El reportero se llamaba William August Croffut. Trabajaba para un pequeño diario de Michigan, cazando historias por las calles insomnes de Nueva York. Una noche de Navidad de 1882 se topó con una, mientras caminaba por la Quinta Avenida. En la ventana de un apartamento de alto standing brillaban decenas de luces estrambóticas, de distintos colores.

El periodista acababa de hallar, ahí en lo alto, la historia que buscaba. Las luces rodeaban un árbol navideño, el primero de la historia adornado con bombillas eléctricas. O al menos, el primero del que se tiene constancia por escrito. “Presentaba un aspecto pintoresco y extraño”, escribe Croffut en su crónica. Se la publicó un diario de Detroit y en ella narraba, sin disimular su asombro, los detalles del descubrimiento.

“Estaba brillantemente iluminado con muchos globos de colores, del tamaño de una nuez y giraba seis veces por minuto sobre una base de madera de pino. A medida que el árbol giraba, los colores se iban alternando. El resultado era un baile brillante de colores, rojo, blanco y azul”, relataba el reportero en el Detroit Post and Tribune.

El árbol de Navidad, con sus 80 lámparas, estaba estratégicamente plantado junto a un gran ventanal, de modo que fuera visible desde la calle. Como el periodista averiguaría poco después, el apartamento pertenecía a Edward H. Johnson, presidente de Edison Electric Light Company y uno de los más estrechos colaboradores de Thomas Edison, el inventor de la bombilla incandescente.

Thomas Edison.

Thomas Edison.

Llevaban una década trabajando codo con codo, desde que Edison se lo robó a la Compañía de Telégrafos Automáticos. Allí trabajaba como ingeniero especializado en electricidad, una fuente de energía en proceso de despegue.

Su uso no empezó a generalizarse en las fábricas y hogares hasta el último tercio del siglo XIX. La electricidad se convertiría en uno de los vectores de la Segunda Revolución Industrial y en su impulso jugarían un papel clave inventores y empresarios como George Westinghouse, Werner von Siemens, Nikola Tesla y, por supuesto, Thomas Edison.

Nacido en Ohio en 1847, trabajó para Western Union como mecánico de telégrafos (otra de las grandes invenciones de la época), hasta que echó a volar en solitario, empujado por un talento creativo inmenso. Su primer gran invento fue el fonógrafo, lanzado en 1877. Dos años más tarde llegaría la primera bombilla eléctrica, desarrollada a partir de un filamento capaz de alcanzar la incandescencia sin fundirse.

En 1880 fundó la Edison Electric Light Company. Atrajo a accionistas con poderío, con JP Morgan a la cabeza, conscientes de las magníficas posibilidades de negocio que abría la bombilla. El primer reto -o filón- estaba cerca: iluminar las calles de Nueva York, la gran metrópoli americana de la época.

Edison Electric se expandió a pasos agigantados, ampliando su horizonte geográfico y el abanico de los negocios que giraban en torno al filamento incandescente. El de las luces de Navidad sería sólo uno de ellos y echaría a rodar gracias al olfato de de Edward H. Johnson.

El ingeniero empezó a trabajar para Edison en 1871. Lo aprendería todo en la factoría de inventos del genio, establecida en Menlo Park  (New Jersey). “A veces comía en el escritorio y se quedaba dormido en la silla. En seis semanas era capaz de hacer dos mil experimentos para un mismo problema y encontrar una solución”, dejó escrito el propio Johnson sobre el inventor, que a lo largo de su vida llegaría a registrar más de mil patentes.

Como primer ejecutivo de Edison Electric Light Company, Edward H. Johnson no hizo más que actualizar con nuevas tecnologías una vieja costumbre. La tradición de decorar el árbol y las casas con velas en Navidad nació en Alemania, a mediados del siglo XVIII. El hábito arrancó en los hogares de clase alta y se fue extendiendo hacia las capas inferiores de la sociedad.

