Estados Unidos

Sangre y fuego en La Roca: la espeluznante batalla que sacudió la cárcel de Alcatraz

Alcatraz Island as seen from the East. The small island in the San Francisco Bay was developed with facilities for a lighthouse, a military fortification, and a prison. It received designation as a National Historic Landmark in 1986.
Vista de la isla de Alcatraz desde el Este. | Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International. Frank Schulenburg
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Entre el 2 y el 4 de mayo de 1946, la cárcel más famosa del mundo se convirtió en un auténtico campo de batalla. Lo que inició como un meticuloso plan de fuga en la Penitenciaría de Alcatraz degeneró en un asedio militar de tres días que dió como resultado un saldo de cinco muertos y quince heridos, lo que puso en entredicho la supuesta inexpugnabilidad de "La Roca".

Los protagonistas del caos

La prisión de Alcatraz albergaba a los mayores criminales de  Estados Unidos. Bernard Coy, un ladrón de bancos de la época de la Gran Depresión, fue el instigador y mente maestra detrás del plan de fuga. Aprovechando sus conocimientos de su anterior trabajo como ordenanza, se dedicó a estudiar detalladamente las vulnerabilidades de la seguridad penitenciaria y así trazar una ruta para escapar de su cautiverio. A él se unieron otros reclusos de alta peligrosidad, como Joseph Cretzer, un gángster de la Costa Oeste con un largo y violento historial de intentos de fuga y asesinato o Clarence Carnes, el prisionero más joven de Alcatraz (había ingresado a los 16 años), quien cumplía cadena perpetua más 99 años por secuestro. 

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La llave maestra

El 2 de mayo, Coy ejecutó su plan. Tras meses de pasar hambre para adelgazar, utilizó un dispositivo expansor casero para separar los barrotes de la galería de armas y pasar a través de ellos. Una vez dentro de esta zona restringida, sometió al guardia de turno, se armó con un rifle Springfield, una pistola M1911 y granadas de gas. Después se dirigió a liberar a sus cómplices.

El plan era claro y dependía de una sincronización perfecta. Coy y sus secuaces debían tomar a los guardias como rehenes, abrir la puerta del patio, acceder al muelle y secuestrar la lancha de la prisión que llegaba diariamente entre las 14:10 y las 14:30 para escapar del recinto.

El patio estaba cerrado bajo llave y era de difícil acceso, pero los prisioneros eran conocedores de que un guardia, William Miller, había conservado la llave de la puerta, a pesar de que era algo que iba en contra del reglamento. Miller trató de ocultarla tras conocer la fuga de los internos, pero finalmente estos la encontraron escondida en el inodoro de la celda donde tenían encerrados a los rehenes. No obstante, las cosas se torcieron para los escapistas. Al dirigirse al portón exterior del patio, probaron tantas llaves equivocadas que terminaron por atascar la cerradura, inutilizándola. 

No había ya nada que hacer, el plan de fuga había fracasado. Pero aún estando atrapados dentro del bloque principal, los prisioneros estaban fuertemente pertrechados y no tenían intención de deponer las armas.

La intervención militar

Al verse acorralados y sin salida, los convictos empezaron a perder los nervios. Instigados por otros reclusos como Sam Shockley y Miran Thompson para que no quedaran testigos que pudieran declarar en su contra, Cretzer comenzó a abrir fuego contra la celda que contenía a los nueve oficiales rehenes, hiriendo a cinco de ellos de gravedad. Al caer la noche, la situación había superado por completo la capacidad de las autoridades penitenciarias, y provocó una respuesta sin precedentes: El alcaide James A. Johnston solicitó ayuda federal urgente a la base naval cercana de Treasure Island.

En respuesta a la llamada, se desplegaron pelotones de los Marines de los Estados Unidos, liderados en el terreno por el veterano de la Segunda Guerra Mundial, Charles Lafayette Buckner. Sin entablar negociaciones, los militares irrumpieron en la cárcel aplicando tácticas de la Guerra del Pacífico, perforaron el techo del pabellón y lanzaron granadas en los corredores de servicio para arrinconar a los rebeldes. Durante la noche del 3 de mayo y la madrugada del 4 de mayo, las fuerzas de asalto mantuvieron un fuego continuo sobre las posiciones de los convictos, y finalmente, a las 09:40 del 4 de mayo, los oficiales entraron al corredor de servicio neutralizando definitivamente la amenaza.

El destino de los amotinados

La Batalla de Alcatraz había terminado, pero no fue un rescate limpio. Entre las bajas de las autoridades, se encontraba el guardia Miller, falleció a causa de las heridas de bala infligidas a quemarropa por Cretzer en la celda de rehenes. Además, el oficial Harold P. Stites perdió la vida trágicamente al ser alcanzado por fuego amigo durante los confusos intentos de rescate. Se le suma catorce oficiales adicionales resultaron heridos durante los tres días de enfrentamientos.

En el caso de los encarcelados, los principales cabecillas (Bernard Coy y Joseph Cretzer) se negaron a rendirse y fueron abatidos durante el asalto final. En el caso de Shockley y Thompson, por su papel instigador en el intento de asesinato de los guardias rehenes, fueron juzgados, condenados a muerte y ejecutados simultáneamente en la cámara de gas de San Quintín en diciembre de 1948. El prisionero más joven, Carnes, se salvó de la pena capital gracias a que los oficiales tomados como rehenes testificaron que se había negado a seguir las órdenes de asesinarlos. Recibió una cadena perpetua adicional y finalmente falleció en prisión en 1988.

Tras esta tragedia, la administración penitenciaria implementó controles tan severos que Alcatraz no volvió a registrar un solo intento de fuga durante toda la década siguiente.

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