Salud

Eutanasia, 18 meses aprendiendo a ayudar a morir

Eutanasia: 18 meses aprendiendo a ayudar a morir

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En verano de 2021 entró en vigor la legalización de la eutanasia en comunidades como Cataluña. 18 meses después, los profesionales de la sanidad han superado resistencias, experimentado las dificultades prácticas, también las ventajas, de una ley tremendamente garantista y los usuarios de la sanidad empiezan a asumir la eutanasia, también, como una opción más al final de la vida.

Un tiempo que ha servido, entre otras cosas, para revisar la formación que reciben los sanitarios sobre la eutanasia explica la doctora Núria Masnou, referente de eutanasia para los hospitales del Instituto Catalán de la Salud (ICS).

Tiempo para preparar al enfermo, pero también al médico responsable. «La eutanasia es un acto médico difícil que nos lleva a cuestionarnos muchas cosas» como médicos, señala Masnou, incluso en los más firmes convencidos de esta opción. «Siempre hay una reacción anímica del profesional»

El primer año en cifras

En España se practicaron 180 eutanasias el primer año de aplicación de la ley. En 22 se han donado los órganos del paciente, que han permitido realizar 68 trasplantes. Lo explicó la ministra de Sanidad, Carolina Darias, el pasado junio durante el acto conmemorativo del primer año de en entrada en vigor de la Ley de la Eutanasia.

En este periodo, Cataluña y Asturias son las únicas comunidades que han ofrecido datos sobre la aplicación de esta ley. La sanidad catalana ha practicado 60 eutanasias en el primer año de aplicación de la Ley catalana de muerte asistida.

En esos doce meses hubo 137 solicitudes, de las que se denegaron ocho. Cinco personas revocaron su decisión y se aplazaron -por decisión de los solicitantes- otras cuatro. Además, cinco peticiones estaban ya aprobadas pero pendientes de ejecutar y en 9 ocasiones los solicitantes murieron antes de completar el proceso.

El doctor Albert Tuca, oncólogo y presidente de la Comisión de Garantías de Cataluña, hace un balance «positivo» del primer año de implantación del programa, que ha tenido una «alta demanda» y una «adecuada respuesta».

En Asturias once personas solicitaron ayuda para morir durante ese primer año de la aplicación de la Ley de Eutanasia, de los que cinco recibieron asistencia para morir. Otros cuatro pacientes fallecieron antes de completar el proceso.

Sufrimiento insoportable

Salvo en dos casos, que fueron denegados, el resto cumplían los criterios establecidos en la ley de «situación de padecimiento grave, crónico e imposibilitante o de enfermedad grave e incurable, padeciendo un sufrimiento insoportable que no puede ser aliviado en condiciones que considere aceptables», explicó en junio la Consejería de Salud del Gobierno asturiano.

El problema, en muchos casos radica en «definir qué es un sufrimiento insoportable», señala Masnou. «La eutanasia no es blanco o negro, son todos los grados del gris. En los enfermos terminales no hay duda, pero sí hay casos en que dudas de las capacidades del enfermo». También de los motivos para pedir la eutanasia. Son los casos en que se acaba denegando la eutanasia.

«Todas las dimensiones del sufrimiento» deben ser consideradas a la hora de evaluar una petición de eutanasia, añade Tuca. Se refiere al sufrimiento físico, pero también al psíquico, el emocional y el metafísico. Especialmente complejo es el caso de personas mayores con diversas patologías pero ninguna terminal, explica Masnou.

«Hay personas que se sienten como una carga, eso es difícil de cambiar» explica la doctora, que advierte que durante las entrevistas «no podemos cuestionar sus razones» y aboga por «no ser intrusivos» a la hora de valorar la decisión del paciente. Una apreciación que no comparten todos los facultativos.

El entorno del paciente

En el artículo «Comunicación con la persona que solicita eutanasia» las doctoras Rosa Duro, Elena Muñoz y Eva Peguero abogan por «explorar el entorno del paciente y sus razones para la eutanasia, así como sus miedos y barreras». Y recomiendan explícitamente preguntar «qué tendría que pasar para no solicitar la eutanasia«.

El peticionario de eutanasia debe acreditar en primer lugar una enfermedad grave e incurable que origine un «sufrimiento intolerable» explica Tuca. Pero no se puede obviar que «la intensidad del sufrimiento es propio de cada paciente». De ahí la dificultad que entrañan también las peticiones de eutanasia de enfermos psiquiátricos, explica Masnou. «Tenemos que estar seguros de que es el paciente quien toma la decisión, no la enfermedad» señala, por eso en estos casos es imprescindible la participación de un psiquiatra en el equipo de acompañamiento.