Edward J. Johnson

Edward J. Johnson

Ya bien entrado el siglo XIX, Reino Unido sería el primer país en copiar la moda, que acabaría saltando a otros países receptores de emigración británica, como Estados Unidos.

El problema de las velas –no sólo las navideñas- era evidente: a menudo provocaba incendios que acaban en susto o en drama. Esa fue una de las primeras virtudes que difundió Edison Electric Light Company para promocionar sus bombillas de colores. Su vicepresidente pregonó con el ejemplo y siguió instalando el árbol iluminado como gancho junto a su ventana en la Quinta Avenida, convertida en un impagable escaparate.

Dos años después de que el Detroit Post and Tribune se hiciera eco del invento, The New York Times envió a un periodista a la vivienda de Edward H. Johnson. El 27 de diciembre de 1884 publicó un artículo titulado Un brillante árbol de Navidad, en el que detallaba los pormenores de éste y otros artilugios. “No hay una casa en la ciudad en la que la iluminación eléctrica tenga usos más novedosos que en la de Johnson», cuenta el reportero. “Cuando uno entra en la sala, una fogata brillante llama la atención. Al examinarlo, se descubre que es de papel de color, que nunca se consume, pero bajo el cual se ocultan las luces eléctricas”.

“Había 120 luces en el árbol, con globos de diferentes colores”, prosigue el artículo de The New York Times. “El Señor Johnson había colocado una pequeña dinamo Edison al pie del árbol que transmitía corriente hacia un pequeño motor. Gracias a este, el árbol podía girar con un movimiento constante y regular”.

Árbol de Navidad en el domicilio de Johnson H. Edward, el primero con luces eléctricas.

Árbol de Navidad en el domicilio de Johnson H. Edward, el primero con luces eléctricas.

Las ventas de luces navideñas empezaron a multiplicarse. Al igual que sucedió con las velas en Alemania, la tradición fue extendiéndose desde los hogares pudientes a los más humildes. No todos los bolsillos de la época podían asumir con la misma holgura la factura eléctrica.

En 1895, Edison se apuntó un tremendo tanto publicitario cuando la Casa Blanca –habitada por el presidente Grover Cleveland- iluminó su árbol con bombillas de la compañía.

Convertidas en moda, no tardaron en llamar la atención de otros empresarios. En los primeros años del siglo XX, los primeros imitadores comenzaron a fabricar y comercializar luces similares de Estados Unidos. Pero sólo uno de ellos haría realmente fortuna con el negocio. Se llamaba Albert Sadacca, era neoyorquino y su perfil profesional estaba a años luz del de Edward H. Johnson. Cuando se adentró en el negocio de las bombillas, en los años 20, ni era un brillante ingeniero ni había inventado nada. Pero tenía el olfato innato de los grandes comerciantes.

Sadacca movió hilos y logró convencer a los principales fabricantes de la conveniencia de unir sus fuerzas. Un sector atomizado no tenía sentido para una actividad tan específica. Y así fue como nació NOMA Electric Company, en 1925.

La compañía, cuyas siglas significan Asociación Nacional de Fabricantes de Equipos, agrupaba a la docena larga de factorías que producían bombillas decorativas en Estados Unidos. Sadacca convirtió NOMA en una especie de cártel de las luces navideñas que dominaría durante décadas el negocio en Norteamérica.

Johnson no llegaría a ver el éxito de Sadacca. Murió el 9 de septiembre en 1917 con un notable legado como empresario e ingeniero. «Durante muchos años, fue la mano derecha de Thomas A. Edison en los asuntos comerciales. Siempre trabajó para extender los usos de la electricidad y hacerlos populares», resaltaba en su obituario, Electrical World. La publicación especializada de la época le consideraba «no sólo uno de los artífices del éxito de la Edison Electric Light Company», sino también un «pionero en la industria de la energía eléctrica».

El inventor de las luces navideñas dejó el mundo en el mismo apartamento de Nueva York que vio nacer el famoso árbol. La causa no figuraba en aquel obituario: Edward H. Johnson falleció por un accidente eléctrico.