Vox ha pasado por una transformación en estos convulsos doce meses de ciclos electorales, desde la convocatoria anticipada en Extremadura, a finales del año pasado, hasta estas elecciones generales del 29 de noviembre que están por disputarse a días del inicio de la precampaña. Si en algo destacó entonces Vox, entre noviembre y diciembre de 2025, fue en conseguir un resultado exitoso aprovechando un descontento generalizado, un voto protesta que principalmente vino de la abstención, de un votante cabreado y, en buena parte. También procedente del PP, con el que se compitió hasta la extenuación en precampaña y en campaña, con insultos mutuos con la candidata popular, María Guardiola, y contra el líder del PP nacional, Alberto Núñez Feijóo, pero después también entre los equipos negociadores mientras se remaba para llegar a un acuerdo ante la exigencia de entendimiento.
Hasta la fecha, el partido de Santiago Abascal ha ido cambiando el enfoque y adaptándose tácticamente a las circunstancias: la actitud de formación antiestablishment funciona para alguien extraparlamentario y sin responsabilidades de poder, no para quien pasó de Extremadura a Andalucía con cuatro gobiernos de coalición con los de Feijóo en apenas seis meses y ya en marcha. Esas cuatro rúbricas para pactos autonómicos y su mantenimiento en los próximos cuatro años obligaron a reducir, por igual, la beligerancia con su socio mayoritario y preferente, y a normalizar –hay contacto permanente entre equipos– las relaciones después de un notable desgaste por el permanente choque contra el bipartidismo y la equiparación de populares y socialistas. Todo ello, sumado al desgaste patente en La Moncloa, al adelanto de las generales y a una inminente prueba de fuego, con las encuestas situando a PP y Vox por encima de los 200 escaños.
El camino a desarrollar al inicio de curso, hasta esas generales y tras el impacto de Ceuta, se antojaba largo. Dudaban de cualquier adelanto de Pedro Sánchez, una convocatoria que, a la vista de los números, abocaba a una derrota segura. En septiembre se empezó en Cataluña –por la competencia con Aliança Catalana– a hacer precampaña con el objetivo de llegar a primavera con un gran número de provincias ya peinadas, antes de una convocatoria electoral previa de municipales y autonómicas como antesala al acto final. Y todo con tres ejes prioritarios: prioridad nacional, desregulación y remigración.
Tres banderas predominantes y complementariedad con Feijóo
Los dos primeros son las máximas logradas en esos pactos con el PP también en Aragón y Castilla y León. Los límites de cesión de Feijóo, unas líneas rojas que los populares también imponen para después del 29-N y de las que afirman que en Vox "son conscientes", al mismo tiempo que asumen cuáles son los mínimos para Abascal. Por último, la remigración ahora se plantea con un enfoque distinto al que tiene el propio término y más cercano a un encaje que puede sonar bien en Génova: quien delinque se va. Y es que el concepto procede de los movimientos supremacistas europeos e incide en deportaciones masivas no solo de ilegales, sino de todo lo que cultural y étnicamente 'no encaja' con la tradición del territorio.
Feijóo vetó el martes pasado cualquier acción que consista en rebajar o derogar la ley contra la violencia machista, la del aborto o suprimir las competencias de Igualdad en un futuro Gobierno de coalición. Y eso obliga a cesiones de Vox, a seguir dejando de lado todo lo ideológico que no entró en los últimos pactos. En cambio, el PP normaliza un Gobierno de coalición con Vox, algo que en el anterior ciclo costó más. En la dirección nacional de Bambú, por ejemplo, vienen defendiendo que la fecha clave es 2030: seguir creciendo y demostrar capacidad para ganar esas generales. También que, hasta llegar a ese punto, el programa íntegro no se podría aplicar y que existen prioridades coyunturales. La actitud de negociación, con todo, era de dureza. Pero en la última semana Abascal viene demostrando un giro: la prioridad es la regeneración y no tanto la derogación y la revolución del país. Un perfil presidencialista, moderado y de gestión, en definitiva. El miércoles pasado, su entrevista en Onda Cero fue clave.