Desde la asociación Derecho a una Muerte Digna (DMD) matizan este criterio y apuntan a una percepción equivocada de la eutanasia. No es solo una cuestión de dolor, advierten, sino de llegar a un punto de falta de autonomía personal que te lleva a considerar tus condiciones de vida ya no son aceptables.

Perfil de los pacientes

El perfil mayoritario de las personas que han solicitado la eutanasia es el de un paciente con enfermedad terminal o neurodegenerativa sin cura con una «decisión muy meditada», explican desde la asociación DMD.

El retrato ofrecido por el Gobierno de Asturias, el único disponible de momento, encaja con ese perfil. Personas que padecían enfermedades neurológicas y oncológicas irreversibles, incapacitantes, de larga evolución, en fases muy avanzadas y sin alternativas terapéuticas. La edad media de los solicitantes es de 60 años; la persona más joven tenía 41 años y la de mayor edad, 77.

«Son personas que aman la vida» explica la doctora Masnou, por eso tienen claro que ya no quieren seguir en esas condiciones, añade. La Asociación DMD señala además que los solicitantes de eutanasia suelen tener un perfil de clase media-alta. «Gente que ha tenido una buena vida y la que le resulta insoportable no tener control sobre su propia vida» resume su portavoz.

En los países en los que la eutanasia lleva tiempo implantada, sin embargo, el mayor número de solicitantes de eutanasia está entre los pacientes oncológicos con cáncer terminal. Un perfil que se repite en Bélgica y Holanda, donde la ley está vigente desde hace dos décadas, o en Canadá, donde se aprobó en 2016.

El proceso de deliberación

Cuando un paciente solicita la eutanasia se abre un proceso largo y garantista. El primer paso es una entrevista con el médico que va a llevar el proceso de muerte asistida. El propio médico de cabecera, si no es objetor, y sino el facultativo al que lo derive, acompañará al paciente en un proceso deliberativo sobre la aplicación de la eutanasia y elaborará el informe médico.

Diez días después se realiza una segunda entrevista de nuevo con el médico y un responsable legal para verificar el proceso. Completado el informe médico y jurídico, el paciente debe ratificar la petición quince días después. La documentación pasa entonces a un segundo equipo de verificación. Y finalmente la Comisión de Garantías debe avalar el proceso.

Solo entonces, el médico volverá a hablar con el paciente para que éste fije el momento y lugar de la muerte asistida. Habrán pasado entre 40 y 50 días desde la primera petición, según los promedios de Cataluña y Asturias. El objetivo, relata Tuca, es que pasen menos de dos meses entre la primera solicitud y la aplicación de la eutanasia. Un plazo que considera imprescindible para permitir la «deliberación serena» del paciente y cumplimentar todos los controles

Se trata de un proceso «muy burocrático» reconocen los médicos que ya han participado en alguna eutanasia. Pero la doctora Masnou lo defiende. «La verificación previa no es habitual, pero da tranquilidad a los que acompañan» al paciente en su decisión de morir. «Es un camino doloroso para los profesionales» añade, que pasan «de la sorpresa a la empatía, y de ahí a la compasión» tras una petición de eutanasia.

Las opciones

El paciente se enfrenta durante el proceso a varias opciones. Se le planteará si quiere ser donante de órganos, lo que determinará también el modo en que se practique la eutanasia, puesto que obliga a realizarla en un centro hospitalario. Si no es donante, puede escoger recibir la ayuda a morir en un hospital, en su domicilio, en la residencia si es el caso, o en algún otro lugar especial.

También quién le acompañará en ese momento, en el que el equipo médico tiene que estar obligatoriamente presente, algo que la doctora Masnou considera «demasiado invasivo» en un momento «muy íntimo» y uno de los aspectos a revisar de la ley.

Por último, el muriente puede optar por que sea el sanitario quien le administre la medicación para morir o un suicidio asistido, por vía endovenosa o con un jarabe letal.

Los médicos

El médicos «responsable», al que el paciente se dirige para pedir la eutanasia y que lo acompañará en todo el proceso suelen ser los médicos de cabecera, oncólogos y expertos en neuropatías por la alta incidencia de enfermos de cáncer y dolencias neurodegenerativas.

