En Berrocalejo (Cáceres) hay censados un centenar de habitantes. Menos de una décima parte de los que vivían en el pueblo en los años sesenta, cuando Emeterio emigró a la capital. La construcción del pantano de Valdecañas en aquellos años hizo que se inundaran algunas de las tierras del pueblo y aquello terminó por echar de allí a la mayoría de los vecinos. «Desde entonces muchos sólo veníamos de vacaciones, pero ahora vemos por lo menos 12 casas más abiertas, casi todos somos matrimonios jubilados que no tenemos obligaciones con los nietos».

A los nietos los ha dejado Emeterio en Fuenlabrada (Madrid), donde la pandemia ha pegado con fuerza y se ha producido el fenómeno contrario. De los 24 vecinos de su bloque quedan poco más de la mitad. El resto se han ido a sus pueblos. «Hoy mismo me lo ha dicho el que me recoge las cartas. Y hay otra pareja que está de médicos a la espera de solucionarlo y marcharse».

Una médica fue, precisamente, la que le dijo a Emeterio en septiembre que se marchase de Madrid. «La hematóloga primero me pidió que evitase el transporte público y mejor, salir de la ciudad. Así que decidimos venirnos al pueblo hasta que tenga que volver a revisión», explica Emeterio, que lleva más de dos décadas conviviendo con una leucemia y es, por ello y por su edad (75 años), población de alto riesgo frente al Covid.

Este vaciado de bloques de barrio y vuelta al pueblo lleva produciéndose en España desde que estalló la pandemia en marzo aunque ahora ha experimentado un nuevo auge tras las primeras restricciones de Madrid y el aumento de casos en otras grandes ciudades. Así lo corrobora Hermenegildo Marcos, portavoz de Atención Primaria Rural de la Organización Médica Colegial (OMC): «Ya pasó al principio de la pandemia, luego muchos de los que vinieron en verano no se han ido y ahora, además, están llegando más».

Y es que las restricciones impuestas en Madrid (previas al Estado de Alarma) o el aumento de casos en ciudades grandes ha motivado en las últimas semanas una nueva huida al ámbito rural. Ha ocurrido también en Alcolea de Calatrava (Ciudad Real), donde su alcalde Eduardo Plaza cuenta que este septiembre se ha completado la instalación de la segunda empresa de fibra óptica en el pueblo, que tiene menos de 1.500 habitantes. «No te puedo decir cuánta gente ha llegado porque no todos se empadronan pero en un pueblo pequeño como el nuestro enseguida se notan los coches que son de gente de fuera, se ve a la gente en la farmacia… Se palpa. Tenemos gente de Madrid, Valencia y algo de Barcelona», explica el regidor, que reconoce que las posibilidades «de salir más a pasear o tener el campo cerca» están entre los atractivos del mundo rural.

En Trescasas (Segovia), miden esta llegada de nuevos vecinos en base al agua consumida. «Este verano hemos consumido más agua que nunca, para que te hagas una idea, el municipio de al lado tiene censados 3.200 habitantes, nosotros 1.100 y hemos consumido más que ellos», explica el alcalde, Borja Lavandera.

En este pueblo segoviano, muchos habitantes que tenían aquí sus segundas viviendas han realizado reformas este verano para quedarse. «Son sobre todo de Madrid y Guadalajara, muchos habían emigrado hace décadas y ahora han decidido volver». El pueblo cuenta con fibra óptica y aunque «muchos son jubilados, también hay gente más joven que está teletrabajando».

Esta gente también está haciendo uso de los servicios sanitarios o la farmacia del pueblo. «Afortunadamente la semana pasada nos abrieron el consultorio que llevaba cerrado desde el estado de alarma. Y ya hay gente que está cambiando su cartilla o pidiendo ser atendidos aquí. También lo están notando en la farmacia, donde les llegan recetas de otras comunidades autónomas», explica Lavandera.

Los médicos, «preocupados»

El portavoz de los médicos rurales muestra «preocupación por esta vuelta a los pueblos» porque aunque entendemos que no llega gente con síntomas «sí pueden llevar el virus a pequeños municipios que están libres de él y en los que la población está envejecida y puede sufrir mucho en caso de producirse un brote». Por eso, apela a «la responsabilidad de quienes vayan a los pueblos, para que no relajen las medidas de protección y distanciamiento, que aunque se perciba más tranquilidad no bajen la guardia».

Esa es la actitud de Emeterio y su mujer, Brígida, que se impusieron su propia cuarentena al llegar a Berrocalejo en septiembre. «Los primeros días tuvimos mucho cuidado y mi mujer, aunque le gusta la misa, no entró en la iglesia. Para la próxima semana ya irá, cuando hayan pasado unos días».

En general, opina el alcalde de Alcolea de Calatrava, «la gente es respetuosa y no hay conflicto con los vecinos». «En alguna ocasión me han preguntado por la calle ‘a ver qué nos van a traer estos de Madrid’ pero en general en los pueblos somos gente muy acogedora y con la mayoría hay lazos de familia o amistad», añade.

En Trescasas los problemas «puntuales» que ha habido también se dieron fundamentalmente en los primeros meses de epidemia. «Hubo una minoría que llegó al pueblo, a algunos ni los conocíamos, sin respetar las normas, que iban sin mascarilla o usaban los parques que estaban cerrados. Pero fueron casos puntuales y ahora ya creo que la gente está más mentalizada y no estamos viendo estos casos», afirma el alcalde segoviano.

También hay sobrecarga asistencial

Un problema preocupa a Marcos además de la posible expansión del Covid a pueblos donde no hubiera y es el efecto de esta llegada de habitantes sobre la ya saturada atención primaria rural. «La mayoría de los que llegan son jubilados y por tanto gente mayor que requiere, en general, de un mayor control de su salud. Por eso suponen una sobrecarga asistencial a lo que ya tenemos que soportar, aquí en general hay muchos médicos mayores que se van jubilando y no se sustituyen. En mi centro de salud, por ejemplo, de ocho médicos hace una semana éramos tres entre bajas, una jubilación no repuesta y vacaciones. Así no se puede estar y menos asumir más trabajo», explica el portavoz de la OMC.

Emeterio y su mujer han sacado la tarjeta de desplazados en Extremadura, un documento que han de revalidar cada dos meses, aunque para el control de su enfermedad crónica prefieren acudir a Madrid. «Voy a Madrid porque allí están mis médicos y mi historial, lo que he hecho ha sido intentar espaciar más las revisiones para poder estar más tiempo en el pueblo».

«La vida», el lado positivo

No sólo jubilados, en algunos casos también son familias con niños dónde los padres están teletrabajando las que han optado por instalarse en la casa del pueblo o quedarse en ella tras las vacaciones de verano. «Entre lo positivo que nos trae esta vuelta está el posible impacto económico pero también la alegría de ver a niños jugando en la plaza, le dan vida al pueblo», afirma el alcalde de Alcolea de Calatrava.