De escondidos y tapadas están las situaciones de la vida llenas. De norte a sur y del barroco a nuestros días. Cerca del mar y en plena meseta, en los cementerios y en los lugares de ebullición de la cotidianidad más exacerbada. Escondidos, tapadas, ocultaciones, verdades a medias, mentiras sin trampas, olvidos fingidos, sueños recurrentes, muros que impiden ver, ventanas y puertas cerradas, falsos espejos, disfraces, capas, sombreros que ocultan los rostros, maquillajes, risas distorsionadas.
En El escondido y la tapada de Calderón de la Barca hay juego y ocultación, desengaños y normas sociales, la mujer se tapa el rostro para poder moverse más libremente, para mostrar ese grado de rebeldía y osadía al mismo tiempo, aparenta para conseguir su objetivo.
El hombre, el galán, el enamorado, el pendenciero si queremos llamarlo así, sin embargo, tiene que esconderse para proteger su vida y no poner en evidencia a su amada, o sus amadas, en un secretismo cantado, en un suspense a la sombra de la muerte.
Beatriz Argüello ‘mueve’ a todos los personajes en esa dualidad del engaño bajo las capas, imprimiendo ritmo, abriendo laberintos, estancias ocultas, callejones oscuros, habitaciones donde, aparentemente, no hay salida, pero se enredan, se confunden, no pueden quedarse simplemente contemplativos.
Se esconden las realidades humanas dentro de un entramado de casas que giran, de sorpresas inquietas, donde se nos muestra lo tapado y lo evidente se ensalza, sin olvidar detalles de humor donde el amor no es único ni exclusivo.
Hay entradas y salidas de escena constantes, a modo del juego de la gallinita ciega, si te toco te atrapo, si me atrapas, me escapo.
La mujer, protagonista
La Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico le imprime ritmo y buena dicción al verso, como no podía ser de otra forma, sonando de manera natural, acercándolo al oído del espectador de hoy, con la maravilla del lenguaje de Calderón que no pierde su esencia poética sin resultar nada cursi, todo lo contrario, nos asombra, todavía.
Aquí se cede al protagonismo y el desparpajo de la mujer, a su rebeldía, su no dejarse manipular por fanfarrones de capa y espada y falsos enamorados.
El escondido cede protagonismo a la tapada, que es la que toma las riendas de la acción desafiando las normas sociales que se esperan de ella. Aunque, finalmente, las intenciones nobles imperen y todo el conflicto se resuelva. El honor queda salvado, y los amores emparejados. Y aquí, todos satisfechos.
La tapada ya no se oculta solamente para pasar inadvertida en el juego amoroso, sino que toma cartas en el asunto y adquiere protagonismo con respecto al escondido.
Carolina África realiza la versión del texto remarcando que la tapada se tapa por su propio interés, no porque deba ocultarse, sino porque, a veces, muchas veces, es mejor disimular y pasar inadvertida para lograr lo que se pretende. Ha limado asperezas en términos que pudieran estar en desuso, pero sin perder el ritmo del verso. No resuena con una alta rima que pudiera chocar con los espectadores más jóvenes.
Que, por cierto, en la Plaza de Santa Ana preside la estatua del gran Calderón inaugurada en 1880. Compaginen sus fotos junto con la escultura de otro dramaturgo, García Lorca, que ambos merecen paralelo respeto.
El escondido y la tapada, de Pedro Calderón de la Barca en versión de Carolina África dirigida por Beatriz Argüello. En el Teatro de la Comedia de Madrid hasta el 26 de abril
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