El 'fenómeno Mamdani' atravesó a la izquierda española desde la precampaña y la victoria en las elecciones a la alcaldía de Nueva York en noviembre del año pasado. En pleno declive electoral, acentuado por la crisis de identidad del espacio que representa Sumar –ahora en refundación– y por los sucesivos escándalos de presunta corrupción para el PSOE, la estrategia y el perfil político del demócrata dejaban clara una línea de actuación frente al auge del nacionalpopulismo, del trumpismo, desde dentro del partido de la oposición. Dejaba para la izquierda española una serie de fórmulas de comunicación política y de programa a tener en cuenta para intentar reflotar en medio de un crecimiento progresivo de PP y Vox. Ahora, azuzado con la crisis de Ceuta.

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Como referente y aire fresco de esa 'nueva política de izquierdas', tal y como reflejó el Consejo de la Internacional Socialista tras su victoria, desde su nombramiento en enero ha habido contactos desde el Gobierno de España para acercar posturas, vínculos. Desde abril, el PSOE lo intentó coincidiendo con la Global Progressive Mobilisation de Barcelona, con Pedro Sánchez como punta de lanza de ese espacio de reflexión y debate de las izquierdas. La ausencia final del mandatario neoyorquino lo frustró. Acabó coincidiendo antes, en julio, la vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz, durante su viaje a Nueva York para promocionar, entre otros asuntos, su posible candidatura a presidir la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La cita llega finalmente por la participación de Sánchez en el coloquio Construyendo una economía para la mayoría junto a otros líderes, celebrado este miércoles en el consistorio de Nueva York, como uno de los broches de su agenda tras la Asamblea de Naciones Unidas.

Ha habido elogios cruzados entre Sánchez y Mamdani recientemente. El estadounidense, declarado socialista, más a la izquierda que el grueso demócrata, avala la postura propalestina del español, de crítica del "genocidio" o la resistencia a una mayor inversión en Defensa que promueve Donald Trump. Igualmente, el enfrentamiento directo de Sánchez con Trump o los 'tecnoligarcas', como contrapeso de las políticas de la ultraderecha. Ese choque se ha dado entre el presidente de EEUU y Mamdani, con calificativos contrarios de "fascista" y de "comunista lunático". Como el Gobierno español, el alcalde es una de las dianas favoritas de Trump. Aunque los dos mandatarios locales acercaron posturas puntualmente este lunes.

Hay un interés dentro del PSOE y de la izquierda alternativa por aferrarse al modelo del americano, para despuntar y renovarse para las generales, frente a una centena de encuestas que desde 2024 vienen dando por muy complicada la reedición del Gobierno de coalición. "Su victoria ofrece esperanza (...). La historia no está escrita (...). Estamos para servir, y cumplir los sueños y las aspiraciones de esas personas", lanzó Sánchez poco después. Se añade su apuesta juvenil, multicultural, diversa en credos, abierta con el feminismo y el colectivo LGTBI, entre otros.

Esa aproximación al mensaje de Mamdani, a la vez, genera una competencia entre los propios miembros de esa izquierda general por situarse como referentes. Ya Sánchez viene apropiándose de las principales banderas de esa izquierda plural, como el 'No a la guerra' y la causa Palestina. Pero, aunque hay una coincidencia general con el eje político de Mamdani, de abaratar el coste de la vida e incentivar los servicios públicos, hay una excepción, y es la vivienda y la intervención directa de la misma. Algo que sí reclaman el resto de socios. La semana pasada, hubo tensión entre PSOE y Sumar dentro del Gobierno. Los socialistas rechazaron una proposición de ley para prohibir la compra de vivienda a los fondos, y eso ha agitado a los magentas, que reclaman ya a la ministra Isabel Rodríguez un decreto de vivienda que prorrogue los contratos de alquiler que expiren este año o en 2027.

El 'modelo Mamdani' en ese sentido es claro, y es el eje principal de su éxito electoral: la affordability, que Nueva York sea económicamente habitable para la gente corriente. Y ese eje lo viene representando más la izquierda alternativa, homóloga directa del político en una alianza con otros representantes internacionales como Mélenchon, que el propio PSOE. Defendió en su campaña la congelación de los alquileres, medidas contra las prácticas abusivas de los caseros, la construcción de 200.000 viviendas asequibles y la reforma y rehabilitación de otras 200.000, con una inversión de 22.000 millones de dólares en cinco años y cambios en el modelo urbanístico. Al Gobierno le ha costado encontrar eslóganes similares a Mamdani, como sí lo ha hecho Gabriel Rufián, de ERC, con frases como: "Una familia, una casa".

El PSOE propone aumentar la oferta de vivienda, pero reduce el grado de intervención sobre el mercado privado, como reclama Sumar, que apoya ese aumento de oferta pero rechaza que se hagan bonificaciones a los caseros en lugar de perseguir los abusos en contratos o en ofertas, o que se fomente la vivienda turística. Frente al modelo de ambos, Podemos va más allá en ese ámbito de la izquierda, demandando rebajas obligatorias del alquiler, contratos indefinidos y ampliar la regulación a los alquileres temporales o de habitaciones. Hay una clave que choca, además, con ese intento de captación de la influencia positiva de Mamdani, y es que el Gobierno viene arrastrando una falta de propuesta consensuada en vivienda en lo que va de legislatura, y cualquier mantenimiento de las posturas de cara a la reedición del Gobierno progresista no da incentivos para la movilización electoral, a diferencia de los votantes en Nueva York el año pasado.

