España dice ‘adiós’ a las mascarillas. Desde este miércoles su uso en interiores deja de ser obligatorio, con la excepción del transporte público, farmacias, hospitales y centros residenciales tras dos años en los que taparse la cara en espacios cerrados ha sido fundamental para frenar el avance del covid.

Esta nueva medida, aprobada el martes en Consejo de Ministros, supone un paso simbólico y definitivo hacia el fin de la pandemia, aunque desde Sanidad recomiendan que la población vulnerable continúe usando mascarilla de forma generalizada para minimizar el riesgo de contagio. Más allá de una cuestión de salud, dejar la cara al descubierto se plantea como un verdadero reto para muchos, en especial para los niños y adolescentes que han socializado con ella puesta durante su etapa de desarrollo físico.

Es lo que se conoce como el síndrome de la cara vacía, una fobia que se caracteriza por la sensación de ansiedad e inseguridad que provoca el mostrar la cara y que ahora ha crecido tras la irrupción del covid-19. De este miedo a ir con el rostro al descubierto que ya está surgiendo, en gran parte por complejos físicos, habla Ovidio Peñalver, psicólogo y psicoterapeuta. «Se trata de un miedo irracional, la gente se ha protegido detrás de la mascarilla y ha tapado sus complejos», señala.

La mascarilla ha funcionado como una especie de barrera. «Ocultar la cara es una conducta evasiva. Esto genera dependencia porque se niega una realidad. Ahora, el hecho de quitársela en interiores tiene un punto de desnudarse y mostrarse a los demás tal y como somos», añade Peñalver. Aunque puede pasarle a cualquiera, en el caso de los preadolescentes esto puede ser especialmente difícil, ya que los cambios hormonales, los brotes de acné o el uso de aparato dental suelen estar detrás de esta negativa a quitarse la mascarilla. «Al final, todo esto tiene que ver con quererse, aceptarse y con la autoestima».

No obstante, Peñalver pronostica que la presión de grupo va a pesar más en los jóvenes a la hora de deshacerse de la mascarilla que las inseguridades. «Son sensibles a ser minoría, así que en cuanto vean que la mayoría de sus amigos se la quitan, no la van a llevar para no ser diferentes y evitar que se metan con ellos».

En cuanto los jóvenes vean que sus amigos se quitan la mascarilla, no la van a llevar ellos tampoco para no ser diferentes

En esto coincide Arturo Gracia, psicólogo del centro Ellis, que asegura que el virus «simplemente ha potenciado lo que una persona ya era previamente» en referencia a los defectos y miedos, y alerta de que la presión del entorno puede exacerbar la ansiedad si no son aceptados en el caso de que decidan continuar con ella puesta, incluso llegando a sufrir acoso.

Por otro lado, el uso de los móviles ha sido un salvoconducto para los jóvenes a la hora de relacionarse durante el confinamiento, pero según el experto en comunicación sanitaria de la Fundación Casaverde Julio García Gómez la falta de diálogo en persona por el uso de las redes sociales ha fomentado, en parte, el miedo a hablar sin mascarilla.

«Hablan a través de plataformas pero se comunican y dialogan muy poco, casi no utilizan el teléfono o la conversación personal. Ya les costaba antes del coronavirus, pero desde hace dos años he visto incluso a jóvenes a un metro de distancia que se comunicaban por chat», cuenta. García recalca que ahora la conversación cara a cara va a ser más eficaz al poder ver el rostro de la otra persona. «Al quitarse la mascarilla van a comunicarse mejor porque van a poder leer los labios y desarrollar aún más el lenguaje verbal y no verbal».

Recomendaciones para superar el síndrome

Las fuentes consultadas coinciden en que es necesaria una vuelta a la normalidad, ya que este ‘efecto secundario’ también lo sufren adultos y mayores que temen contagiarse o que ya tenían pánico escénico antes de marzo de 2020 pero cuyo miedo a hablar en público ahora se acrecienta. Para intentar superar esta fobia, recomiendan para estos casos dejar de usar la mascarilla de forma progresiva así como introducir ejercicios de relajación. Incluso puede ser útil acudir a un especialista para tratar el problema de raíz, tal y como cuenta a este diario Sergio García, psicólogo del centro Valmen que ha visto cómo las consultas por este tipo de problemas son cada vez más habituales.

También es aconsejable empezar por pequeños ejercicios como grabarse a sí mismos primero solos y luego en compañía de algún familiar para llegar a la autoaceptación, según Julio García Gómez. «Puede ayudar el hecho de grabar su propia imagen y su voz. Al principio no les gustará lo que vean, pero a medida que vayan ejercitando se acostumbrarán a oírse y verse y que los demás les vean, por lo que irán ganando seguridad y confianza al ver que lo van haciendo mejor y que las personas con las que interacciona reaccionan bien».