Europa ha cambiado de etapa: de la recuperación a la expansión. Así lo ha dejado claro este jueves el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, en su última comparecencia del año.

El banquero italiano se presentó ante la prensa con un mensaje de «feliz navidad y próspero año» y lo acompañó de abundantes pronósticos de buenas nuevas: «la información recibida, incluidas nuestras nuevas proyecciones, indica un fuerte ritmo de expansión económica y una mejora significativa en las perspectivas de crecimiento».

Así quedó reflejado en las estimaciones presentadas por Draghi: el BCE calcula que la economía europea cerrará 2017 con un crecimiento del 2,4% y que se expandirá otro 2,3% en 2018, lo que implica una mejora de dos y cinco décimas, respectivamente, respecto a la previsión realizada el pasado septiembre. También mejoran las expectativas para 2019, cuando se espera que la economía de la eurozona crezca un 1,9%, dos décimas más de lo pronosticado tres meses antes, mientras que para 2020 se lanza una primera estimación del 1,7%. «Europa está en el buen camino», llegó a comentar el presidente del banco central.

El BCE espera que la economía europea crezca un 2,4% este año y un 2,3% el siguiente.

Este escenario viene a justificar la decisión adoptada el pasado octubre, cuando el BCE decidió prolongar el programa de compra de deuda (QE) nueve meses más, hasta el próximo septiembre, pero a un ritmo mucho más reducido de 30.000 millones de euros (la mitad que hasta ahora).

Pero como Draghi reconoció justo antes de dar por cerrada su comparecencia, «nuestro mandato no es el crecimiento ni el empleo, sino la inflación». Y en este ámbito las noticias no son tan positivas. «Las presiones sobre los precios internos permanecen apagadas en general y no han mostrado aún señales convincentes de una tendencia sostenida al alza», indicó el banquero italiano.

Sus previsiones sobre la inflación corroboraron esa inquietud. El BCE espera ahora que los precios se eleven un 1,4% en 2018 (dos décimas mejor que lo esperado en septiembre), pero apenas mejorarán hasta el 1,5% al año siguiente, antes de repuntar al 1,7% en 2020, cuando Draghi ya haya abandonado la presidencia del BCE. ¿Es esa cifra suficiente para un BCE que se marca como objetivo un nivel de los precios próximo pero por debajo del 2%?, se preguntó con insistencia en la rueda de prensa posterior. Y Draghi fue claro al respecto: no.

No, porque estas cifras siguen sin evidenciar que esa inflación sea autosostenida, sino que sigue precisando de los estímulos puestos en marcha por el banco central. Y no, porque el BCE no logra llevar los precios de forma sostenida a un nivel próximo a su objetivo desde inicios de 2013.

En cualquier caso, Draghi aseguró que existe en el seno del BCE una creciente confianza en que la inflación convergerá a esos niveles objetivos en el medio plazo. En su opinión, la mejora económica de Europa debe trasladarse pronto a un repunte de los salarios que apuntale esta tendencia. «Hoy estamos más confiados que hace dos meses», afirmó.

Pero esa confianza se ve muy matizada por las cifras actuales, de modo que el italiano asume ya que cuando llegue al final de su mandato de ocho años, en octubre de 2019, su objetivo de reavivar la inflación hasta sus niveles objetivos se habrá visto frustrado. Se ha logrado, eso sí, desterrar el fantasma de la deflación, pero no sustituirlo por una revitalización sostenida de los precios.

La institución calcula que la inflación no alcanzará su objetivo en los próximos tres años

Por eso, el BCE se ve obligado a mantener las compras de deuda hasta el próximo septiembre y aún más allá, seguramente, a tenor de las palabras de Draghi de que un final brusco del programa no ha sido planteado. Y por eso también el banco central sigue garantizando que los tipos de interés en la eurozona se mantendrá en los niveles mínimos actuales mucho más allá del final del QE, lo que a priori parece conducir a 2019, como mínimo. De hecho, Draghi ni siquiera se atreve a pronosticar que elevará al menos una vez el precio del dinero antes de su marcha y se limita a asegurar que «sería una buena noticia, porque mostraría que la inflación está en el camino de ser autosostenida».

Ese no es el escenario aún hoy. Y ese no es el escenario que ven los inversores en el horizonte, como muestra el retroceso del euro tras el mensaje de Draghi al entorno de 1,18 dólares, frente a los 1,185 dólares que llegó a superar al inicio de la comparecencia.

Europa está en el buen camino, pero necesita que el BCE le siga conduciendo de la mano.