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Economía

Llevamos diez años usando mal el móvil

Cuando Steve Jobs presentó el primer iPhone en San Francisco allá por 2007, lo anunciaba como una especie de iPod mejorado que hacía llamadas. No existía todavía la App Store ni las excusas para estar todo el día mirando la pantalla que, por primera vez, era táctil. El iPhone no solo cambió la telefonía, también la manera en la que nos relacionamos con el mundo.

En España nos conectamos a internet unas 5 horas y 18 minutos al día de media, de las cuales le dedicamos a las redes sociales 1 hora y 39 minutos, según el informe Digital 2019 de la plataforma Hootsuit. La gran mayoría de ese tiempo la conexión se realiza a través del móvil, que es el centro de control de una media de ocho perfiles en las redes sociales.  Y el número de veces que se consulta el aparato ronda el centenar. Es decir, cada diez minutos mientras estamos despiertos. De media.

“Los móviles son nuestra compañía constante y ese no era el plan”, afirma Cal Newport en su libro Digital Minimalism. Este profesor asociado de Ciencias de la Computación en la Universidad de Georgetown afirma que Steve Jobs no aprobaría el modo en el que ahora se usan los iPhone, porque no lo concebía como distracción sino como una forma de resolver más rápidamente las necesidades de la vida cotidiana.

Newport, que reivindica un “minimalismo digital”,  añora aquellos primeros iPhones en los que lo realmente importante era facilitarnos las cosas importantes y no una máquina para robarnos la atención. Empezaron siendo el despertador, el mapa, la calculadora, la agenda y los correos. Además de cámara y álbum de fotos, ya es también el monedero y las entradas del cine. Ahora lo extraordinario es usarlo de teléfono por el que hablar. El móvil ya no es solo una herramienta, también es parte de nosotros: es el trabajo, la familia y los amigos. Y los viajes que planeamos, las noticias que leemos y la ventana en la que nos mostramos.

El cambio pasa por renegociar las relaciones con el entorno porque a veces la obligación es más social que tecnológica”

Según el estudio ¿Estamos hiperconectados? de Ikea España, el 57% de los españoles encuestados sufre de aislamiento cuando siente que está en la misma habitación con otros miembros de la familia, mirando el móvil, pero sin hablar entre ellos.

La sensación de estar demasiado pendientes del móvil está de moda, tanto que se ha convertido incluso en reclamo publicitario por firmas como este gigante de la decoración, que usó este estudio para concienciar de que es importante desconectar para estar más con la familia como eje de su campaña navideña. También se viralizó la campaña de Ruavieja “Tenemos que vernos más”. El nuevo anhelo tecnológico de moda es desconectarse.

“La sensación de estar enganchados está muy extendida”, afirma Silvia Martínez, directora del Máster Universitario Social Media de la UOC. “Tener la posibilidad de la actualización constante de los móviles genera la necesidad de estar permanentemente consultándolos por si hay alguna novedad. No solo generamos contenidos sino que preocupa lo que dicen los demás de nosotros y del resto. Nos hacemos constantemente la pregunta de qué está pasando y, sobre todo, qué me estoy perdiendo”. Y añade: “Estar permanentemente pendientes de lo que hacen los demás tiene algo de adictivo, por eso terminamos mirando la pantalla del dispositivo más de lo que nos gustaría”.

Steve Jobs repensó el smartphone para que nos ayudara con cualquier cosa que pudiéramos necesitar en la vida cotidiana a través de una pantalla. ¿Y qué empezamos a echar en falta una década después de que los móviles nos hayan cambiado la vida? Necesitarlos menos. Y aunque proliferan las apps para ayudarnos a controlar y reducir el tiempo de pantalla, muchos expertos advierten de que ese no es el mejor camino para lograrlo.

Cómo separarse del móvil

La solución no está en la pantalla. “Primero hay que ser conscientes de que tenemos un problema”, afirma José Benigno Freire, profesor de Psicología de la Personalidad de la Universidad de Navarra, como consejo a quienes quieran despegarse más de la pantalla.

