Frente al debate de si el presidente y su Gobierno estuvieron implicados en Ceuta desde el minuto uno del inicio de la crisis migratoria y territorial, y con una derecha y ultraderecha apuntando lo contrario, Pedro Sánchez acompañó el retorno pleno de la actividad política estas últimas dos semanas con varias intervenciones medidas en medios de comunicación. Tanto radiofónicos, como la Cadena SER, caso de Hoy por hoy, como de televisión, caso de Mañaneros 360 de TVE. Una elección concreta de un programa de producción externa que no ha gustado a los servicios de información de la cadena pública. En esas intervenciones, especialmente la última, del pasado miércoles, el eje central volvió a ser el marco de la ultraderecha, desde la alerta ante Vox hasta cómo habría respondido un Gobierno de PP y Vox a la crisis y sobre qué actuación pivotarían frente a asuntos como los servicios públicos. Mencionó mas de una veintena de veces el concepto.
El relato electoralista de antagonismo con Vox ha sido una constante desde 2019 para los socialistas. Sirvió al principio, con el auge de los ultras y con apenas un año del secretario general del PSOE en La Moncloa tras la moción de censura. Sin embargo, las diversas crisis, escándalos y falta de contundencia en asuntos como la vivienda, la ley mordaza o la relación con Marruecos han generado desafección y desmovilización en los públicos más izquierdistas. La amnistía y la dependencia de los socios independentistas, al contrario, han hecho pasar a unos 700.000 votantes moderados del PSOE al PP, y a muchos otros que no quieren votar a Alberto Núñez Feijóo, quedarse en un limbo, en la indecisión.
Ceuta ha generado al menos tres debates. El primero es el de la relación con Marruecos tras el giro diplomático de marzo de 2022, donde Sánchez, por carta, reconoció a Mohamed VI que la solución de autonomía bajo tutela de Marruecos es la mejor para el Sáhara Occidental. Eso mantiene una línea de confrontación con los socios de la izquierda, nacionalistas, pero también con la oposición conservadora. El segundo es el de la gestión de la crisis de Ceuta. Tanto socios como oposición han cuestionado la actuación del Gobierno. En la prevención y la actuación posterior, la derecha en el primer criterio y la izquierda en el segundo.
El debate migratorio para intensificar el choque con Vox
Pero Ceuta, en tercer lugar, también ha abierto de nuevo el debate migratorio, algo que da alas a Vox mientras el PP intenta competir adoptando algunas banderas similares a las de los de Abascal y aprovechando que gobiernan en Ceuta y en la mayoría de las comunidades, bajo el prisma del reparto de migrantes, de darse el caso. Se refleja en las encuestas. Y el PSOE, en este inicio de carrera preelectoral para las generales, se aferra al debate dicotómico, a que la 'alerta ultra'puede permitir a Sánchez mantener la presidencia para un cuarto Gobierno tras ocho años. Todo frente a ese estado crítico del PSOE y, sobre todo, de sus socios de la izquierda estatal, esenciales para la suma. "¿Ha dicho que quiere gobernar en el 27 y más allá? No me salen los números", le llegó a decir Gabriel Rufián, de ERC, al presidente durante la última sesión de control al Gobierno y tras repasar las últimas encuestas de dominio de PP y Vox.
Rufián enumeró las últimas "diez" encuestas publicadas. Cuatro en esta primera quincena de septiembre, con la vuelta de Sánchez. Todas con una hipotética coalición de Feijóo y Abascal por encima de los 200 escaños. 211 para NC Report, el sondeo más reciente. Lo cierto es que esa media no es una novedad: se magnifica con Ceuta y después de 45 días de crisis, pero se viene repitiendo todo el último año como mínimo. Sí es novedoso, eso sí, que algunas demoscópicas como 40dB sitúan por primera vez a ambas formaciones por encima del 50% de los votos estimados sin terceros como Se Acabó la Fiesta, prácticamente sin respaldo. Y, además, que al PSOE ya le cuesta pasar de los 108 diputados en las previsiones sin que eso suponga trasvase directo a otros partidos de la izquierda como Sumar o Podemos, en crisis de identidad.
