José Félix Tezanos, presidente del CIS mal que nos pese, reconoció el pasado miércoles en el Congreso de los Diputados que los sondeos del Centro habían «subestimado» a Vox. Es lo menos que podía hacer después del último fiasco de Castilla y León.

Pero Tezanos no es el único que ha minusvalorado a Vox. Pedro Sánchez y sus ministros han abusado tanto de etiquetar a Vox como partido de «extrema derecha» que ese recurso ha perdido toda capacidad para movilizar a los suyos, y, lo que es peor, ha acabo consolidando y reforzando a los que se sienten insultados, o a los que, sencillamente, les da igual que les llamen «fachas».

En Vox eso lo tienen asumido. Se lo decía Santiago Abascal a Victoria Prego en la entrevista publicada en este periódico la semana pasada: «La fidelidad de voto a Vox es la mayor de entre todos los partidos políticos… Votar a Vox o ser representante de Vox es otra cosa. Has tenido que soportar que te llamen racista, fascista, machista, de ultraderecha y de todo».

Vox se aproxima ahora al 20% de estimación de voto en la mayoría de las encuestas (hasta el último CIS le daba un 16,3%), lo que supondría más de 4 millones de votantes, y sigue subiendo. Incluso aunque el PP se recupere, cosa de esperar tras la llegada de Feijóo a la presidencia del partido, no es probable que Vox baje significativamente en intención de voto. Estamos ante un fenómeno distinto al de Ciudadanos (prácticamente desaparecido), e incluso al de Podemos (un partido que tiende retroceder al espacio en su día ocupado por Izquierda Unida).

Lo que no conocíamos en España hasta hace poco es un fenómeno populista de derechas, que eso es Vox. Un partido que defiende la tradición pero que no pone en riesgo la democracia, que combate frontalmente lo políticamente correcto y que tiene como bandera de identificación la unidad de España.

Pablo Casado se equivocó al ir a un choque frontal con Vox descalificándolo, porque eso ha sido como insultar a los que habían sido sus propios votantes por defender las mismas cosas que ellos creían que defendía el PP. Tanto atizarles para luego tener que pactar con ellos, como ha sucedido en Castilla y León y como probablemente vuelva a suceder en Andalucía.

Lo del Gobierno y el PSOE -para no hablar de Podemos que directamente les llama fascistas- es incluso peor. Han fabricado un monstruo al que ahora no saben como parar los pies. Comparar a Vox con Alternativa por Alemania -un partido filo nazi- es una barbaridad, a parte de que no se sostiene. Sería para salir corriendo si asumiéramos que en España hay cuatro o cinco millones de «fachas». El votante de Vox lo que está es cabreado con el Gobierno, quiere echar a Sánchez y cree que es más útil votar a Vox que al PP para conseguirlo, pero eso no les convierte en fascistas.

Mientras que el CIS le da a Vox el 16,3% del voto, al mismo tiempo estima que en España sólo un 5,6% de los votantes se sitúan en la extrema derecha

A mí no me salen las cuentas. Ni siquiera al «científico social» -así se califica así mismo- Tezanos le cuadran en los datos que le permitirían identificar al votante de Vox con el perfil de «extrema derecha». Según la última encuesta del CIS, los votantes situados en el baremo más a la derecha (los que se colocan entre el 9 y el 10 en una escala en la que 10 es lo máximo que uno puede estar a la derecha) suponen el 5,6% del total. Eso puede ser. Pero, como ya hemos dicho, según el propio CIS, la estimación de voto de Vox en estos momentos es del 16,3%. Lo que significa que a ese partido le votan muchos ciudadanos que se consideran simplemente de derecha o incluso de centro derecha.

Sin embargo, esa dicotomía no se produce cuando se trata de la extrema izquierda. Según el CIS, los votantes que se sitúan en ese espectro (los que se encuadran en el 1 y el 2 en una escala en la que 1 es lo más extremo de la izquierda) suponen el 14,3% de la población. Esto sí que encajaría con la suma de votantes de UP y de Bildu.

Insisto, en España la extrema derecha suma poco más del 5% de los votantes. Hasta superar el 16% (que ahora le da el CIS a Vox), hay mucho camino por recorrer. La magnificación del peso real de los «fachas» con un objetivo puramente político, como es asustar de la que se nos viene encima, no tiene base y, por tanto, no tiene crédito alguno.

Lo que está ocurriendo con la huelga del transporte es un ejemplo claro de la miopía con la que actúa el Gobierno. Las ministras de Transportes (Raquel Sánchez) y la de Hacienda (María Jesús Montero) han insistido esta semana en el mensaje de que los camioneros están siendo manipulados por la extrema derecha y que, además, le están haciendo el juego a Putin. Seguro que hay extremistas entre los huelguistas, nuestro particulares ‘chalecos amarillos’, pero muchos de los autónomos que han respaldado el paro son sencillamente profesionales a los que no les alcanza el sueldo para llegar a fin de mes.

Si el Gobierno sigue echando leña a ese fuego se puede encontrar con una desagradable sorpresa: que Vox iguale o incluso supere al PP en votos.

Como Sánchez necesita al PP para llegar a grandes pactos de Estado, si sigue por ese camino se va a encontrar más solo que la una; o, lo que es lo mismo, acompañado sólo por sus incómodos socios de Gobierno, que cada vez comparten menos cosas con él.