que venga.

Mientras la situación es propia, controlada por ella misma, se puede respirar, pero el personaje de Ángela Boix, de nombre Dominica, no recibe aire en sus pulmones, entiende que no es amor lo que hay, los tiempos que corren no están para mostrar el desequilibrio emocional que impone vivir con un desconocido.

Puesta en escena necesaria donde nos van indiciando con epígrafes de La Odisea, los pensamientos de Penélope, paradigma de la fidelidad, pero no por amor en sí, sino por no encontrar quién se igualara a Odiseo (Ulises), tonos azulados y grises, melancolía al fin, tiempo difuso, la libertad no era un derecho, inconsistencia en lo que se espera de cada miembro de la familia, limitación de afectos, la inseguridad en las relaciones personales se extiende, el presente pesa, lo extraordinario es resistir, lo desconocido siempre da cierto sobresalto.