En los últimos ocho años mi vida ha sido esta empresa”. Así comenzaba un email que hace apenas una semana aparecía en la bandeja de entrada de los empleados de Uber. Procedía de Travis Kalanick, el CEO de la compañía, que les contaba que se iba a tomar un periodo sabático apartado de sus funciones diarias en su empresa.

En ese escrito, Kalanick admitía que la situación actual de Uber es responsabilidad suya, a la vez que reconocía, quizás por primera vez, que se ha dado cuenta de que “las personas son más importantes que el trabajo”.

Apenas ocho días después de escribir esa misiva para sus empleados, Travis Kalanick ha sido obligado a dimitir por cinco de los principales inversores de la empresa, que han exigido una renuncia inmediata a través de una carta en la que señalaban la necesidad de un cambio en el liderazgo.

De poco han servido las reuniones que han mantenido ambas partes, pues los grandes inversores se han cansado de las polémicas que ha protagonizado Kalanick. Tampoco andarán muy contentos con su gestión financiera, ya que Uber continúa sin ser rentable pese a estar valorada en más de 62.000 millones de dólares, más de 55.500 millones de euros.

Kalanick han confirmado su salida en un comunicado hecho público, en el que afirma que “quiero a Uber más que nada en el mundo y en este momento complicado de mi vida personal he aceptado la petición de los inversores de dar un paso al lado, para que Uber pueda volver a construir y no distraerse con otra pelea”.

El ya ex CEO de Uber hace referencia a la reciente muerte de su madre, que falleció en un accidente de barco que también dejó herido de gravedad a su padre.

La junta directiva también ha publicado una nota, en la que explican que “Travis siempre ha puesto a Uber por delante. Esta decisión tan difícil es una señal de su devoción y amor por la compañía”. “Dando un paso atrás, se toma su tiempo para recuperarse de una tragedia personal y da a la firma espacio para comenzar un capítulo nuevo en su historia”, dicen.

Un mal ambiente de trabajo

Hace apenas una semana se hizo pública una investigación interna sobre el ambiente de trabajo dentro de Uber. Dicho informe, de cuyas pesquisas se encargó el ex fiscal general de Estados Unidos, Eric Holder, se puso en marcha por las denuncias de Susan Fowler Rigetti, una ex ingeniera de Uber.

Fowler escribió un post en su blog en el que explicaba que había sufrido acoso sexual y discriminación de género durante el año que trabajó en la compañía. Sus acusaciones no debían ir muy desencaminadas, ya que provocaron el despido de hasta 20 empleados.

Kalanick, más allá de sus excentricidades, tampoco es un hombre especialmente calmado. En marzo del año pasado fue grabado manteniendo una discusión con uno de los conductores de UberBlack que se quejó de los bajos precios del servicio. Su nombre era Fawzi Kamel, y acabó enzarzado en una disputa con Kalanick que se hizo viral en la red.

Tampoco gustó a los usuarios la cercanía del ya ex CEO de Uber con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. A finales del mes de enero las redes sociales comenzaron una campaña con la etiqueta #DeleteUber en la que se pedía a todo el mundo que eliminara la aplicación de sus smartphones, como castigo por la cercanía de Kalanick a Trump justo cuando este firmaba su orden de inmigración.

Esa etiqueta la vieron más de 27 millones de personas en todo el mundo y más de 200.000 usuarios eliminaron la app de sus teléfonos. En esa semana Lyft, el principal competidor de Uber en EEUU, tuvo más descargas por primera vez en la historia. Kalanick acabó cediendo y abandonó el consejo asesor de Trump.

Más allá de su mala gestión, los números financieros tampoco han ayudado a Kalanick a mantenerse al frente de la empresa que creó hace ahora más de ocho años. Uber cerró 2016 con un agujero en sus cuentas de más de 3.000 millones de dólares, casi 2.700 millones de euros al cambio actual, mientras que en 2015 las pérdidas rebasaron los 2.000 millones de dólares.