La Real Sociedad se llevó el gato al agua y la Copa del Rey en los penaltis con un canterano como héroe, Pablo Marín, calificativo ex aequo con Marrero. El meta guipuzcoano detuvo dos lanzamientos. El Atleti hizo justo lo prohibido para comparecer en una final: arrancar con una falta de tensión tan extraña como compleja de interpretar. Una frialdad impropia del equipo que apeó este mismo martes al Barça de Champions. Vayamos por partes, nunca mejor dicho.
El primer golpe de los de Matarazzo llegó antes de cumplirse el minuto uno. Saque en largo de Marrero. Nahuel deja que bote la pelota. Giuliano, a verlas venir. Y, como consecuencia, un balón en banda que Guedes centra con concreción y finaliza en un certero cabezazo de Barrenetxea a los 13 segundos de partido. Y un Musso vendido a la par que impensablemente estático. Gol histórico por ser el más tempranero de todas las finales de la Copa. Si cabía un error grosero, era el momento. Quien golpea primero, golpea dos veces. Y es que lo peor para los intereses rojiblancos estaba por llegar.
La Real presionaba. Muy ordenada. Con hambre. El dominio y control era para los visitantes. Soler llegaba a todo. Llorente, en cambio, desdibujado. Jugó en el medio por la merma de efectivos del Atleti. Ni Barrios ni Hancko saltaron al verde.
No en vano, una suerte de oasis se esbozó para el conjunto colchonero en el minuto 17 con el tanto de Ademola. Griezmamn puso la magia. Julián se aparta. Y Lookam a la primera golpea. Imparable para Marrero.
Paradójicamente. El Atleti no despertó. Ojalá. Siguió noqueado. Autonoqueado, más bien. Y el ánimo se volvió trizas nuevamente en el 45 con un innecesario penalti que Musso, en una horrible salida, comete sobre Guedes, que buscaba el remate. Amarilla (justa) para el meta argentino. Oyarzabal convirtió desde los 11 metros. uy bien ejecutado engañando al meta. Llegábamos así el descanso.
Lo inexplicable
Sigamos por partes. Con algo más de chispa ingresó el Atlético en la segunda mitad. No era difícil, visto el primer acto. El dominio fue absoluto. Vale. Pero no hubo certera sensación de peligro. La Real seguía bien ordenada y no se le hizo demasiado dura la búsqueda de petróleo del oponente.
Simeone agitó el avispero. No le queda otra. Era reacción o entregar la toalla. Entraron Sørloth, Nico, Baena y Almada. Salían Lookman (por 'decreto' suele acabar en el 60 y que este sábado era la daga atlética más afilada), Giuliano (una sombra del habitual), Griezmann y Ruggeri. Algo de frescura entró. Insuficiente, eso sí, para una Real muy segura de sí misma. En el 77, Cardoso entraba por Nahuel y Llorente volvía al lateral. Volvimos a encontrar, así, al Marcos más reconocible.
Y en el marasmo que provoca la cercanía al pitado final, emergió el momento más luminoso del conjunto madrileño. El chispazo de la Araña a falta de ocho minutos para la conclusión del tiempo reglamentario. Zurdazo de oro desde la frontal. Imparable. Simeone corrió a abrazar a su compatriota. Tablas. 2-2. Y bien podría haberse teñido el metal de rojiblanco, pues Sørloth, Baena y Cardoso dispusieron de ocasiones clarísimas a puerta vacía. Prórroga.
La Real se repuso del mazazo del empate, pero no género peligro. Ya no contaba ni con Oyarzabal ni Guedes, pero sí con unos valiosos Marín y Kubo. Musso se redimió con una paradón de tras un doble disparo de Oskarsson. En el 99 Julián (el mejor con diferencia de los madrileños) la lanzó al palo con un increíble derechazo desde fuera del área. Baena, nuevamente errático a portería vacía. El último cuarto de hora extra fue más de contención que de ocasiones. Calambres. Un físico resentido en ambos conjuntos.
Y así llegábamos a la perversa lotería que suponen los lanzamientos desde los 11 metros. La final del 87, que enfrentó a idénticos participantes, curiosamente, se decidió igualmente por penaltis. También llegaron empatados a dos. También cayó del lado realzale.
Volvió lo inexplicable. Lo inexplicable para el Atlético de Madrid, que decidió poner a sus mejores especialistas en pena máxima a lanzar primero. Bien. Buena estrategia, Pero no resultó. Lo del Atleti con las tandas de penaltis en finales es digno de estudio. Tanto Sørloth, primero, como Julián después fallaron, allanando el terreno para el conjunto vasco. La emoción la puso el error de Oskarsson. Pero ya era tarde y no hubo más despistes (3-4). Oyarzabal levantaba la cuarta Copa para la Real.
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