Albert Tuca destaca la importancia de la campaña de sensibilización llevada a cabo por el Instituto Catalán de la Salud. «Ningún médico se había enfrentado hasta ahora a esta situación» explica el presidente de la Comisión de Garantías. Por eso «era imperativo dar respuestas» sobre un proceso que define como «ético, laico y humanista».

Añade que desde el punto de vista puramente documental el proceso «también es complejo». Por eso es determinante, añade, el trabajo de los «referentes» -equipos integrados por médicos y trabajadores sociales- que dan apoyo a los médicos que afrontan su primera eutanasia. Una figura clave para calibrar el compromiso de cada territorio en la implantación de la eutanasia, añaden desde la asociación DMD.

Los objetores

En ningún caso puede haber un centro sanitario en el que todos los médicos sean objetores de conciencia. «La objeción es una cuestión moral y personal» recuerda Tuca, quien asegura que el porcentaje de objetores es menor en Cataluña que en el conjunto de España.

En una encuesta del Colegio de Médicos de Madrid elaborada en 2019 el 25% de los consultados aseguraba que se haría objetor y el 12,5% se lo planteaba, es decir, se apuntaba a un tercio de los médicos objetores. Las encuestas realizadas por los colegios de médicos de Las Palmas o Tarragona muestran porcentajes similares un año antes de la aprobación de la ley.

DMD advierte, sin embargo, de la posible existencia de «objetores de conveniencia». Sin cuestionar en ningún momento la objeción moral, advierten de que puede haber médicos que se declaren objetores más movidos por la saturación asistencial del sistema sanitario, especialmente en la atención primaria, que provoca resistencias a asumir un proceso que es costoso en tiempo y desgaste del profesional.

En este sentido, apuntan que el acompañamiento en proceso de eutanasia debería suponer como mínimo la liberación de dos o tres días de agenda para completar el proceso deliberativo con el paciente y acompañarlo el día de la muerte asistida. Este primer año y medio ha servido para «empezar a pedir que se dimensione la prestación» al ser conscientes del tiempo y dedicación que exige un proceso de eutanasia a los profesionales, confirma la doctora Masnou.

En todo caso, tanto si el médico como el centro -por motivo de adscripción religiosa- se declaran objetores, tienen la obligación de derivar al paciente a otro facultativo dispuesto a aplicar la muerte asistida.

Cifras en aumento

Estas cifras «probablemente crecerán» en los próximos años, reconoce el consejero de Salud, Josep Maria Argimon, en la medida en que esta opción cuaje culturalmente. Una opinión que comparten desde la DMD, hasta que la eutanasia se haya normalizado y se estabilice en cifras similares a los países de nuestro entorno. La eutanasia supone el 2% de las muertes anuales en Bélgica, el 4% en Holanda.

La doctora Masnou va más allá. «En España no hay cultura de la muerte, le damos la espalda» señala para apuntar que, en la medida en que se normalice la eutanasia «será una opción más».

En este contexto, será clave que se extienda también el uso des documento de últimas voluntades. Especialmente en el caso de enfermedades neurodegenerativas, en las que esta prevención «tendría que ser casi obligatoria» reflexiona Núria Masnou.

Sólo si el paciente pierde competencias y ha formalizado el testamento vital especificando que quiere la eutanasia se puede acortar el proceso deliberativo, recuerda Tuca en este sentido.

La DMD advierte, sin embargo, que desde que se aprobó la regulación de documentos de últimas voluntades -en 2002- ellos han recomendado incluir una cláusula en la que se solicitara la eutanasia, aunque todavía no hubiera sido legalizada. Por tanto, los testamentos vitales que la incluyeron en su momento ya son válidos a la luz de la Ley de Eutanasia.

Las familias

El doctor Tuca asegura que han registrado pocos casos en los que la familia se resista y muestre reticencias a la aplicación de la eutanasia. «En la mayoría de los casos encontramos un altísimo grado de acuerdo de la familia» con una decisión que «el paciente ya ha compartido».

Más allá de su apoyo al paciente, los cuidadores deberían recibir también apoyo del sistema sanitario, añade la doctora Masnou, que apunta que la aceptación va acompañada muchas veces de un sentimiento de culpa por «no haber sabido cuidar» a esa persona. «Tienen que recibir apoyo psicológico para que el duelo, por lo menos, no sea patológico».

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