Por primera vez una encuesta detecta más de un 50% de apoyos electorales a PP y Vox
El PSOE 'cerró' el curso anterior entre junio y julio con Sigma Dos, GAD3 y NC Report con una horquilla de 104-108 escaños que ahora en septiembre queda en 98-105. En el caso de los magentas y los morados, se mantienen en 7-10 y 1-3 cada uno, sin variaciones. En el caso de porcentajes de voto, una medición más directa que el reparto bajo la ley D'Hondt, el PSOE pasa de una media de 26,5 puntos en esos meses —de 27% a principios de año— a un 26% actual. Sumar, del 6,5% —7 puntos previos— a 6,3 puntos actuales, y Podemos, del 3,2% —4,2% al inicio de año— a 3 ahora. Los socialistas se dejan en lo que va de año medio punto, los de Yolanda Díaz siete décimas y los de Ione Belarra 1,2 puntos aproximadamente. Frente a los resultados de las generales de 2023, el PSOE se deja 4,68 puntos, y Sumar y Podemos —concurrieron en coalición y luego se separaron— seis puntos cada uno. Hay casi 11 puntos que la izquierda se deja por el camino esta legislatura por abandono, desactivación o, minoritariamente, paso a terceros partidos nacionalistas como ERC, BNG o EH Bildu.
¿Rentabiliza la derecha esas pérdidas? Puede que en parte el PP gane una pequeña parte de votos del PSOE, pero principalmente se refuerza con los exabstencionistas o nuevos votantes, equilibra con ella sus pérdidas a Vox, y los de Abascal se nutren igualmente de votantes que optan ahora por ejercer el derecho al voto o por jóvenes que lo harán por primera vez. El PP, de media, pierde 2,5 puntos de votos respecto a 2023 con todo, al 30,4%. Vox sube del 12,3% al 18,3%, seis puntos, de los que 4,5 sí son 'nuevos'. Hay un paso de votantes de izquierda a la abstención o la indecisión importante, mientras otros deciden dejarla para apoyar ahora a la derecha. Un 12,8% de los votantes del PP irían ahora a Vox y un 20,8% de los abstencionistas en 2023 apoyarían a Abascal, según 40dB, la única encuesta que aporta una transferencia detallada de votos en esta última oleada.
¿Hay contraste con el sondeo anterior, previo a Ceuta? Sí. Vox duplica respecto a junio el número de abstencionistas y rasca unas décimas en el PP. También hace algo de mella en la izquierda. El voto de socialistas a Abascal crece del 3,4 al 4,2%, y de unas décimas pasa a tres puntos entre las filas de Sumar. De unas décimas a 2,3% al PP. Ambos sondeos reflejan, al mismo tiempo, ese principal problema de desmovilización de la izquierda frente a pequeñas fugas a la derecha. Desde el inicio de verano hasta septiembre, con Ceuta de por medio, Sánchez suma del 6% al 7,5% de indecisos, aumenta del 4,6% al 6,8% las transferencias al PP y mantiene un 6% de personas que dicen que votarán en blanco, nulo u otro. Sumar, por su parte, agrava ese estado crítico de la izquierda. Se acortan dos puntos, hasta el 10,8%, los trasvases al PSOE, y crece tres puntos, hasta el 9,6%, el número de indecisos, mientras otro 6% apuesta por blanco, nulo u otro.
Casi la mitad de los votos de Sumar no volverán, a excepción —puede— de ese casi uno de cada diez dudoso, y Sánchez solo retiene un 68% del voto, mientras que en torno a un 15% no sabe si votará socialista o izquierdas. Transformado en votantes, son unos 300.000 de Sumar y 1,17 millones del PSOE los que no saben si repetir por la izquierda. Y sin contar las nuevas transferencias que puedan recibir ambos, la izquierda pierde en conjunto 3,6 millones de votos respecto a 2023.
¿Por qué el miedo a Vox ya no funciona entre la izquierda?