Hay que tener paciencia y no creer que usar menos el móvil se consigue en dos días”

“Hay muchos jóvenes enganchados, pero también muchos jubilados y gente que no para de mirar el email del trabajo en casa”, afirma el psicólogo. Y sugiere varios pasos a seguir: “Hay que tener paciencia y no creer que usar menos el móvil se consigue en dos días: lo primero es ponerse metas sensatas y darse cuenta de que puedes dejar el móvil apagado dos horas y no pasa nada, que la vida sigue. O que dejarlo en otra habitación te ayuda a concéntrate mejor en lo que estás haciendo y ayuda a vencer la inercia de consultarlo cada poco. Sería conveniente ir proporcionándonos más tiempos sin el móvil”.

Sacar los teléfonos de la cocina cuando se está comiendo con la familia,  o algo tan sencillo como comprarse un despertador para no sea lo primero que vemos al despertar y lo último al acostarnos también están en la lista de los hábitos digitales saludables. “Lo importante es entender el móvil como un instrumento, como una herramienta a tu servicio y no al revés”, añade Freire. “Es preferible no tenerlo cerca y encendido todo el día, para mirarlo en función a la necesidad que tengamos. Y si es algo importante pedir que nos llamen por teléfono”.

No estoy enganchado, lo necesito

¿Y no estaremos demonizando el móvil como en décadas anteriores se demonizó la televisión? ¿Dónde está el umbral de cuánto es o no apropiado usarlo? “Esta preocupación no es nueva, hace 15 años ya hacíamos estudios en los que mucha gente confesaba esas dudas de cuándo usar el teléfono móvil y si lo necesitábamos demasiado”, explica Amparo Lasén, profesora de Sociología de la Complutense e investigadora de la era digital. “Y eso que entonces no había ni internet ni redes sociales, pero ya estaba esa duda de cómo gestionar el hábito y la necesidad de llevarlo siempre encima”.

Al móvil le echamos la culpa de muchas cosas aunque no la tenga porque siempre está en medio”

Lasén coincide en que últimamente hay mucho discurso mediático sobre lo negativo que puede ser el móvil, sobre todo con el cliché de los adolescentes enganchados. “Pero se está simplificando mucho”, añade la socióloga. “Hay una costumbre de medir las adicciones en función a si me encuentro mal o me pongo nervioso cuando dejo de hacer algo, pero según esa definición de adicción, entonces cuando se nos estropea el coche o la nevera seríamos adictos a ellos, porque obviamente los echaremos mucho en falta”.

“El móvil es una herramienta y si nos enfrentamos al móvil siempre acaba ganado el móvil, porque el móvil somos nosotros y nuestra relación con el mundo”, comenta Lasén. Y advierte: “La adicción es patológica cuando te impide llevar una vida normal”.

¿Pero qué es un uso normal? Tal vez la pregunta no sea entonces si deberíamos prestar menos atención al móvil, sino si deberíamos prestar más atención a la gente que tenemos cerca. “Al móvil le echamos la culpa de muchas cosas porque siempre está en medio”, concluye Lasén. Su mensaje es claro: “La relación con el móvil refleja la relación que tenemos con el mundo”.

El teléfono no solo es un objeto con el que nos relacionamos. Se ha convertido, lo previera o no Steve Jobs, en un intermediario con todas las relaciones que mantenemos. Y estas siempre han tenido jerarquías. Ahora es más difícil decidir a qué le prestas atención porque esta está más distribuida en muchas redes.

Derecho a desconectar… del trabajo y la familia

Hace 10 años era más sencillo decidir que si en el trabajo no había que atender una llamada personal a no ser que fuera del colegio de los niños, o que en una cena con la pareja o con amigos íntimos no estaba bien visto descolgar a no ser que fuera importante. No hacía falta estar pendiente del trabajo al salir de la oficina. Estas fronteras se han ido disolviendo al tener todo mezclado en las redes sociales.