Durante los primeros mítines de precampaña, el tono de Abascal es distinto, más suave, más tranquilo, con momentos de tensión o reproche, pero con la convicción de que "la alternativa" que propone es suficientemente sólida por sí sola frente a lo realizado por el PSOE y sus socios -situados como antagonistas a combatir junto al PP- estas últimas tres legislaturas. También se nota en el trato con los medios de comunicación, con mayor apertura y atención, presencia reiterada y no solo en los de su cuerda o más próximos ideológicamente. Igualmente, en la dedicación que evidencia al atenderlos en las sucesivas ruedas de prensa durante sus viajes preelectorales.
Esa moderación también se manifiesta en la prudencia con la que Abascal aborda el escenario electoral. El líder de Vox insiste en que todavía no se ha ganado nada y evita dar por hecho un resultado que las encuestas puedan anticipar. No quiere hablar de futuribles ni entrar en especulaciones sobre cómo sería un eventual pacto con el PP, qué condiciones exigiría su partido o qué fórmula podría adoptar un futuro Gobierno de coalición.
El ejercicio pleno de esta estrategia electoral se dá después del accidente de ferroviario de Urda, cuando el marco del debate ha tornado de lo emotivo a la pura gestión y cuando el PP busca prosperar electoralmente bajo un discurso en esos términos, lo que puede provocar fugas de los más moderados que se integran en Vox.
De la economía a la regeneración institucional
Esa dedicación con los medios y también el distanciamiento con las cuestiones ideológicas más duras de Vox quedaron patentes en su conversación con Rafa Latorre, de Onda Cero. ¿Las conclusiones? Mucha economía, recuperación institucional sin "la colonización de Sánchez" y aparcamiento de medidas polémicas como la supresión de las autonomías, el rechazo del aborto y el intento de penalizarlo, la asunción de que "no hay una mayoría social" que respalde esa tesis, así como otras cuestiones polémicas vinculadas a la libertad sexual, al género o al colectivo LGTBI, al menos en su vinculación con la concepción más católica. "España está en una urgencia que no es esa", determinó Abascal.
Sí se habla de fanatismo climático y feminista, pero se pone el ojo en el factor económico, en las ayudas del Estado. Se habla de recortar drásticamente la financiación, también la de sindicatos, patronal y partidos políticos, incluso aunque el 75% de lo que recibe Vox es público. Se da importancia a los impuestos, a la reducción del exceso de burocracia y a maximizar los ingresos sin cargar sobre la ciudadanía. Se proponen medidas como la reducción del IVA al 18%, rebajar las cotizaciones o bonificaciones por natalidad. Y ante polémicas como la sostenibilidad de las pensiones, algo que ha sido utilizado por la izquierda para movilizar a su electorado, Abascal garantiza su sostenibilidad. No solo eso: deja incluso la puerta abierta a un mayor endeudamiento público en los próximos años si es necesario para sostenerlas, sin descartar nuevas formas de garantizarlas, como un cambio del sistema.
La apuesta reformista predomina sobre cuestiones que en 2023 eran prioritarias, como incluir terminología como la 'violencia intrafamiliar' en competencia con la de género. Ahora Vox reclama la despolitización de organismos, con un listado que afecta a entidades como el Banco de España, la CNMC, el CIS, RTVE, la Agencia EFE, la SEPI, Red Eléctrica, Correos, Renfe o Telefónica, y, de manera prioritaria, la Fiscalía General del Estado, el Tribunal de Cuentas, el Tribunal Constitucional, el Consejo de Estado o el Defensor del Pueblo, entre otros.
Con la vivienda, por ejemplo, Vox viene incidiendo desde hace mucho tiempo con perfiles como el portavoz de la materia en el partido, Carlos Hernández Quero, se llama a la liberalización de suelo y la construcción de vivienda social a la vez que se culpa a la inmigración, la okupación y la inseguridad de los problemas del mercado.
Y respecto a la inmigración, el cambio táctico para las generales es destacable. Ahora, según lo trasladado en esa entrevista, el proceso de remigración será "individualizado" y no general, y se dirigirá contra los casos de inmigración irregular. Se quiere perseguir un presunto beneficio de esas personas en el acceso a las ayudas sociales y los servicios antes que los nacionales. "Si hay un ecuatoriano que es español, es español", mencionó en referencia a los que han logrado la nacionalidad por la vía vigente. El asunto, en todo caso, sigue siendo espinoso y ambiguo, porque esas propias declaraciones generan dudas entre sí y, por otro lado, el líder de Vox mostró disposición a auditar el proceso de regularización extraordinaria vigente, pero también otras nacionalizaciones efectuadas en el pasado. "Lo que se tiene que temer es la inmigración masiva", resumió Abascal.
