“Si volviera a haber una guerra civil quien perdería sería el país”, decía en sesión parlamentaria el entonces secretario general del Partido Comunista, Santiago Carrillo, en diciembre de 1977, en una idea que podría recordar al título de las tan comentadas jornadas de la Fundación Cajasol, La Guerra que perdimos todos, y que a tantos han indignado. “El título juega a la equidistancia, con o sin interrogación, simplemente el plantear la pregunta, creo que ya insulta a la inteligencia”, decía una tertuliana desde la Cadena SER.

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En TVE un destacado periodista y músico planteaba que introducir a dos políticos de derecha como José María Aznar o Iván Espinosa de los Monteros en una jornada para hablar sobre la Guerra Civil era el equivalente a hacer un debate sobre la Segunda Guerra Mundial con "negacionistas del Holocausto" entre sus participantes. Ante tal comparación, cabría pensar que el expresidente desbigotado iba a intervenir en la Feria de las Letras poseído por el espíritu de David Irving afirmando que nunca existió la matanza de Badajoz y que el bombardeo de Guernica era en cuento chino. Una hipótesis que no concuerda mucho con la trayectoria de un político bajo cuyo mandato como presidente del Gobierno y del Partido Popular se produjo en el Congreso de los Diputados la primera condena unánime a la represión franquista. Concretamente en la sesión parlamentaria del 20 de noviembre de 2002. Fue a instancias de Izquierda Unida y respaldada por la totalidad de los diputados del PP presentes, incluido el propio Aznar.

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El título de la jornada no era “Las mentiras de la guerra que nos tragamos todos” ni nada que pudiera hacer ver un aire negacionista en las meninges de Pérez-Reverte o Vigorra al planificar el acto. Luego la crítica no es a un negacionismo, sino a una equidistancia. El rechazo es a que se permita que en un acto sobre la Guerra Civil aparezcan oradores dispuestos a sostener que tanto izquierda como derecha tuvieron responsabilidad en el estallido de la Guerra Civil de 1936, frente al planteamiento de que en la guerra un bando (los perdedores), fueron los buenos a los que nada puede reprocharse y otro (los ganadores) fueron los malos en cuya cuenta debe caer toda la responsabilidad de cada muerte. Ahí se agradece la claridad de la tertuliana Santaolalla, que, sin complejos, hablaba abiertamente de "buenos y malos" al expresar su posición en TVE.

Por lo pronto resultaría práctico plantear que hablar de “crímenes de dos bandos” en una guerra no tiene por qué suponer igualar a sus cúpulas en responsabilidad, legitimidad o atrocidad. En todo caso lo único igualable en dos bandos de una guerra es el dolor y daño sufrido por las víctimas y sus entornos, y el respeto que deben merecer todas ellas, incluidas las que pudieran ser clasificables como “víctimas pertenecientes al bando de los malos” por tertulianos televisivos.

No resultaría sensato que si un orador en un coloquio sobre los Balcanes osara recordar a las víctimas de la matanza de Krajina de 1995, causada por tropas croatas, debiera ser inmediatamente estigmatizado como blanqueador del genocida serbio Milosevic. O que se asumiera que recordar crímenes de Franjo Tudjman supone querer buscar la equidistancia para suavizar los horrores del ejército serbo-bosnio en Srebrenica. O, por tomar el ejemplo sugerido por el periodista Miquel Ramos: ¿reprobaría este tertuliano que en unas jornadas sobre la Segunda Guerra Mundial interviniera un ponente para hablar de los bombardeos de Hiroshima? ¿Diría entonces Cristina Monge que recordar a las familias japonesas destrozadas en Nagasaki es buscar la equidistancia y ofender a la memoria de las víctimas de las tropas del Eje, incluyendo los 100.000 civiles filipinos asesinados por los nipones en la matanza de Manila?

“Pocos españoles están libres de responsabilidad de la tragedia sufrida por el pueblo español. De los que ocupábamos cargos políticos, ninguno”, reprochó Prieto a Juan Negrín

Varios dirigentes del Frente Popular dejaron en la historia declaraciones en las que venían a reconocer los crímenes en ambos bandos. El dirigente del PSOE Juan Simeón Vidarte lo tuvo claro al escoger el título del libro donde dejaba testimonio de sus vivencias en la década de los treinta: Todos fuimos culpables. Su jefe de filas, Indalecio Prieto, ya advirtió a sus correligionarios tras la matanza del 22 de agosto de 1936, cuando incontrolados del Frente Popular liquidaron a balazos a los principales presos de la Cárcel Modelo (incluyendo diputados elegidos democráticamente en las elecciones de febrero de 1936 como José María Albiñana o republicanos contrarios a la izquierda como Melquiades Álvarez y Ramón Álvarez Valdés), que por culpa de ese tipo de crímenes "ya habían perdido la guerra".

En la Fundación Prieto queda el intercambio de cartas que el veterano socialista bilbaíno mantuvo con el doctor Juan Negrín, su primero aliado y luego archienemigo, y su valoración sobre quién tenía más responsabilidad en el desenlace de la guerra. La última respuesta de Prieto al respecto recuerda al título de las jornadas de Cajasol: “Pocos españoles están libres de responsabilidad de la tragedia sufrida por el pueblo español. De los que ocupábamos cargos políticos, ninguno”.

No parece probable que Prieto, al compartir estas reflexiones, se estuviera comparando a sí mismo con Franco, precisamente. Más bien parecía sentir la tragedia de todas las víctimas de la Guerra Civil por igual, no diferenciando “víctimas del bando de la izquierda” o “víctimas del bando de la derechas”, sino a todas como “víctimas” del pueblo español, que es la única igualación que merece la pena considerar.

Pero si TVE nos convence de que planteamientos como los de Prieto suponen “comprar el marco equidistante-fascista” y que lo más maduro para hablar de conflictos armados de la historia es usar las etiquetas de “buenos” y “malos” y, apartando los episodios (y las víctimas) que no encajen con ellas, no hay más que hablar.