No necesariamente estamos enganchados al móvil, en parte estamos enganchados a saber qué se cuece en nuestro entorno. “Es la necesidad que teníamos antes de saber qué pasaba en clase o de qué se hablaba en la oficina ahora se tiene en las redes”, observa Martínez. “Pero falta una alfabetización digital para el uso de estas herramientas. Tanto en jóvenes como en mayores”.

“Ya estamos incorporando la necesidad de desconexión desde un punto de vista legal”, añade Martínez. “La ley de protección de datos y derechos digitales que se aprobó en diciembre incluye los derechos digitales a la desconexión digital también en el ámbito laboral. Un trabajador tiene derecho a no responder permanentemente a la empresa. Creo que poco a poco este sentimiento de consciencia de irle dando más importancia a lo que tenemos alrededor en vez de en la pantalla irá calando en otras capas y sectores sociales”.

La sensación de estar enganchado al móvil está tan de moda que se ha convertido incluso en reclamo publicitario

“Hay que replantearse las horas que uno le dedica al móvil y lo que nos aporta”, afirma Freire. “¿A qué podría dedicar esas horas en vez de al móvil? Si no tenemos nada mejor que hacer puede que no sea tan grave. Pero debemos ser conscientes de lo que nos estamos perdiendo. Por ejemplo, el tiempo malgastado porque tardamos el doble en hacer cualquier tarea por culpa del aparato. No se puede tener el móvil al lado cuando estás estudiando, por ejemplo. Porque el cerebro humano, salvo muy raras excepciones, no puede hacer dos cosas a la vez. Y con el móvil encima de la mesa tienes la atención en acecho”.

Y no basta con dejar el móvil en otra habitación o no sacarlo del bolso. A quienes quieran reducir el tiempo que pasan pendientes del móvil Amparo Lasén les plantea otro reto más complejo y, seguramente,  también más necesario: “La reflexión que debemos hacernos es cómo gestionamos las obligaciones sociales y las normas que nos ponemos”.

Las investigaciones que ha hecho Lasén en la Universidad Complutense con grupos en los que gente de todo tipo explica su relación con el teléfono dejan claro que el dilema es más profundo: “Vemos personas agobiadas que se quejan por estar demasiado pendientes del móvil, pero luego reconocen que esperan que su familia y sus amigos respondan inmediatamente a sus mensajes. El cambio pasa por renegociar las relaciones con el entorno porque a veces la obligación es más social que tecnológica”.

Adiós a los móviles, hola realidad aumentada

¿Llegaremos a ser capaces de reducir el tiempo que pasamos mirando el móvil? ¿O tarde o temprano dejaremos de sentirnos culpables por ello?  Puede que lo que nos separe de los móviles no sea el autocontrol, sino la nueva tecnología que reemplace a los smartphones.

Gracias a los asistentes de voz como Siri y Alexa (o por su culpa), para ir a Google ya no hay que ir a una pantalla ni un teclado. A esta nueva tecnología que está empezando a entrar con fuerza en los hogares, las cosas se le piden con la voz.

Lo mejor será aprender a desconectar antes de que se nos olvide que hacerlo era incluso posible

Además, la realidad aumentada y virtual también son candidatas a reemplazar el trono que ha ocupado el móvil como dispositivo predilecto en la última década. Empresas como Facebook y Microsoft están apostando porque no tardando el usuario no tenga que echar mano al móvil, sino al aire, para operar en la realidad paralela que cada uno ve a través de las gafas.

Google ya tiene su propio proyecto de lentes de contacto y Mark Zuckerberg ha planteado que en el futuro tal vez sea posible escribir directamente a través del cerebro. Y Facebook está trabajando en ello.

En cualquier caso, ese hipotético derrocamiento tecnológico al móvil no ocurrirá en uno o dos años, pero puede que sí en la próxima década. Lo mejor será aprender a desconectar antes de que se nos olvide que hacerlo era incluso posible.

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