Economía

Renunciar a un trabajo estable para vivir de tu vocación: "Nunca es tarde para hacer lo que te gusta"

Infografía de brazos sostienen libros.

Infografía de brazos sostienen libros. Freepik

«Llegaba al despacho y me ponía mala, me daban ataques de ansiedad y me mareaba. Lloraba día sí y día también», este es el testimonio de Layla, una joven donostiarra de 32 años que lo dejó todo, un buen sueldo, un trabajo y la libertad de haber salido de casa, para ser actriz. Tenía 25 años, y nada más terminar la carrera, tenía un trabajo estable y una pareja. «Desde que tenía 18 años creía que con 30 estaría casada, con trabajo y con hijos, y ahora no tengo nada de eso», reconoce.

Siempre había soñado con ser actriz, pero nunca se atrevió a dar el paso. Con 17 años sus padres le propusieron ir a Madrid para estudiar teatro, pero ella no quería irse a la capital. Al estudiar bachiller de Ciencias, creyó que la opción más fácil sería estudiar Biología, pero al año se dio cuenta de que eso no le gustaba, y lo dejó.

Se planteó dar el salto del mundo de las Ciencias al de las Letras, y entre las profesiones que barajó, se encontró con la de abogacía. «Pensé: me meto a Derecho, me hago abogada, gano pasta, y vivo bien», reconoce Layla. Al principio la carrera le gustó, pero a medida que el final se iba acercando «me volví a preguntar qué hacía ahí». Terminó la carrera, hizo el máster de abogacía y buscó trabajo de abogada por si «sonaba la campana» y le gustaba. Pero no le gustó. Se mudó a Vitoria, trabajaba en un despacho en el que «me enseñaron y aprendí mucho», pero ir a la oficina para ella era un infierno, tanto que llegaba a marearse y ponerse mala.

Ya durante el máster hizo en curso de teatro en Madrid un fin de semana al mes, y esos días le servían «para estar bien todo el mes». Esa frase, sumada a la salud de Layla cada vez que pisaba el despacho, se fue cocinando a fuego lento hasta que un día explotó. «A los 6 meses de estar en el despacho, llegué, me puse enferma, me fui a casa y dije: se acabó», cuenta.

Aunque esté ganando la mitad de lo que podría estar ganando como abogada, poder subirme al escenario no tiene precio

Cuando comunicó en el despacho que se iba nadie lo entendía. Durante esos meses ya había acudido a juicios y se estaba abriendo paso dentro del mundo jurídico, tenía un buen sueldo y sus jefes estaban contentos con su trabajo, pero la frase que revoleteaba constantemente en la cabeza de Layla era: «no puedo ser infeliz toda mi vida».

Volvieron las preguntas y las dudas sobre qué camino escoger. Y, por primera vez desde hacía años, la opción artística cobró relevancia. Tenía claro en qué escuela quería estudiar en Madrid. Así que viajó hasta la capital con una mochila llena de miedo, y al llegar, la cogieron en el Estudio Corazza para la Actuación, una de las escuelas de Arte Dramático más prestigiosas a nivel nacional e internacional por la que han pasado artistas de la talla de Penélope Cruz o Javier Bardem.

El curso duraba 3 años y medio y, desde que lo terminó en 2019, busca trabajo como actriz. Ya ha participado en varias obras de teatro, pero confiesa que «el trabajo de actriz es muy precario y no puedes vivir solo de eso». Estos últimos 3 meses ha actuado cada semana durante hora y media en una función en la que, a pesar de vender casi todas las entradas, tan solo ha cobrado 200 euros.

Como no le da el dinero para vivir, además del teatro, trabaja en la recepción de una consultora. «No es el trabajo de mis sueños y estoy hasta las narices, pero pago el alquiler y pago mis gastos», reconoce. No se cierra puertas a buscar cosas nuevas y considera que «nunca es tarde para cambiarse de profesión». En su caso, no se arrepiente de tomar la decisión que tomó, «aunque esté ganando la mitad de lo que podría estar ganando como abogada, o más bien mucho menos de la mitad, y aunque me cueste a veces llegar a fin de mes, el hecho de poder subirme al escenario y estar ahí no tiene precio».

Cuando los adolescentes están en los últimos días de colegio, y la cuenta atrás para su futuro laboral está a la vuelta de la esquina, tienen que tomar una decisión: qué hacer con su vida. Muchos acaban escogiendo carreras con «más salidas laborales», porque ni siquiera tienen claro qué es aquello que les gusta o motiva. Y, al final, acaban dando rodeos, como lo hizo Layla, pero «siempre acabas llegando», «hay una fuerza que te arrastra hasta ahí». Es lo que sostiene Pablo, almeriense de 31 años. Él estudió Ingeniería de Caminos, pero sueña con ser productor musical.

Cuando era pequeño estudió 9 años de música en el Conservatorio Profesional de Música de Almería, pero cuando tuvo que elegir qué carrera escoger, sus profesores le recomendaron no iniciar una carrera de interprete. Durante la carrera pensó que, ya que la había empezado, la terminaría. Y mientras se adentraba en el mundo de la construcción, no abandonó la música y siempre que veía la oportunidad de ver salir su hobby, lo hacía. 

Antes de graduarse realizó un curso de producción musical, lo que provocó que empezara a componer sus primeras canciones, «ahí se me creó el gusanillo de aprender más sobre eso», confiesa. A diferencia que Layla, Pablo no llegó a trabajar de ingeniero. Al salir al mundo laboral, hizo algunas entrevistas para puestos de trabajo relacionados con su carrera, pero de pronto le llamaron del colegio mayor en el que había estudiado en Madrid para que formara parte de su equipo directivo. 

Hay que preguntarse seriamente qué es lo que uno quiere hacer en la vida, porque si no esa pregunta te va a seguir siempre

Trabajar en el colegio mayor es algo que nunca se había planteado y, en cambio, le acabó gustando. Ahora mismo se encuentra a «dos velocidades», «por un lado estoy en el colegio mayor, y por otro, estoy intentando abrirme paso en el mundo de la música». Durante estos años ha estudiado la carrera de Musicología. Actualmente está en el último curso y se está preparando con un profesor las pruebas para entrar en la Escuela Superior de Madrid, y así estudiar composición musical.

«Yo entiendo que hay que sobrevivir y tener un trabajo, pero creo que, en la medida de lo que se pueda, hay que preguntarse seriamente qué es lo que uno quiere hacer en la vida, porque si no esa pregunta te va a seguir siempre», reflexiona Pablo. «Al final, uno acaba haciendo de una u otra manera lo que le gusta porque es su implicación natural y acaba yendo hacia ahí», añade. De alguna manera, lo que ve es que, en todo su recorrido se ha ido encontrando señales que le atraían hacia la música, «es lo que me gusta, lo que me empuja, lo que me apasiona y tiene una fuerza que me arrastra hacia ahí».

A pesar de los rodeos, de las decisiones que tomaron por el camino, y de los trabajos que realizaron, Layla y Pablo decidieron tirarse a la piscina y probar cosas nuevas, salirse de ese «sota, caballo y rey» del que habla la actriz y te intentan «meter en la cabeza desde que eres pequeña».

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