En Caracas llaman ranchos a las chabolas que se amontonan en los cerros. Los parias, los desheredados, quienes conviven con el hambre y la balacera, tiran de sorna para salir adelante, sin dejar de preguntarse ni un sólo día por qué se hunde su país, premiado por la naturaleza con las reservas de petróleo más grandes del planeta.  Una contradicción maldita, alimentada durante décadas por mandatarios que no supieron gestionar tan bendito maná. Según la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), Venezuela alberga en el subsuelo 300.000 millones de barriles de petróleo. Suponen el 24,8% de los stocks que acumula bajo tierra el cartel más poderoso del mundo. El país latinoamericano supera en reservas a Arabia Saudí, duplica las de Irán y triplica las de Emiratos Árabes Unidos. Pero produce 2,5 millones de barriles diarios. De los pozos saudíes salen casi 10 millones de barriles al día, de los iraníes 3,6 millones y otros tres en los de Emiratos.

Cerro de chabolas en las afueras de Caracas.

Cerro de chabolas en las afueras de Caracas. JUAN T. DELGADO

Venezuela tiene una mina que no puede explotar y se hunde en un remolino de datos macroeconómicos que ponen los pelos de punta al economista más optimista. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que el país ha despedido 2016 con una caída del PIB del 10% y una inflación próxima al 450%. El drama económico discurre paralelo a los vaivenes de Petróleos de Venezuela (PDVSA), la empresa estatal que ha gestionado durante cuatro décadas el maná.

La creó el Gobierno en los 70 para controlar el negocio en un momento convulso, con dos crisis energéticas en apenas siete años. Monetizar el crudo en Venezuela, concentrado en el lago Maracaibo, no era tan fácil como en el Golfo Pérsico. Los costes de extracción eran más altos y el petróleo de peor calidad. Pero la industria avanzó a buen ritmo porque había crudo a raudales, con PDVSA a la cabeza y varias compañías extranjeras detrás.

Gasolinera de PDVSA en Venezuela.

Gasolinera de PDVSA en Venezuela.

La compañía estatal creció a ritmo desmedido en los 80. Tanto como la dependencia venezolana del petróleo. PVDSA cobró la forma de un inmenso ministerio, con la mayor plantilla del país, con una pesada estructura de mandos, abierta al enchufismo descarado. Conscientes de lo bueno y lo malo que reunía la industria petrolera, la Administración dio pasos hacia apertura del sector, necesitado de inversión y tecnología extranjera. Pero el frenético panorama político impidió que los avances liberalizadores echaran raíces.

En la década de los 90, Venezuela tuvo cinco presidentes distintos. El último fue Hugo Chávez, quien se instaló en 1999 en el Palacio de Miraflores, decidido a solventar los problemas de la industria petrolera con la receta opuesta. El carismático mandatario replegó la tímida liberalización y en 2006 nacionalizó totalmente el sector energético. Las empresas foráneas fueron obligadas a crear sociedades mixtas junto a PVDSA, en las que el grupo estatal contaba con la mayoría del capital. Algunas -como Chevron, Shell o Repsol- aceptaron; y otras -como Total o Eni- hicieron las maletas y dejaron el país.

Con Chávez, los petrodólares llovieron sobre la población. El propio mandatario se encargaba de pregonar las ayudas a las clases bajas en su famoso programa televisivo Aló Presidente. Para sus adeptos fue un regalo celestial; para la oposición, una herramienta de propaganda. «La reinversión de los beneficios del petróleo en programas sociales, en lugar de potenciar la exploración, la producción y el refino, declinó las exportaciones», asegura en su informe sobre Venezuela la Agencia de Energía de Estados Unidos.

La producción de crudo pasó de registrar en los 90 picos de 3,5 millones de barriles diarios, al nivel de los 2,5 millones en el que se mueve en la actualidad. La combustión rápida de los ingresos del petróleo, convertidos en pan para hoy y en hambre para el mañana, fue oxidando a una PDVSA ineficiente, sin fondos para innovar, hasta el punto de asomarse al abismo del default este mismo año, por los problemas para pagar sus bonos.

La Venezuela de Nicolás Maduro está más asfixiada aún que la de Chávez, cuyo sueño petrolero se hundió en una imagen de pesadilla: la de las chabolas que colmaban cada vez más cerros. Los ranchos de verdad estaban a miles de kilómetros al norte, en Estados Unidos, por los que circulaban muchos todoterrenos movidos con combustible… venezolano. Porque la primera potencia mundial ha sido durante años el mejor cliente de Venezuela.

De las profundidades del Maracaibo sale parte del crudo que transforman en gasolina las grandes petroleras americanas. Como ExxonMobil, descendiente del imperio de un magnate que sí cumplió su sueño: John D. Rockfeller. Había afinado tanto su olfato en una escuela de negocios de Cleveland, que puso en marcha un negocio tras otro hasta recalar en 1870 en la industria petrolera, que le convertiría en el hombre más rico del mundo.

Los estudiosos del mercado energético fechan en 1859 el nacimiento del negocio. Dos tipos -el coronel Edwin Drake y William Uncle Billy Smith- lograron sacar crudo con una innovadora torre de extracción. El descubrimiento pronto desató otra fiebre del oro, pero esta vez negro, líquido y viscoso. El nuevo nicho de negocio dio rienda suelta a historias de emprendimiento y superación, material digno de ser novelado o llevado al cine, como la epopeya narrada en Gigante. La de la familia Rockefeller está a la cabeza, por ser la primera, la más exitosa y la más polémica.

El fundador fue agrandando su empresa petrolera, Standard Oil, comprando otras más pequeñas. En 1885 había ganado tanto músculo, que trasladó su sede desde la apartada Cleveland al número 26 de la calle Broadway de Nueva York. Standard Oil se dedicó durante años a estrangular a la escasa competencia, aprovechando su posición dominante. A la cabeza de sus tretas está el acuerdo secreto que selló con una gran compañía ferroviaria, que le abarataba drásticamente los costes del transporte.

Antigua estación de servicio de Standard Oil en Estados Unidos.

Antigua estación de servicio de Standard Oil en Estados Unidos.

Rockefeller se convirtió en sinónimo de monopolio. Y Standard Oil siguió creciendo hasta convertirse en una amenaza, no sólo para la competencia, sino para la propia industria. Porque generaba riqueza por un lado, pero destruía por otro, llevándose por delante a otras empresas y trabajadores del sector. En 1911, la Corte Suprema de Estados Unidos ordenó partir el holding en 34 compañías. Standard Oil no acabó estrellada, sino dividida. Y algunas de las sociedades resultantes acabaron fusionándose con el tiempo. Como Exxon y Mobile, hijas de Jersy Standard, Socony y Vacuum Oil, que unieron sus destinos en 1999.

Los descendientes de  John D. Rockfeller siguieron formando parte del club de las familias más ricas del país. Y el apellido del fundador quedó ligado para siempre a una Fundación. Y sobre todo, a un complejo de edificios emblemático, el Rockefeller Center de Nueva York, cuya imponente terraza (el Top of the Rock) mira por encima del hombro a casi todos los rascacielos de Manhattan.