Este sábado, desde Guadalajara, mantuvo ese discurso, que combinó también con el bloqueo de fronteras para que "no venga nadie más". "Estamos ocupados en sacar a los que hay que sacar, y después ya veremos si tiene que venir" alguien más. Cuando se habla de remigración, Vox también alude a los españoles que se han marchado, para que vuelvan a incorporarse al mercado laboral.
Ir más allá de los votantes ya convencidos
Al mismo tiempo que se produce este cambio de discurso, se confronta con el discurso del "miedo" del PSOE. "Ya no le funciona" a Sánchez porque el PP no contribuye a él, mencionó Abascal recientemente, reforzando una idea crucial: no dar miedo al electorado. Vox viene tomando nota de ello desde hace tiempo, también observando a otros socios internacionales mientras se vienen abajo liderazgos como el de Viktor Orbán y siguen candentes algunos como el de Marine Le Pen.
El proceso de 'desdemonización' de la derecha radical francesa ha sido crucial desde hace años para abrir la puerta a nuevos tipos de votantes, especialmente a las mujeres, y ello con la inmigración como principal eje para construir marcos. Para Vox ha sido esencial a la hora de enfocar su discurso: no es la concepción del aborto o el matrimonio que tienen los de Abascal lo que debe preocupar a las mujeres o lo que recorta sus libertades, sino la llegada masiva de inmigración -especialmente musulmana-, que lo hace con cuestiones como el burka o la concepción secundaria de lo femenino en la sociedad. Recientemente, el vínculo con figuras como Jordan Bardella, presidente de Agrupación Nacional, ha sido claro.
Preguntadas por los objetivos electorales, fuentes nacionales de Vox son claras: reiteran sus tres pilares como las tres cuestiones esenciales sobre las que tejer lo demás, también ese futuro Gobierno con el PP, al estilo de los acuerdos autonómicos. De hecho, aparecen en el cartel electoral elegido por Vox para estas generales junto al lema "es sentido común" –y con una imagen de Abascal que contrasta con el verde clásico. Es más institucional, más límpia y con una mirada directa al electorado–. Y con ello, además de agitar la gestión y las reformas, se pretende abrir la puerta a otro tipo de electorado sin alejarse de los ya convencidos, los más comprometidos, para un partido que supera permanentemente el 85-90% de retención de voto de 2023. El objetivo es llegar al abstencionista que está preocupado por la economía, por el coste de la vida, por los impuestos o por el estado de las infraestructuras, pero que desconfía del PP o no quiere respaldar a Feijóo. Un voto 'protesta', pero no tan emocional como el que movilizan cuestiones como la inmigración.
La proyección de institucionalidad se busca en entrevistas generales o declaraciones públicas. También, en parte, con la promoción en redes sociales. En ellas se busca mantener la tensión que ha permitido aglutinar el principal músculo de Vox, pero es en el mitin donde se preserva la movilización de ese otro tipo de votante. Vox ha optado por un doble juego electoral: ofrecer una imagen de mayor solvencia institucional sin desactivar la identidad rupturista que distingue al partido. No se trata tanto de sustituir al líder de la protesta por el aspirante a presidente como de intentar que ambos perfiles convivan en un mismo proyecto. Por eso, mientras que el tono es tranquilo y explicativo en una primera instancia para denunciar la acción del Gobierno y la corrupción, en los mítines se da rienda suelta a palabras gruesas para hablar de los mismos asuntos.
Doce meses después de Extremadura, Abascal intenta demostrar que Vox puede seguir canalizando el descontento sin quedar limitado a él. La estrategia pasa por conservar la capacidad de agitación que le ha permitido crecer y, al mismo tiempo, convencer de que el partido está preparado para asumir responsabilidades de Gobierno como ha hecho en las autonomías y nutriéndose de perfiles gestores y nuevos rostros. No da por conquistado ese escenario ni quiere anticipar cómo llegaría a él. Pero sí busca proyectar que, cuando llegue el momento, Vox no será únicamente una fuerza dispuesta a protestar, sino también una alternativa con aspiraciones de poder.
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