Semanas antes los rumores agitaban la comunidad científica. El hallazgo era tan imponente que costaba creerlo. El 11 de febrero ante la expectación de medio planeta se hacía el anuncio oficial. Los científicos del Laser Interferometer Gravitational-wave Observatory (LIGO) habían captado ondas gravitacionales. Justo 100 años después de que Einstein predijera su existencia. La repercusión es tal que la revista Science lo ha proclamado descubrimiento del año.

La existencia de ondas gravitacionales la predijo Einstein en 1916 como parte de la teoría de la relatividad general. Las ondas gravitacionales son curvaturas del espacio-tiempo. Están producidas en su mayoría por energía liberada tras eventos cósmicos muy violentos, como la explosión de una supernova o la fusión de dos agujeros negros supermasivos. Estos cataclismos se suelen producir a millones de años luz de la Tierra. Por eso las ondas llegan muy debilitadas y son muy difíciles de detectar.

En 1993 Rusell Hulse y Joseph Taylor recibieron el Premio Nobel por la observación indirecta de ondas gravitacionales en 1978. Demostraron que un púlsar binario había cambiado ligeramente su órbita como consecuencia de la liberación de energía en forma de ondas gravitacionales.

En esta ocasión la observación ha sido directa. Hace 1.300 millones de años dos agujeros negros supermasivos se fusionaron. Uno con una masa de 29 veces el Sol y otro de 36 se unieron para formar uno de 62 masas solares. Las 3 unidades que faltan se liberaron en forma de energía, es decir, como ondas gravitacionales que desataron una tormenta en el espacio-tiempo. En septiembre de 2015 llegaron a la Tierra y LIGO las percibió. En junio se anunció la captura de nuevas ondas gravitacionales pocos meses después. Provenían de la fusión de otra pareja de agujeros negros a unos 1.400 millones de años luz. Quedaba patente que el LIGO había empezado a operar con éxito y no iba a parar.

Desde los años 60 se están construyendo detectores de distintos tipos para captar las ondas gravitacionales sin éxito. En los noventa nació una nueva generación entre los que figura el triunfador LIGO, un detector interferométrico terrestre situado Estados Unidos. Por aquel entonces muchos creían que las ondas gravitacionales no se cazarían nunca. Sin embargo, la innovación tecnológica hizo despuntar a este detector y alcanzar niveles de sensibilidad extremos con una precisión sin precedentes.

La mayor parte de los objetos celestes conocidos hasta el momento han sido descubiertos gracias a la información que captan los telescopios tradicionales: ondas electromagnéticas (luz visible, infrarroja, rayos x, ultravioleta, gamma, microondas…). Ahora los astrofísicos cuentan con las ondas gravitacionales para dibujar un nuevo mapa del universo.

El interés por escuchar estos temblores del cosmos es tal que los detectores se están multiplicando. A LIGO le acompañan  GEO600 en Alemania y TAMA en Japón. Pronto se suman Virgo en Italia, el japonés KAGRA  y está planeado añadir una nueva extensión de LIGO en India. En el espacio, la Agencia Espacial Europea ha colocado el LISA Pathfinder, que está recogiendo datos con una agilidad y sensibilidad que ha superado las expectativas.

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Los datos que recoja esta red de detectores alumbrarán lugares oscuros del universo, vacíos de información. Descubrirán fenómenos perdidos o desconocidos que podrían revolucionar la percepción que tenemos del cosmos. Este año la detección de ondas gravitacionales ha iniciado una nueva era de la astronomía.