«He llegado a engullir dos hamburguesas al llegar a casa por la noche y bebido tres cervezas seguidas con pura ansiedad para inmediatamente después meterme en la cama y dormir unas horas seguidas buscando no pensar en que el día de mañana será más estresante aún. La verdad, no hay prácticamente nada que me ilusione últimamente. Cuando salgo del despacho, camino por inercia, sin saber muy bien a donde voy. Alguna vez he cruzado pasos de peatones con el semáforo en rojo porque estoy absorto en mis pensamientos sobre el trabajo». Es la descripción del final de la jornada laboral de un joven abogado en Madrid. El relato que ofreció al preguntarle sobre su situación y sus condiciones laborales.

El estrés y la precariedad laboral son un hecho entre quienes ejercen la profesión en la capital española, donde se concentra la mayoría de bufetes del país. Durante el primer periodo de ejercicio de la profesión -que cada vez se extiende durante más tiempo- existe un abuso de la figura de los falsos autónomos por parte de los medianos y pequeños despachos. En los grandes, se exige un rendimiento basado en objetivos que obliga a trabajar hasta 14 horas diarias sin comunicárselo al cliente. La conciliación familiar, así como la desconexión digital, son prácticamente imposibles. Y todo, en muchos casos, por sueldos que no alcanzan los 1.000 euros mensuales.

Un 39,8% de los abogados jóvenes cobra menos de 13.300 euros brutos al año y un 17,8%, entre 13.300 y 18.000 frente a sólo un 3,1% que supera los 50.000, según la encuesta sobre la situación laboral de la Abogacía Joven realizada en octubre de 2021 por la Agrupación de Jóvenes Abogados de Madrid (AJA), perteneciente al Colegio de Abogados (ICAM). Según ésta, un 40% de los jóvenes de la profesión trabaja más de 40 horas semanales sin que se le paguen las extra.

Abogadas que ejercen la profesión por cuenta propia pierden clientes porque los juzgados no les suspenden juicios señalados el mismo día que está previsto den a luz. El sector alza la voz pidiendo a los responsables de las empresas y a las administraciones públicas que tomen medidas ante un problema que ya tiene efectos en la salud mental. El Independiente recoge los testimonios del drama de una profesión que afecta a decenas de miles de jóvenes sólo en Madrid.

«No podemos normalizar no tener vida»

«Si nosotros no estamos bien porque es imposible conciliar, desconectar, dejar de mirar las notificaciones de Lexnet [la nube digital en la que se comparten todos los documentos de la administración de Justicia] eso repercute en los ciudadanos, porque sus derechos y su situación son el objeto de nuestro trabajo. No podemos normalizar no tener derecho a descansar, no tener vida», reflexiona Maia Román, presidenta de la Confederación Española de la Abogacía Joven (CEAJ).

Destaca, además del problema de los salarios bajos y el gran número de falsos autónomos, la inflexibilidad de los juzgados y la falta de comunicación entre éstos y los despachos. «Que no se suspenda el juicio a una mujer que está de baja por embarazo o que un juicio pueda comenzar sin un abogado porque ha tenido un accidente y su despacho, o sus familiares si trabaja por cuenta ajena, no puedan comunicarse en tiempo real con el juzgado perjudica a los derechos de su cliente, perjudica a la sociedad», repara Román, que se enorgullece de que su asociación haya conseguido, después de un tiempo reivindicándolo, que el Ministerio de Justicia considere inhábil (en cuanto a plazos para presentar demandas y otros escritos) el periodo navideño.

Hay que cambiar la mentalidad de algunos despachos donde no valoran ni retribuyen adecuadamente a sus abogados

«La alta competitividad y la falta de una remuneración adecuada pasa necesariamente por cambiar la mentalidad de algunos despachos donde no valoran ni retribuyen adecuadamente a sus abogados. Nosotros queremos combatir las prácticas abusivas que pueden darse en las empresas impulsando una iniciativa legislativa como el Proyecto del Estatuto del Becario para garantizar unas condiciones laborales mínimas y por otro lado impulsar un sello de calidad en los despachos que se preocupen porque sus trabajadores se sientan valorados», afirma Alberto Cabello, presidente de la Agrupación de Jóvenes Abogados (AJA).

Actualmente, para ejercer la Abogacía se exige la realización de un máster de acceso a la profesión con precios que, en algunos centros privados, superan los 30.000 euros. Ese máster y el examen obligatorio de acceso a la profesión que convoca todos los años el Ministerio de Justicia no evitan los periodos -en ocasiones más largos de lo previsto- de prácticas en los despachos. Para Cabello, el problema de esas prácticas «además del tiempo, son las funciones asignadas. Muchos jóvenes realizan funciones de apoyo como búsqueda de jurisprudencia, elaboración de escritos y dictámenes bajo la corrección de otro abogado que debería enseñarles. Sin embargo, no se profundiza en dicho aprendizaje, lo que supone una alienación de la persona. No puede sentirse parte del proyecto porque no se siente valorado e incluso es considerado como ‘prescindible'», lamenta.

