17 de mayo de 2013. San Neptuno, y tras lo de 2014 más aún. En apenas un mes se cumplirán 13 años de aquella bendita fecha. Los mismos que el Atlético de Madrid lleva sin jugar una final de Copa. Si bien, conviene subrayarlo, por el camino hasta la actualidad se conquistaron muchos más títulos domésticos e internacionales. El último, la Liga del 21; la del parking de Valladolid. Cierto es que el hambre de un lustro es notable; aunque la afición rojiblanca no se alimenta exclusivamente de trofeos, sino de que sus valores se derrochen sobre el verde. Coraje y corazón.
El cambio de la historia
Pero volvamos a aquella mágica fecha en que todo cambió. Porque si alguien es capaz de burlar a los añosos fantasmas de la manera más inopinada es el Atleti. Por aquella primavera los niños y niñas de los 2000, imberbes en el sentido literal y más amplio del término (y sin TikTok), jamás habíamos experimentado derrotar al eterno rival. Fue entonces. No hubo mejor escenario para sepultar la grotesca pancarta de los vecinos reclamando “rival digno”. Jamás volvieron a desplegarla.
De todo aquello, más allá de la deportiva, y en consecuencia sana, rivalidad, queda una enseñanza; indeleble legado. Todo pasa. Todo llega. Con trabajo (mucho) y constancia en el creer. Y así ha crecido una generación entera. La mía. La que debutó con el ‘Mono’ saliendo de la alcantarilla.
Del horizonte sumergido a molestar en la élite. Huelga señalar que sin la batuta de Simeone el violín que otrora lloraba raído no se habría convertido en orquesta sinfónica. O Rock&Roll, según tercie el compás. Del último recital aún se oyen los latidos. De este mismo martes. Nueve años después, el Atleti vuelve a unas Semifinales de Champions tras apear a un Barcelona que jamás estuvo ni un minuto por delante en el total de la eliminatoria. Ni en la de Copa, echado por idéntico verdugo; toda vez que a inicios de temporada el conjunto rojiblanco parecía desahuciado. La reinvención como estímulo para insistir. Piedra filosofal de la generación dosmilera. La batuta.
Y ahora, este 18 de abril, se presenta la noche más emocionante del fútbol profesional en España. La Final de Copa del Rey. Atlético de Madrid y Real Sociedad. Con un despliegue especial de seguridad. 21 horas, en La Cartuja de Sevilla. O en TVE.
¿Cómo llega cada equipo?
No. En absoluto. No somos el Barça, tan pagado de sí mismo últimamente. Y, claro, así les ha pasado. Cayeron en la hermosa trampa de su propio exceso. Por tanto, no hay vitola de favorito. Ni, por supuesto, el Atleti tiene por (fea) costumbre menospreciar a cualquier rival. Es una final. 50-50.
Y es que la Real atesora poderosos argumentos para ser temida. El que más destaca de todos ellos es que ‘su’ Domingo de Resurrección tuvo lugar en pleno enero. La contratación del estadounidense Pellegrino Matarazzo reavivó a un equipo que coqueteaba seriamente con el descenso. Hoy brega por puestos continentales y por la gesta este sábado. Pero hay más. Futbolistas como Oyarzabal, Soler o Guedes son capaces de desequilibrar la balanza. Y, muy importante, comparecer a tamaña cita con mucho más descanso que su oponente...
Las cosas y costumbres, seguramente inocentes, del ínclito Louzán. Contingencia que Alemany ha considerado como “circunstancias extrañas”. Y yo no tengo a Mateu por un tipo malpensado. Sea como fuere, el Atleti cuenta con apenas tres días enteros de descanso, que incluyen, obviamente, la preparación. La buena noticia es que la recuperación de efectivos puede ser una baza determinante. Van todos convocados.
Por ahí, Hancko, de cuya evolución no hay noticias oficiales (me parece bien no abundar en las pistas) y Barrios podrían estar a disposición del entrenador. Agreguémosle, ahí es nada, la sempiterna magia de Griezmann, los picotazos de la Araña, la cátedra de Koke a sus 34 años, y, claro está, al incombustible e inconmensurable Llorente, quien aprovechó magníficamente la paloma que Grizzi se sacó del refajo para asistir a Ademola en el 1-2 que sellaba el pase a Semis. Siete en la historia del Atlético de Madrid. Cuatro con Simeone. Y con la mitad de presupuesto que Arsenal, Bayer y PSG.
Y no me quiero olvidar de un nombre, un auténtico gladiador, que ha ido consolidando un tesón y un aura (término que precede a los dosmileros) claves en la zaga: el tigre Ruggeri. Plena confianza en el jugador que demostró templar el talento de Lamine Yamal. Incluso ensangrentado y con una grapa en la cabeza. Colosal, Matteo.
Si las piezas que hemos mencionando resultan todas finalmente disponibles, podemos intuir un once inicial con Ruggeri, Hancko, Pubill y Llorente atrás (Le Normand cuajó un gran partido contra el Barça); Koke, Cardoso (Barrios), Guliano, Lookmann, Julián y Griezmann. Y seguramente participarán los buenos de Sørloth, Nahuel, Nico, Almada... Con todo, Simeone es especialista en sorprender con algún as de última hora y desnortar al oponente.
No. No me olvido. En la portería reside una notable duda. Oblak, leyenda del Atleti y de La Liga con su sexto Zamora (registro único), ha permanecido en el dique seco más de un mes por un problema en las costillas. No en vano, el arquero que ha disputado todos los minutos en la Copa ha sido Musso, con un rol determinante. Es decir, que aunque Oblak estuviese al 100% se antoja complejo pensar que no juegue el argentino. ‘Musso’ más que un suplente. Sus actuaciones en el campo (y fuera con la prensa) han encandilado a la afición colchonera.
De lo que estoy seguro, más allá de las elucubraciones, es que los que partan de inicio y participen después “no negociarán el esfuerzo”, mantra grabado a fuego en la piel de los que nos fraguamos con Simeone. Ya se lo avisó el propio técnico a Antoine en plena declaración pública de amor. “Te quiero mucho. Pero si no corrés, vas fuera”.
El ocaso de La Época
Al término de aquella Copa de 2013, el Cholo llamaba a sus hijos. Giuliano tampoco tenía barba. A Koke aún le quedaban muchísimos minutos por delante. Oblak o Griezmann no habían venido. Uno es seguro que se marcha al final del presente ejercicio. El mismo que se ganó el perdón, penitencia mediante, tras su errática marcha a la “mesa de Messi”.
Así las cosas, en el presente vestuario conviven el jugador con más partidos con esta camiseta, el menos goleado, el máximo goleador histórico y el entrenador más laureado desde 1903. ¿Cómo no va a doler?
Pero el tiempo pasa. No la huella. Y si el ocaso ha de imponerse, porque siempre es así, qué mejor manera que alzando un título hacia un cielo en arrebol bajo el que se agostan los días. O, tal vez, dos. Estoy convencido de que lo intentarán por aquellos que rozaron la gloria. Por Luis, Godín, Torres…
Quién sabe si el círculo se cerrará de la mejor manera. Si el último baile, que tanto resuena en estas fechas, será con Neptuno y de álbum indeleble. Nos encontramos, qué duda cabe, ante la semana más importante de la última década del Club. Y no exactamente por la posible conquista de la Copa tras colocarnos entre los cuatro mejores de Europa, sino porque estos momentos se interpretan y saborean de manera distinta conociendo de dónde venimos. Y eso bien lo aprendimos aquellos/as imberbes de 2013. Y no lo vamos a olvidar.
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