Pese al progresivo incremento de casos de cáncer, las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la principal causa de mortalidad en España, responsables de uno de cada tres fallecimientos, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

De ellas, una cuarta parte son accidentes cerebrovasculares o ictus, pero el resto están relacionadas con enfermedades del corazón (insuficiencia cardíaca, infarto de miocardio u otras manifestaciones de la cardiopatía isquémica, arritmias, enfermedades valvulares, etc.) Pese a estos datos, las mejoras en diagnóstico y tratamiento hacen que cada vez la supervivencia de estos pacientes sea mayor, y su calidad de vida vaya mejorando gracias a los tratamientos. Sin embargo, tras un problema de este tipo, y normalmente cuando el paciente recibe el alta, surgen infinidad de dudas ¿Hasta cuándo deberé guardar reposo? ¿Podré retomar mi día a día como antes? ¿Debo tener cuidado a la hora de realizar cualquier actividad física, o deporte si lo hacía con anterioridad?

Muchos afectados limitan su actividad física y su vida social al mínimo imprescindible por temor a una recaída o empeoramiento. Comprensible, pero contraproducente, porque para eso existe la rehabilitación cardíaca, según defiende la cardióloga Ana Alegría, que dirige la nueva Unidad de Rehabilitación Cardiaca que Ruber Internacional ha puesto en marcha en su Centro Médico de Paseo de La Habana, en Madrid, que defiende que “actualmente existe un consenso generalizado en relación con los beneficios del ejercicio moderado como terapia rehabilitadora en los pacientes cardiacos”.

Tras haber sido diagnosticado de alguna enfermedad cardíaca, haberse sometido a una cirugía o tras un infarto de miocardio, la rehabilitación debe formar parte del tratamiento junto a las terapias habituales a base de fármacos o dispositivos electrónicos. Y el ejercicio moderado y bajo supervisión, una dieta saludable y adecuada y el apoyo psicológico para afrontar la nueva situación sin miedos infundados son los tres pilares de este nuevo enfoque.

Las unidades de rehabilitación cardíaca se iniciaron en los años sesenta para atender a pacientes que habían sufrido un infarto agudo de miocardio. Posteriormente, el servicio se extendió a otras patologías cardíacas, como las enfermedades valvulares, cardiopatías congénitas o insuficiencia cardíaca. «Hoy en día, incluso pueden beneficiarse de la rehabilitación cardíaca aquéllos pacientes de alto riesgo cardiovascular, para prevenir que desarrollen enfermedad en el futuro”, apunta la doctora Alegría.

Los estudios han demostrado que la movilización precoz mejora la capacidad del corazón

“Los estudios han demostrado que la movilización precoz mejora la capacidad del corazón», reconoce esta experta, que no obstante aboga por diseñar programas específicos para cada persona.

El primer paso, según la cardióloga, es saber cómo ha quedado el corazón después de la lesión. Para ello, el paciente realiza una primera consulta con el cardiólogo especialista en rehabilitación, donde se realiza un ecocardiograma, un electrocardiograma y una prueba de esfuerzo con consumo de oxígeno.

Con estas herramientas se diseña un programa de ejercicio específico para cada persona, según su nivel de salud, de entrenamiento y sus necesidades, para lo que resulta clave contar con un equipo multidisciplinar formado por fisioterapeutas, nutricionistas y psicólogos, entre otras especialidades. El programa realizado en el gimnasio debe ser un comienzo en la práctica de ejercicio, pero lo importante es que el paciente traslade lo aprendido a su día a día y continúe realizando ejercicio físico a lo largo de toda su vida», asevera.

Beneficios no solo cardiovasculares

El ejercicio tiene una incidencia esencial sobre los factores de riesgo: disminuye el colesterol y los triglicéridos y, en función del consumo energético, aumenta la fracción HDL o colesterol «bueno». La rehabilitación cardíaca facilita el abandono del tabaquismo, el control de peso y la tensión arterial.

Según Alegría, “el ejercicio físico mejora los también introduce cambios favorables en la función de las plaquetas (evitando la formación de coágulos), ayuda al crecimiento y mejora la función de los capilares que alimentan el miocardio, consiguiendo progresivamente un corazón más fuerte, mejor irrigado y tonificado”.

Además, se ha comprobado que el ejercicio físico consigue disminuir la ansiedad y prevenir la depresión, trastornos frecuentes en personas con enfermedades coronarias. “Hay que ayudar a los pacientes a asumir su enfermedad, utilizarla para mejorar nuestros hábitos (dejar de fumar, comer mejor, controlar el estrés, etc), y trabajar para que nuestra enfermedad no nos limite en ninguna faceta de nuestro día a día”, sentencia.