Hay varios elementos que ponen de acuerdo a analistas y politólogos. El primero es que Vox ha dejado de ser una amenaza para buena parte del electorado por el proceso de 'normalización' de Vox atravesado desde 2019, hasta llegar a cogobernar comunidades con el PP sin consecuencias serias más allá de acuerdos polémicos como la 'prioridad nacional'. La concepción de que Vox sí o sí irá de la mano de Feijóo atenúa esa percepción de peligro. En 2023, de cara a las generales, a Sánchez le sirvió ante la predisposición de PP y Vox en comunidades y las firmas entre mayo y julio en enclaves como la Comunidad Valenciana, con la incertidumbre en ascenso entre las izquierdas.
El segundo, y al hilo de ello, es que esa advertencia permanente de llegada de Vox al poder y un PSOE como dique de contención y única alternativa ya no moviliza por sí sola. Todo conforme los socialistas han quedado tocados en esta legislatura, con numerosos casos de corrupción alrededor, polémicas varias o el propio caso de Ceuta. Sin medidas de peso llevadas al Congreso en materias como, según se mencionó, la vivienda, y sin tampoco gestos que ayuden a justificar que se llevan pero que no se sacan adelante por la distribución parlamentaria o las negativas de Junts y, puntualmente, otros socios. El desánimo en la izquierda no ha cambiado con Sánchez pese a abanderar —aprovechando el desgaste de sus socios estatales— banderas como la palestina, el rechazo a la guerra y al genocidio de Israel, o situándose como antagonista de Trump, sus socios o los "tecnoligarcas".
En tercera instancia, las prioridades del debate público han cambiado. Ante retos como la igualdad, los derechos sociales, el feminismo y la memoria democrática, que despuntaban en 2023 de la mano de esa alerta contra Vox, ahora la agenda ha cambiado. Además de la vivienda, la inmigración, la inseguridad o la economía tienen más peso. Y mientras que el Gobierno plantea que los servicios están en peligro sin que entre sus electores haya sensaciones de mejora, Vox da la vuelta al asunto: con la inmigración como eje troncal, plantea un problema de saturación de servicios pese a la necesidad de mano de obra que sostenga el sistema y, a la vez, contribuya con impuestos al Estado de bienestar. Solo con Ceuta, 40dB señala en su último sondeo que siete de cada diez entrevistados prioriza el control fronterizo sobre la acogida humanitaria y se atribuye a Vox como el más competente al respecto.
En cuarto lugar, en relación con esa normalización de Vox, una buena parte de nuevos electores y los que rondan la treintena vienen conociendo al partido de Abascal desde el principio: hay una rutinización. Y, en quinto lugar, esa sensación de miedo necesita una alternativa electoral atractiva, y el PSOE, tras años de gestión, ya no parece capaz de ofrecerla. Las divisiones dentro de la izquierda tampoco ayudan. El Gobierno de coalición ha difuminado, a ojos de una parte del electorado, las diferencias entre socialistas y Sumar, mientras la falta de medidas capaces de marcar un perfil propio dificulta la movilización de una izquierda decepcionada. Todo ello complica presentar al PSOE —y al conjunto de las fuerzas progresistas— como el dique más eficaz frente a Vox, incluso entre quienes rechazan a la derecha.
Por un lado, los socialistas han perdido parte de la autoridad moral que durante años constituyó una de sus principales bazas frente al PP: la bandera de la regeneración y la lucha contra la corrupción. Por otro, Sumar no ha logrado construir una identidad propia que le permita mantener al mismo tiempo una relación crítica con el PSOE y suficiente autonomía respecto al Gobierno. El fin de ciclo de Yolanda Díaz y la ausencia de un relevo claro son la expresión más evidente de esa dificultad. Ahora, el espacio trata de reconstruirse a partir de un nuevo perfil, con una mayor apuesta por la agenda verde, pero todavía sin una identidad electoral suficientemente definida. Podemos, por su parte, lo intenta con una crítica contundente al PSOE e intentando una nueva especie de 15-M bajo la batuta de Irene Montero.
Te puede interesar