Ocupar debates frente a la extrema derecha

Horas antes de esa reunión con Sánchez, en la cumbre de alcaldes Urban 20 celebrada en Nueva York hasta el pasado domingo –en la que acudió Jaume Collboni, que quiere asumir para Barcelona su modelo de supermercados asequibles–, Mamdani dejó clara una de las claves que la izquierda tiene que tomar en consideración si quiere reflotar frente al auge ultraderechista más allá de la cuestión de la vivienda, que no es menor entre el votante progresista. Esa es no abandonar o dejar debates sin ocupar. El diagnóstico del izquierdista es que los progresistas han cedido terreno en la batalla cultural y, por tanto, en el relato. En esa tesis se ha movido recientemente Rufián, cuyo amago de alternativa política ha quedado por el camino sin que haya calado de forma contundente en el resto de la izquierda. El PSOE se sitúa como antagonista de Vox sin aportar mayor contenido que alertar de lo que supondría un Gobierno con Santiago Abascal como vicepresidente.

La izquierda española no ha encontrado las herramientas para confrontar la idea de desorden, falta de seguridad, certidumbre. Mientras se presume del estado de la economía, al menos la macro, la microeconomía, la de las familias, ha empeorado, especialmente en cuestiones como la cesta de la compra. Y eso provoca distorsión entre los discursos y la interpretación tangente del día a día. Y ante esa falta de explicaciones, narrativas como la de situar a la inmigración –entre otros muchos aspectos– como el chivo expiatorio. En muchas ocasiones, con marcos simplistas, pero que calan entre un importante grueso social.

En el caso de España, las palabras "orden", "libertad", "calidad de vida" están siendo monopolizadas por el PP y Vox. La gestión de Ceuta es el "desorden", las políticas sanchistas, una 'restricción de las libertades', y cuestiones como la 'ley de nietos', no afrontada con transparencia, ayudan a la derecha a profundizar en un marco de alteración del censo que, en el fondo, se presenta como una vulneración de esa libertad electoral. Y, ante la extensión de la espera en las listas médicas, el deterioro de servicios como el transporte público o la educación, se presenta a la inmigración como la explicación más simplista.

Die Linke, otro ejemplo para la izquierda

Para los socios de Sánchez, Sumar, el modelo del alcalde de Nueva York es el suyo, no el de Sánchez, y la victoria de Die Linke bajo sus premisas creen que demuestra que hay todavía partido. Todo pese al fracaso y éxito de la ultraderecha de Alternativa para Alemania en Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Antepomerania –bastión socialdemócrata–. Hay quien ve Berlín como una isla completamente ajena a la realidad política del resto del país, especialmente el este, con ese ascenso de AfD, pese a todo.

Sumar, sin proyecto sólido en estos momentos, apunta a octubre para despejar algo: al menos el nombre, que apunta a ser Nuevo Frente Popular o Frente Amplio, y el candidato, para lo que cada vez más gana galones el ministro Ernest Urtasun, de Cultura. El éxito de Die Linke en la capital es inspirador bajo esos principios de Mamdani. Hablar de la crisis del alquiler, de esas congelaciones de rentas, de promocionar la vivienda pública, restringir la actividad de los fondos de inversión, dar dignidad social a las clases populares, en definitiva, integrando y no disgregando a los berlineses fuera de la ciudad.

Otro pilar clave ha sido la reducción de la distancia entre formación, dentro del sistema de partidos, y de la implicación social, en la calle. Y la apuesta directa por atraer a los más jóvenes frente a la adhesión hacia posturas radicalmente de ultraderecha. Todo, en base a la estrategia de la simplificación de ideas y de remarcar objetivos repetidamente tan solo en un abanico de unos cuantos ejes discursivos, materiales. Que terminen calando como en Nueva York frente a una derecha que se centra en esa inmigración o en cuestiones como la seguridad.

Sin que todavía hablemos de precampaña, ni PSOE ni Sumar han terminado de encontrar la tecla en los últimos comicios. El socialismo de Sánchez se sitúa más a la izquierda que buena parte de sus homólogos europeos, pero todavía dista de una versión española de lo que representa Mamdani: una izquierda capaz de convertir problemas cotidianos en banderas políticas sencillas, ocupar debates que la derecha ha hecho propios y ofrecer una respuesta material que conecte con las preocupaciones de las clases populares. Sumar es quien más reivindica ese espacio y sus recetas, pero todavía tiene pendiente convertir esa identidad en un proyecto reconocible y electoralmente competitivo. Ahí está el reto que el fenómeno Mamdani plantea a la izquierda española: no tanto imitar su discurso como decidir hasta dónde está dispuesta a llevar sus recetas para generar un nuevo impulso electoral a los votantes desencantados y desmovilizados que permitieron prolongar una legislatura más el mandato a la izquierda.