Habría que olvidarse del país con el ‘des’ delante, aquel en el que las desnavajas hacían crecer los lápices desgastados y un descañón acababa con las guerras; o del pueblo de los hombres de mantequilla, en el que en vez de casas había frigoríficos; por no hablar del reino de Comilonia, donde Su Majestad Comilón IX se comió el trono con todos los cojines y así fue como terminó su dinastía.

Para lograr que los niños odien la lectura, lo más eficaz sería no darles nunca a leer estas historias del periodista y pedagogo italiano Gianni Rodari de su inolvidable Cuentos por teléfono, un éxito de la literatura infantil de los 70 que se ha reeditado en España decenas de veces. Y lo de inolvidable está confirmado, porque aún los tengo grabados como si yo misma me hubiera paseado saludando a aquellos señores hechos de nata de primera calidad que se asomaban a las ventanillas de sus neveras a saludarme con una bolsa de hielo en la cabeza. Me tronchaba de risa.

Para que odien la lectura, a los niños hay que decirles que no lean tonterías y que los libros más gordos son los mejores. Según explicaba el libro de Rodari, las historias de Cuentos por Teléfono eran cortas porque el señor Bianchi viajaba mucho y había que ahorrar en las llamadas de larga distancia. Como los padres de hoy siguen yendo con prisa a todas partes y sus hijos echándoles de menos el encanto de los cuentos por teléfono sigue vigente medio siglo después. Sólo que tal vez hoy serían por Whatsapp.

Escuela de Fantasía (Blackie Books, 2017)

Escuela de Fantasía, de Gianni Rodari, editado por Blackie Books

Pero si uno quiere asegurarse de que a sus hijos les dé pereza leer, lo mejor es hacer caso a los consejos de Rodari en Escuela de Fantasía, un volumen que acaba de editar Blackie Books con sus mejores ensayos para “aprender a enseñar”.

Presentar el libro como alternativa a la televisión es el primer mandamiento para conseguirlo. “Deja la tablet y ponte a leer” sería su actualización al siglo XXI. Como si los niños no leyeran en las pantallas con la misma naturalidad que en papel. Igual que decirle a los niños que lean en vez de ver la tele es “un sistema casi infalible” para que acaben tarde o temprano odiando la lectura, lo mismo pasa con prohibirles el móvil si no leen. “No me parece que negar una diversión, un entretenimiento placentero, sea la forma ideal de estimular el amor por otra actividad”.

No son los niños los que deberían parecerse a los adultos en los hábitos de lectura, es más bien al revés. Y los datos dan la razón a Rodari, 50 años después

Los pequeños leen, de hecho, más que sus padres: niños y jóvenes son los grupos de población con mayor porcentaje de lectores en España, según los datos del reciente informe de literatura infantil y juvenil del Observatorio de la Lectura y el Libro del Ministerio de Educación 2017. Los jóvenes de 14 a 24 años son los españoles que más libros compran y los niños españoles están por encima de la media de la OCDE en comprensión lectora.

Que sí. Que a los niños sí que les gusta leer. El 77,2% de los niños de entre 10 y 13 años es un lector frecuente, esto es, que lee todos o casi todos los días o, al menos, una o dos veces por semana, en su tiempo libre. Y, por el contrario, más de un tercio de los españoles no lee libros nunca o casi nunca, según el CIS.

Porque leer, a no ser que los adultos se empeñen en que les parezca lo contrario, es divertido. Hay muchos métodos para enseñar a leer, “pero también hay muchas formas de que los chicos odien la lectura”, advierte Rodari en su antidecálogo titulado Nueve formas de enseñar a los niños a odiar la lectura. “Casi todos conocemos y practicamos con insistencia los distintos sistemas que hacen que los niños acaben sintiendo náuseas ante un libro”.

Presentar el libro como alternativa a la televisión es el primer mandamiento para conseguir que odien la lectura

También puede ser muy útil presentar el libro como alternativa a los cómics, como si éstos no alimentaran la necesidad de aventuras y la curiosidad. “Los chavales no solo necesitan buenas lecturas”, afirma Rodari. Que también advierte que creer que los niños tienen demasiadas distracciones y por eso no leen es tan infalible para que se alejen de los libros, como pedirles que lo lean “por papá y mamá”.

Aunque el más eficaz de todos los métodos se resume en uno: obligar a leer. “Sin duda alguna, se trata del método más eficaz para que los niños aprendan a odiar los libros”, escribe el maestro de la fantasía. “Para mayor garantía de la operación, anúnciese al chico que, una vez transcurrido el tiempo prescrito, deberá resumir en voz alta las páginas leídas”.

Al final, para que los niños amen la lectura, que es la vida misma, el camino más rápido es la imitación.  Si en casa se acude a los libros por placer, los niños leen. Y no es lo mismo mandar a un niño a leer a su cuarto como castigo que reservar un rato cada noche en el que elegir un título y leérselo como premio por haberse portado bien. Porque la lectura, para crecer disfrutándola, “debe ser un privilegio, no un deber”, resume Rodari.

Otro paso de esta receta infalible para educar niños en que no amen la lectura pasa por negarse a contarles un cuento por las noches con la excusa de que ellos ya saben leer ellos solitos; igual que no ofrecerles suficiente variedad para que se adapte a su humor, sus intereses y su personalidad.

No tienen que leer para ser mejores personas ni para aprender la tabla de multiplicar, sino para pasarlo bien

Los libros son un fin en sí mismo. Tal vez por eso los cuentos de este maestro de la fantasía nunca tenían moralejas, estaban hechos de imaginación por encima de todas las cosas. “¿Por qué no inventamos los números?”, se pregunta  Rodari en otro relato de Cuentos por teléfono que no quería enseñar matemáticas sino divertir: “Un remillón de billonazos, un ochete de milenios, un maravillar y un maramillón”.

No tienen que leer para ser mejores personas ni para aprender la tabla de multiplicar. Y da igual leer a Verne que un Mortadelo y Filemón, el caso es que se lo pasen bien, que empiecen a viajar, a imaginarse otros mundos, y a reír. Sobre todo reír.

Es curioso que, por más nitidez con la que recuerdo aquel país con el des delante y a los hombres de mantequilla, lo que no alcanzo a recordar es a mi madre leyéndome aquellos cuentos de Rodari. Supongo que era ella, pero juraría que era el mismísimo señor Bianchi el que me los contaba por teléfono. No recuerdo el libro. Recuerdo la mantequilla.