Precisamente una joven de 29 años relata a este diario una experiencia abusiva nada más acabar su máster en 2018 que la llevó a renunciar a trabajar en despachos de abogados y buscar oportunidades en asesoría jurídica de empresa: «Salí del máster que me permitía ejercer como abogada e hice una entrevista en un conocido despacho mercantilista de Madrid. Allí, quienes me seleccionaron me dijeron que ‘era una bobada’ hacerme un contrato, que mejor entraba sin él un periodo de prueba de cuatro meses y posteriormente me contratarían. Estuve trabajando así entre abril y julio. Una vez cumplido mi periodo de prueba, pregunté a los socios si habían quedado contentos y si contarían conmigo. Me dijeron que me marchara de vacaciones y a la vuelta me contestarían. Cuando volví, había otro chico sentado en mi silla que estaba haciendo las prácticas curriculares de la carrera. Me dijeron que como habían cogido a ese chico, no me harían contrato. La situación me hizo sentir fatal. Ni siquiera se despidieron de mí».

Según la encuesta de AJA mencionada previamente, un 51% de los jóvenes abogados trabaja por cuenta ajena en Madrid; un 19,8% lo hace en prácticas; un 19,3% como autónomo; un 6,6% como falso autónomo y un 3,3% se considera a sí mismo falso autónomo. Sin embargo, sólo un 22,2% elegiría ser autónomo si pudiera hacerlo. Un 36% querría trabajar en despachos grandes, un 30,6% en despachos familiares y a un 11,1% le gustaría trabajar en despachos locales, fuera de las grandes ciudades.

«Ser socio de una firma con 32 años es imposible»

El decano de los abogados de Madrid José María Alonso, quien fue presidente del despacho Baker McKenzie y socio director de Garrigues, distingue entre «despachos grandes o medianos» a la hora de hablar de precariedad. Considera que en los primeros «no hay precariedad en el sentido de que las retribuciones son justas. Pero no sólo importa ese tema, sino también el de la formación, que los jóvenes tengan clara cuál es su carrera profesional y una relación laboral con garantías. Es verdad que hay jóvenes que entran en despachos pequeños que pagan -cuando se les paga- cantidades miserables, que no se les da de alta en la seguridad social ni se garantiza su formación y es verdaderamente lamentable». En este sentido, Alonso anima a quienes estén en esta situación a denunciarla ante el Colegio.

Otro de los abogados jóvenes con los que ha conversado este periódico cuenta una de sus peores experiencias, ocurrida durante la pandemia: «El dueño del despacho me obligó a pagar un falso master de 150 euros para poder contratarme en prácticas. Me prometió que después me contrataría, pero me despidió dos días después de teletrabajar dos días. Una compañera tuvo el Covid y aún así nos obligó a ir a todos al despacho. Nunca llegó a hacerme contrato», traslada.

En Madrid hay más de 75.000 abogados colegiados, aunque muchos no ejercen. Alonso considera que las oportunidades de labrarse una carrera en la abogacía son mucho menores ahora que hace 30 o 40 años. «Yo fui socio de Garrigues con 32 años y ahora ser socio de una firma con esa edad es imposible. No porque me crea más listo que nadie, sino porque en aquél momento era posible llegar a ser socio con 33 o 34 años y ahora mismo es muy complicado, más aún si es una firma internacional. Por la competencia y porque hay una obsesión por la rentabilidad».

La carrera por llegar a una meta cada vez más inalcanzable hace mella en la salud mental. El Colegio de Abogados acaba de poner en marcha un programa de ayuda a la salud mental para ayudar a los jóvenes abogados a «organizar su vida y plantearse los problemas de una manera diferente», destaca Alonso.

Es un mundo que te absorbe y, cuando sales, has perdido tu autoestima

El letrado Manel Atserias puso en marcha en 2017 el Instituto de Salud Mental de la Abogacía que el año pasado cerró sus puertas como institución por falta de fondos, «porque a nadie le interesa este asunto», se queja el abogado en conversación con este diario.

Atserias, que padece un trastorno obsesivo compulsivo, se dio cuenta de que había que hacer algo ante un problema «del que el mundo anglosajón de la Abogacía venía advirtiendo desde años atrás». «Entre los trabajadores del derecho se dan episodios de estrés y ansiedad brutales que no se hablan abiertamente porque existe mucho estigma y muchos prejuicios. Se entiende que si tienes estos problemas es porque eres débil, incompetente o porque no estás capacitado para ejercer, hay mucha ignorancia sobre el asunto».

Desde que puso en marcha el instituto, el letrado ha recibido distintas peticiones de abogados para que hablara con ellos y les indicara dónde encontrar ayuda, así como le han contado sus experiencias personales. Le contactan vía Facebook, Linkedin o pidiéndole cafés presenciales. «Las situaciones son muy distintas entre quienes trabajan en un despacho pequeño donde están como falsos autónomos y existe mucha competencia con otros para captar clientes y quienes están en despachos grandes. Quienes trabajan por su cuenta tienen altas cargas económicas y están en una continua búsqueda de clientes en un ambiente en el que se tiran los precios. Después están quienes trabajan en grandes despachos, con jornadas maratonianas, cargas excesivas de trabajo y en ocasiones relaciones tóxicas entre compañeros. En estos lugares, o asciendes y traes clientes o te animan a salir del del despacho», relata. «Después de escuchar muchas historias, me marcó la de un hombre que se despertaba varias veces durante la noche con ataques de estrés. Me di cuenta de que es un mundo que te absorbe y que, cuando sales, has perdido tu autoestima».